Ir al contenido principal

ESCRIBO PARA MI GATO I. El cementerio

Se coge del brazo de sus amigas de la infancia cada vez que vuelve al pueblo.

La ruta del cementerio, se ríen ellas. Pero es una visita obligada. Se puede ir a cualquier hora entre las nueve de la mañana y las ocho de la noche. Ellas prefieren la mañana, sea invierno o verano.Más fresquitas dicen; más calentitas, según sea el tiempo.

Los comentarios son siempre los mismos. Por ejemplo: qué patético poner estas fotos de la mili cuando se murió con ochenta años; qué mala sombra no poner foto, eso es para que la gente más joven no sepa quién era; qué penica poner esta foto decrépita, se ve que no tenían una mejor o que estaban deseando que se muriera...

Se cuentan a sí mismas las historias que de sobra conocen. Los dos jóvenes que se mataron a navajazos por una novia. La agonía de uno estaban tocando cuando el otro expiró en su casa. Y ahora, fíjate, a dos pasitos en el cementerio y para toda la vida. Y ella que se casó con otro, tuvo cinco hijos y se murió metida en los noventa.
La tumba colectiva de los que mataron en la guerra civil. Que fíjate que lo hicieron sin necesidad de memoria histórica ni nada de eso que ahora dicen en la tele. Una comitiva, un himno, unos puños en alto y ¡hala! pa'l cementerio.
Con la que se mondan es con la tumba de las francisquitas, las tres hermanas en las que pone en su lápida "Familia Caño-Marín" y sin fecha. ¡Coño, claro! Como que están vivas y coleando y regateando cada viernes en el mercadillo. Que será que les gusta coger sitio. no vaya a ser que no quede cuando ellas se mueran.
Y bajan la voz al pasar al lado de la hermanita de la Encarna. Se murió de tifus cuando el coche de Málaga ya estaba entrando con las cajas de tetraciclina bajo el mantón de su madre. Las había estraperleao gracias a los contactos de su cuñado con el ministro Solís.
Y rezan un padrenuestro delante de las familias de todas ellas: el abuelo, el padre, el chacho que murió en la mina, la prima que murió de parto, la tita y la madre que se llevaron veinte días...

Les dan mucha, pero que mucha pena, las sepulturas en el suelo con las cruces torcidas y unas iniciales y un montoncillo de tierra rodeado de piedras. Algunas tienen más de cien años. Y les dan pena porque esos sí que están ya muertos de verdad. Pero muertos, muertos. Cuando nadie se acuerda de que pasaste por este mundo es como si ese paso se hubiera borrado de la faz de la tierra. Aquí, suspiros.

Cuando llegan a este punto de los comentarios -porque siempre llegan- a ella le entra mucha congoja. Porque no tiene hijos ni nadie cercano que la vaya a recordar. Por eso estudió medicina, a ver si descubría algo importante y le daban el Nobel y su nombre quedaba para siempre en la historia de la humanidad.
Pero ahora, con casi sesenta años y sentada siempre detrás de su escritorio recetando Prenivil a los abuelos ya sabe que ese no será su billete a la inmortalidad.
Y por eso escribe, a ver si le dan el Nobel de literatura. Pero lo ve un poco difícil. Tendría que empezar a publicar ya y no morirse hasta que se lo dieran. Y ahora pasarán años hasta que le vuelva a tocar a una mujer. Y más si es europea.
Y ahí pierde el hilo de la conversación. Y lo retoma cuando le preguntan "¿A que sí?" Y ella asiente porque, después de tantos años de cogerse del brazo de las mismas amigas, está segura de que será que sí.

Y luego entran en la parte nueva y se acercan a comentar los últimos muertos.
Los niños de la Pepa que todavía no le han puesto lápida al padre. Que dice la gente que será por borracho pero no, qué va, es por desidia (cómo le gusta decirles estas palabras a ellas, que se han quedado en el pueblo, y ni han estudiado ni nada pero se dejarían matar antes que preguntar qué quiere decir).
El alcalde, que se empeñó en gastar el último dinerillo que entró antes de los recortes en ese monstruoso ángel con las alas abiertas y unas lágrimas rodándole por la mejillas. Que le han puesto ya mote y todo, el "Toto", porque se parece al tontico que barre los paseos. con sus orejas de soplillo y los ojos siempre lagrimosos. ¡Qué lástima de dinero! Con la falta que le hacía el manto nuevo a la Virgen...

Y una vueltecilla más y para casa. Y otros dos o tres paseos de estos en las vacaciones de verano y otro en la Pascua y otro por Semana Santa. En los Santos, no; que el cementerio está lleno de gente endomingada de la que no va más que una vez al año y para que la vean.

Y la vuelta a Madrid y pensando en el AVE en el próximo cuento que va a meter en un cajón y que, eso sí, cuando los publique todos van a ser un bombazo. Una promesa de la literatura. Bueno, promesa no, que tiene casi sesenta años.
Y suspira.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…