Ir al contenido principal

Escribo para mi gato IV. En la línea diecisiete

Había cumplido cincuenta y uno un viernes de febrero, entre la desolación y el hastío. Cuando sopló la cerilla del enésimo cigarrillo del día se dijo a sí misma felicidades y su voz rebotó, como siempre, de la cocina al cuarto.

El sábado siguiente lo conoció.
No se parecía a su príncipe azul ni a ninguno de los tres amores anteriores de su vida.
Su mirada canalla se prendió en la suya en el mismo instante en que puso el pie en el autobús.

Al llegar a su parada vio de reojo cómo bajaba detrás de ella. Era ya de noche y en los charcos había falsos arco iris.
No se giró a pesar de oír cómo acompasaba sus pasos a los suyos. Ni se giró cuando dejó de oírlos mientras metía la llave en la cerradura. Empujó la puerta y, entonces sí, se apartó a un lado, franqueándole el paso.

Él solo tuvo que acercar su boca a la suya para darse cuenta de que podía hacer mil años que lo esperaba.
Subieron la escalera tanteándose como dos adolescentes inexpertos; tiernos y apasionados a la vez.
La casa los recibió y en ella se refugiaron como si huyeran del francotirador invisible que había hecho trizas sus corazones.

Cuando a la mañana siguiente se miró en el espejo, se descubrió una mirada melancólica y dulce, como aquella que nos queda en los últimos días de un verano gozoso.
En las sábanas arrugadas y tibias flotaba el cielo de sus ojos.

Lo encontró en la cocina trasteando torpemente entre mermelada y café. Le pareció tan natural como si hubiera estado allí cada mañana.
Se mudó por la tarde. Lo único que trajo fueron dos maletas, una máquina de escribir de color naranja y una vieja guitarra.
Encontró su sitio en el sofá, su lado en la cama y su hueco en el armario.

Ella no contó nada en la oficina pero algo notaron porque su andar se hizo más firme y pareció crecer varios centímetros. Y a su paso, la miraban aquellos que nunca se fijaron en ella: había adquirido, por fin, el aplomo de las mujeres que se saben queridas.

Los días eran ansia y las noches, batallas que ganaban los dos.
No hablaban de reglas ni de normas, ni hacían números, ni se presentaban amigos, ni cuadraban las tareas de la casa.
A ella no le preocupaba su pasado ni a él su futuro.
A veces encontraba la mesa puesta y un ramito de flores en cualquier parte de la sala. Otras veces lo veía mirar absorto por la ventana y lo dejaba tranquilo hasta que un suspiro lo sacaba del trance y, de nuevo, volvía a ser el hombre que la envolvía en su mirada.
No tenía más planes en su vida que despertarse cada mañana y oírlo tararear viejos boleros.
Su único objetivo era llegar al día siguiente y, al salir del sueño pegajoso, ver su cara muy cerca de la suya.

Un día encontró un corazón dibujado en el vaho del espejo.
No se llevó la guitarra ni la máquina naranja, ni tres camisas que quedaron colgadas al sol de la mañana.

Ha cambiado de trabajo y de ruta pero cada semana encuentra un hueco para subir a la línea diecisiete y buscar unos ojos azules que, extraviados, no deben encontrar el camino de regreso a casa.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…