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Escribo para mi gato VI. El hijo de la costurera

Así salió él de mujeriego.

Cada tarde, cuando llegaba del colegio, con la calle ya entre dos luces, encontraba en la galería -junto al pan con chocolate y el hoyo de aceite- a una señora en viso.
Algunas eran delgadas, casi niñas, con esas cinturas apenas salidas de la infancia que se recuestan todavía en unas caderas a medio hacer.
Otras, en cambio, eran señoras-señoras, como les gustaban a su padre y a sus amigos del casinillo. Rotundas les llamaba su tío Pedro. Imponentes les llamaba Julián, el del colmado.

A él le gustaban todas. Las menudas y las entraditas en carnes. Las morenas, las rubias. Las de la piel pecosa y blanca como la espumilla de la leche que hervía en los cazos. Las de piel oscura. Las que parloteaban sin cesar mientras su madre, la costurera del barrio, les iba respondiendo como podía, jugándose la vida con los alfileres en la boca.
Le gustaban también las que callaban y se limitaban a asentir a este o a aquel comentario sin dar pie a conversaciones.

Ellas, todas, le revolvían el pelo con manos de seda -nunca conoció una sola mujer con mano áspera-. Le preguntaban por las clases mientras se acomodaban el sujetador o pasaban un dedo húmedo por la media para alisar la costura.
Ninguna se daba cuenta de la agonía exquisita que era para él la merienda en la galería.
Le decían a su madre que vaya chico guapo estaba criando. Que era como era su padre, respondía siempre ella.

Él a duras penas contestaba a las preguntas. Solo se concentraba en sentir.
Sentía que el aire de la galería era un aire siempre estancado en la primavera. Daba igual si fuera caían chuzos de punta o el cierzo soplaba con furia inclemente. El aire de la galería era tibio y dulzón y olía a magnolia.
Sentía que sus dedos, liberados de sus manos, rozaban piernas y escotes. Rozaban melenas. Rozaban encajes. Rozaban secretos.
Sentía que sus oídos se llenaban de susurros, de risas, de voces cantarinas, de voces profundas... Nunca le disgustó una sola voz de mujer.
Solo sentía. Y masticaba el pan y el chocolate y miraba los labios de las señoras en viso sin apenas entender qué le decían.

Un día soleado de septiembre, apenas empezado el nuevo curso, llegó a casa y Manolita, la chica que ayudaba a su madre, le cerró el paso cuando ya estaba empujando la puerta acristalada. Que su madre había dicho que, a partir de entonces, merendaba en la cocina. Y que si quería entrar en la galería debía llamar primero para no pillar a ninguna clienta sin vestir.

Se retiró andando hacia atrás con la estupefacción pintada en el rostro y con la sensación demoledora de haber sido expulsado del paraíso.
Durante la cena su madre le preguntó por el colegio, por los profesores... pero no hizo una sola mención al destierro de la galería.
Ninguno de los golpes que le depararía la vida fueron para él tan injustos e inesperados como aquel.

Por eso siempre le cuenta la misma historia a las mujeres que, una tras otra, va dejando en el camino. Que no encuentra en ninguna lo que tenía en la galería. Que con cada nueva historia que comienza intenta franquear de nuevo la puerta acristalada. Que busca un olor a magnolia y unos roces divinos.
Que busca y no encuentra.
Y que no es suya la culpa.

Comentarios

  1. Rotunda e imponente.
    Cada vez estoy mas seguro que en otra vida tuve q ser hijo de costurera.

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