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Escribo para mi gato IX. Dondiego de noche

¿Ya le he dicho, señor juez, que en los momentos más íntimos -usted ya me entiende- yo nunca le llamaba por su nombre? Siempre era, para mí, dondiego de noche.
Que dirá usted que por qué ese nombre. Y yo se lo voy a explicar porque, aunque parezca que me voy por las ramas, tiene que ver mucho, pero que mucho, con todo lo que pasó.

¿Conoce usted, señor juez, el dondiego de noche? No, seguro; no tiene usted cara de cultivar jardines ni arriates.
Pues sepa usted que es una planta que llama poco la atención. Crece, ¿cómo se lo diría para que me entendiera si nunca la ha visto?, como asilvestrada. Es un arbusto desmañado que no puede competir con tantas flores maravillosas y plantas deslumbrantes como pueblan los jardines de los amantes de lo verde. Sería arrancado para poner en su lugar rosales, buganvilias, jazmines... cualquiera podría sustituirlo y ganaría en la comparación si no fuera por el secreto que esconde en su interior.
Y es un secreto que estalla cuando llega el atardecer veraniego: sus flores se abren y reparten sin medida un perfume sublime que atrae los corazones hacia la conversación y el dulce placer de la amistad.
Ya no importa ese aspecto humilde y casi vulgar; todo aquel que se le acerca queda ya para siempre rendido ante su belleza oculta y fragante.

¡Que si él era así! No sabe usted lo que dice y perdóneme, señor juez, porque nada está más lejos de lo que él era.
¿Que por qué el nombre entonces, dice usted? Porque de todo lo que yo era: inteligente, rotunda, certera, orgullosa... solo me quedó, como sombra de lo que fui antes de conocerlo, la ironía. Una ironía ahora sangrante porque era la prueba de mi conciencia absoluta de lo que ocurría y, sin embargo, de mi incapacidad, también absoluta, para corregir mis errores.

Porque me quedó la ironía de entre todo lo que yo había tenido como prueba de mi inteligencia es por lo que yo lo llamaba dondiego de noche.
Por fuera llamaba la atención allí donde llegaba. ¿Que si tan guapo era? No, señoría, no tenía esa clase de guapura anodina que se aja con el paso de los años. Él tenía esa guapura que se va a la tumba con un hombre aun cuando tenga noventa años. Era el porte, la manera en cómo llenaba el espacio... y, sobre todo, su mirada. Esa mirada de la que se quedaban prendidas tantas mujeres y que él usaba como si fuera un puñal que dejaba su paso sembrado de cadáveres. Por fuera lo era todo, al revés que el dondiego.
Pero por dentro... Por dentro, señor juez, tenía el peor de los secretos: no sabía amar. Nunca aprendió porque no se lo habían enseñado. Creció entre gritos y llantos femeninos y golpes masculinos. Aprendió un papel de duro a fuerza de mirar la dureza de cerca y forjó un corazón de acero que no se conmovía ante nada. Las mentiras se construían en su boca con la facilidad con la que los demás cuentan la verdad.
Saltaba de mujer en mujer y de vida en vida acumulando despechadas, derrotadas y engañadas.

¿Que no le ve usted la relación? ¡Ay, señor juez, se nota que es usted hombre! Cualquiera de las mujeres que hay en la sala me está entendiendo sin ninguna duda. Bello por fuera, nada por dentro.
Mi dondiego de noche. No, señoría, nunca me preguntó por qué lo llamaba así. Veo que sigue usted sin entenderme: a él no le importaba la mujer que tenía a su lado. Quiero decir que no le importaba lo que pensaba o lo que sentía o qué albergaba su corazón porque él, pobrecito, no sabía que los corazones tenían que albergar algo. Creía que los hombres y mujeres se enfrentaban en un campo de batalla en el que había que perder o ganar, sin término medio. Y una vez ganada la batalla -siempre era él el ganador-, había que irse. ¿A qué quedarse con los despojos pudiendo avanzar hacia nuevos objetivos?

La noche por la que usted me pregunta él decidió que no solo la batalla, sino la guerra estaba ganada y que mi casa y mi cama eran tierra quemada. No, claro, así no me lo dijo, pero yo vi en sus ojos la misma mirada que le había dirigido a tantas otras en mi presencia en otros sitios y otras noches que no fueron mías.
Yo lloré, señor juez. Yo, que no había llorado ni en las tragedias más duras de mi vida, lloré. Y dejé una dignidad, que ya tenía más que perdida, a los pies de la cama cuando le supliqué que se quedara conmigo. Quédate conmigo, dondiego de noche, le dije.
Por la forma en que me miró yo sabía que me había vuelto tan transparente como el cristal de la copas con las que tantas veces habíamos brindado al calor de un amor que él me juraba eterno.

Así que no pude dejarlo salir de la casa, señor juez. Y no lo hice por mí, créame, lo hice por todas las mujeres de su futuro. Por salvar a inocentes de la crueldad infinita de su indiferencia. Hay ahora mismo en el mundo muchas mujeres a las que yo he liberado de un tormento con mi gesto.
No lo hice por mí, porque yo ya estaba muerta sabiendo que me había dado un último beso y me había dicho una última mentira. Soy como esas heroínas que se sacrifican por la humanidad y, aunque no se me reconozca mi acción, me siento confortada con este sacrificio que ofrezco para expiar mi culpa y mi pecado.

¿Que si estoy arrepentida, señor juez? Pues voy a tener mucho tiempo para pensar sobre ello. Pregúntemelo usted de aquí a que ya no tenga su tacto en mi piel y su luz en mis ojos. Quizá entonces me arrepienta de haberlo conocido.
¿Que no me pregunta usted por ese arrepentimiento? Pues ahora soy yo quien no lo entiende a usted, señor juez. Porque no puedo estar arrepentida de que haya dejado a mi dondiego de noche para siempre conmigo. De que, por fin, con un gesto tan simple, le haya enseñado a querer eternamente.

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