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Escribo para mi gato X. El voluntario

- ...y en esta estaba en Sidi Ifni. Que era una colonia española, o sea, que mandaba Franco. Y aquí, mira, qué guapo, dedicada "A mi Rosa, para que me tenga siempre cerca de su corazón". Que digo yo que antes toda la gente salía guapa en las fotos, hasta los que eran feos. Tenía yo un tío más feo que Picio que le mandó una foto a su madrina de guerra en la que se parecía al Errol Flyn ese de las películas antiguas. Me lo envidiaban todas las amigas. A mi Santiago, no al tío, claro. Poco cuidado que tenía yo que tener. Siempre cerquita de mí y siempre dándole todo lo que quería no fuera a encontrar en otro sitio lo que aquí le faltara. Y mira esta...

Pablo oía a Rosa como con sordina. Aquella noche había dormido poco. Se fue al bar a ver el partido y se lió, se lió... Las cinco de la mañana le dieron. El despertador agotó todas las llamadas antes de que él pudiera sacar un pie de la cama. Luego el día salió torcido, torcido. El camión de reparto llegó más tarde por no se sabe qué historia. La encargada debía estar "femenina", como decía su amigo Pacorro, y no hacía más que gritarle. Se le reventó una caja entera de leche y el estropicio fue mayúsculo. En fin, un día para olvidar.

Y a las ocho el voluntariado. Que por qué le llamaban voluntariado cuando él estaba allí obligado. El juez le impuso o 500 euros de multa o eso. Y qué iba a decir él que no ahorraba 500 euros ni un año. Que el voluntariado.

Cuando se presentó en el centro le dijeron que había tenido suerte. Qué bien, pensó, no debe haber nada que hacer. Pero no. Si que lo había: acompañar a abuelos que vivían solos dos horitas a la semana. A subirle compra, a hacerle algún arreglillo en casa, a jugar a las cartas. Pero a él le había tocado Rosa.
A Rosa nunca se le estropeaba un grifo. Tenía buenas piernas y los forleidis se los llenaba ella sola. Rosa solo quería enseñar sus viejos álbumes y hablar sin parar.

Pablo, entre el runrun de Rosa y el sueño que le vencía, se rió para sí: sabía más de esa mujer que de su abuela. Que ya era decir porque su abuela lo había criado cuando su madre daba tumbos en la calle.
Conocía a los padres de Rosa, a los hermanos de Rosa, al novio que se desnucó trabajando en una obra, al otro, al que se casó con ella. Sabía que no tuvo hijos, lo interesados que eran sus sobrinos, la oportunidad que le brindó aquel señorito de hacerse rica y ella rechazó. Sabía cuánto valía el pan en el año 50 y cuándo se puso las primeras medias de cristal. Conocía la plaza de su pueblo, la playa en la que, por primera vez, vio el mar. Había visto su vestido de novia, las fotos de sus amigas del taller de costura. Las postales que le mandaba su ahijado desde Buenos Aires. Se sabía de memoria el número de nicho del marido y los nombres y apellidos de los vecinos del primer barrio donde vivió.

Todo. Todo lo sabía de Rosa y de su vida.
La rutina era sencilla. Él llegaba. Rosa le ponía el chocolate con picatostes y tiraba del álbum. Había veces que de una foto se sacaba una historia. Y había veces que para ilustrar una historia se sacaba una foto.

Ese día se acababa su voluntariado. Había pagado el pecado de ser tonto y de que los municipales le pillaran a él con la bolsita.
Ese día había subido por última vez esas escaleras desconchadas y se había sentado por última vez a la mesa camilla. Mojó por última vez los picatostes en el rico chocolate. Repasó por última vez con Rosa el álbum de cuero. Rosa lo despediría por última vez "Hasta la semana que viene, hijo". Él no sabía si ella sabía por qué estaba allí. Él no sabía si ella era consciente de que esas visitas se iban a acabar y de que, con suerte, en unas semanas empezaría a recibir a otro muchacho u otra chica a los que volvería a contar todo aquello que Pablo ya se sabía de memoria.


Pablo se despidió. Hasta la semana que viene, hijo. Bajó la escalera. Respiró hondo y salió a la calle. Estaba lloviendo. Tengo que ir a ver a mi abuela más a menudo, se dijo. Iré dentro de dos semanas. La semana que viene vendré a despedirme de verdad de Rosa. Solo una semana más. Porque yo quiero, no porque lo diga el juez.

Comentarios

  1. Aquí no hay un "me gusta" para clicar Hay una parte al principio que me parece familiar, pero después de tanto leer ... (el cerebro se me secó hace algún tiempo) no sé si todo me parece familiar.

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