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Escribo para mi gato XI. En la vida y en la muerte

Se habían criado juntos, casa por casa.
Habían recorrido las calles empedradas mientras las voces de sus madres los llamaban en los primeros atardeceres en los que se aventuraban juntos a explorar más allá de la plaza y la peana. Trompos, pelotas de trapo, pingané… solos o con otros, pero siempre juntos. Las cabezas inclinadas, las manitas churretosas pasándose los juguetes tan precarios como la misma vida que vivían. Ahora con mechones sobre la frente; ahora bien rapados si el petróleo no había logrado combatir los insidiosos piojos.
Fueron juntos a una escuela diminuta; helada en invierno. Bajo el brazo, el pizarrín y algún pequeño obsequio para el maestro –que malvivía con el sueldo mezquino que no le daba más que para mantener su traje con lustre. En verano, quién sabía si la escuelita sería de aire más amable. Nunca fueron; las tareas de la siega y la trilla los alejaban de pupitres y lecciones cantadas al unísono.
Habían sido de los primeros de su cuadrilla en correr tras las muchachas en los paseos de verano. Ese juego les enardecía: sus caras transfiguradas por la emoción, sus grititos -como de golondrinas nuevas-, al saberse miradas y perseguidas, les decían a las claras que aquel juego merecía la pena ser jugado.
En el cine fumaron los primeros cigarrillos. Una picadura ardiente que les dejaba la lengua tan áspera que el agua les amargaba. Tosían, muertos de risa en la penumbra, mientras les chistaban los que seguían con entusiasmo las cabalgadas del bueno en la pantalla.
También fueron de putas juntos, faltaría más. De qué otra manera un hombre se hacía un hombre en los días en que el honor mancillado se lavaba con sangre. Los llevó el hermano mayor de Prudencio.
Aparejó la yegua a la caída de la tarde. Y no le puso los cascabeles porque dijo que no era una ocasión festiva. Ellos no lo entendieron porque el calor que llevaban en las ingles les decía lo contrario. Fue un episodio olvidable del que jamás volvieron a hablar aunque el tema de las mujeres era el preferido en las tertulias de café –tan absolutamente masculinas en aquellos tiempos grises.
Llegaron a las últimas casas de la última calle de un pueblo oscuro y triste. En la penúltima pararon la yegua. El hermano de Prudencio habló unos minutos con una vieja en el quicio de la puerta y después entraron de uno en uno. Franquearon el patio y tras un cortinón de desteñidos bandoleros con trabuco, entre el cacareo de unas gallinas asustadas y el lejano llanto de un niño, estrenaron su hombría con una mujer de indefinible edad, cuerpo ajado y cara triste.
El hermano los invitó. Dijo que era la costumbre y volvieron al paso cansino de la yegua que parecía conocer los terrones del camino mejor que ellos.
Los tallaron el mismo día y los destinaron dieciocho meses al mismo sitio. Melilla fue el tránsito hacia la edad adulta. Las guardias en la oscuridad del monte Gurugú, temblando de frío y miedo a lo desconocido, los hermanaron de nuevo en un nacimiento tan abrupto como fue el primero.
Con la licencia volvieron al pueblo. Anselmo pensó en irse a América. Su tío Braulio escribía unas cartas entusiastas, pobladas de selvas y paraísos, de mujeres exuberantes y libertad infinita. Pero su madre se lo quitó de la cabeza. Recuerda, le dijo, que Braulio era el más parrandero y el más liante de la comarca. Recuerda que se fue porque no podía con las deudas ni con los afrentados. Recuerda que contó lo mismo de Madrid y Barcelona cuando volvió de allí con una mano detrás y otra delante.
Así que se quedó. Empezó a trabajar en el campo, como Prudencio. A jornal en la casería del molino: venga a acarrear aceitunas y trigo y uvas; venga a arar, a binar, a segar; venga a pasar fríos y calores.
En los ratitos muertos se iban al huerto del padre de Anselmo: tumbados bajo la higuera se contaban las historias que ambos se sabían de memoria porque las habían vivido juntos. Les ponían aderezos, quitaban de allí y ponían de allá. Se contradecían, se matizaban.
Y se contaban las historias que aún no habían vivido pero que estaban claras en su cabeza. Que pronto se enamorarían, que tendrían pronto con quién desfogar los apremios juveniles de sus cuerpos y los suspiros arrebatados de sus espíritus. Que tendrían hijos. Que serían guapos como sus madres y ardientes como ellos. Que saldrían de esa vida miserable porque todo iba a ir a mejor. Que se sentarían en el poyo de la iglesia cuando fueran viejos. Que Prudencio tosería encendiendo un Celta con otro y Anselmo preguntaría qué, creyendo que le hablaba. Y ahí se morían de la risa porque cada cosa que se decían siempre era del gusto del otro.
La familia apareció un día de junio. El aire era ya tan sofocante que las gallinas, medio enterradas en el polvo de la puerta recién regada, boqueaban incluso cuando el sol ya se estaba poniendo tras la loma.
Eran ocho: el padre, la madre, un abuelo que arrastraba una silla de enea y tenía el aire de haberlo visto todo, cuatro chicos morenos y afilados que no pasaban de los veinte y ella. Ella se llamaba Paulina y tenía los ojos más moros que se habían visto nunca en el pueblo. Era menuda y la cara desmentía al cuerpo. O al revés. Cara de niña chica y cuerpo rotundo, de mujer hecha.
Prudencio la vio primero. Venía con la yunta de reata, con el cabestro al cuello, y tarareando unas coplillas de siega que había heredado de su padre y de su abuelo. No tuvo más que poner sus ojos en ella para decidir que o ella o ninguna.
Anselmo no la conoció hasta la noche. Estaba en la huerta, pasando la tarde y regando los tomates, tellones y duros, que habrían de convertirse en gazpacho las próximas semanas. Cuando la vio en el poyete de la alberca, moviendo el agua con unos dedos largos y delicados como nunca los había visto, sintió en el pecho la misma sensación de quemazón que cuando hacía corriendo el camino al pueblo, cuesta arriba, sin aliento, sin pararse hasta los marmolillos de la entrada porque creía ,una superstición que le inquietaba, que algo malo le pasaría si se detenía antes.
Entró a la casa por la puerta del patio y corrió a la cocina con la boca seca y amarga dispuesto a contarle a su amigo del alma que los ángeles existían y les gustaban las albercas.
Pero cuando lo vio acodado en el antepecho de la ventana y se encontró sus ojos supo, con la fatal certeza de saber que algo se había roto para siempre, que él también se había enredado en su mirada.
Solo acertó a decirle si la había visto y él a responder que sí.
Y ahí empezaron los silencios y empezaron a esquivarse mañana y tarde. Cuando uno salía de mañaná, el otro decía que ya era hora de que se vaciase el mular. Cuando uno paraba el trillo para echar una humarea, el otro decía que se acercaba a la casa a llenar las botijas. Cuando uno se sentaba a la mesa, el otro retiraba el plato diciendo que se le había cortado el cuerpo y no tenía hambre.
A nadie en la casa le pasó desapercibido el aire que se había espesado entre ambos ni los acercamientos tímidos que hacían a Paulina cada uno por su lado.
Ella era consciente de su belleza porque se lo llevaban diciendo desde que nació. Y jugaba con ella a tirar de un hilo invisible que atraía a los hombres. Cuando sentía el hilo invisible del peligro, cuando olía demasiado cerca a un hombre desesperado, cuando creía entrever en los ojos masculinos más valentía que prudencia, corría hacia sus hermanos y se atrincheraba entre los gestos duros que estos tenían para cualquiera que Paulina hubiera puesto a raya.
Con Anselmo y Prudencio no fue diferente. Hoy hablaba con uno, mañana con otro; hoy reía con una risa cascabelera lo que uno decía y mañana le hacía mohines a los requiebros del otro; hoy llamaba desde la ventana a uno y mañana salpicaba con el regador el paso del otro que se detenía con el corazón desbocado.Pronto todo fueron Prudencio, Anselmo y Paulina. Miradas, conversaciones, silencios. Sentados al fresco, regando los geranios, mientras se aparejaban las yuntas, mientras se llenaban los cántaros… Uno y otro y otra. Y no había más. Una batalla por conseguir el aliento y la promesa de un futuro juntos.
Y el verano fue pasando y el calor menguando. La feria era en septiembre. Días de estrenar vestidos y empezar noviazgos. Días de que los forasteros se pasearan por el paseo y los del pueblo miraran, rebinando, sus avances a las mocitas.
Bailar se bailaba poco. Don Miguel, en sus sermones, tenía bien amonestada a la juventud: que el diablo se enredaba en los compases de los pasodobles; que el hombre es fuego, la mujer es estopa y viene el diablo y sopla; que una mujer decente no se acerca a un hombre hasta que no tienen echadas las bendiciones… Total, que el paseo se llenaba de parejas aburridas de dormir juntas, de niños moviendo los brazos con la energía necesaria para sacar agua del pozo y de mujeres que, de a dos, braceaban también con ilusión digna de mejor causa.Y en esto que Anselmo se despegó del mostrador que el bar del Quinto había sacado a la calle y cruzó la distancia que le separaba de Paulina y sus hermanos. Y la imagen se le volvió tan lenta a Prudencio como esas escenas tantas veces vistas en el cine de verano entre dos pistoleros pendencieros y bravucones que iban a partirse el alma en medio de la calle. Y se acercó y le dijo que si quería bailar y, ante el estupor de sus morenos hermanos, ella dijo que sí. Y la agarró por la cintura con la mano izquierda y puso la derecha en su mano. Y no podría haber dicho qué pieza atacó la orquesta ni si había alguien en el paseo empedrado o si se habían quedado solos sin más compañía que los músicos.
Cuando acabó el pasodoble, tenía la camisa empapada y a ella le brillaba un sudor de estrellas encima del labio. La devolvió a su banco y se encendió un cigarro mientras volvía con la parsimonia del vencedor hacia el mostrador del Quinto.
Con eso se dio por hecho que Anselmo le hablaba y cada noche de aquel otoño se acercó a su reja y, entre visajes de la madre y las mujeres de la casa, hablaban y hablaban sin llegar a ningún sitio.
La noche de los Santos llovía a mares. El camino a la casería, negro como boca de lobo, no invitaba a enamoramientos ni pláticas. Pero la querencia de Anselmo era tan grande que, echándose el capote embreado por la cabeza, aparejó la yegua y echó a andar. Solo por ver la reja y tocar quedito en el zaguán. Solo porque lo dejaran verla cinco minutos entre los bigotes del padre y los hermanos.
Cuando llegó, el farol de la puerta estaba encendido y unas sombras iban y venían más allá del diluvio.
Solo tuvo que dar unos pasos más con la yegua a su lado para reconocer la silueta familiar de Prudencio apoyada en el quicio. Y él solo tuvo que notar los ojos afiebrados en la nuca para saber que Anselmo lo había visto.
Dio media vuelta y solo recordó haber atado la yegua en la cuadra y echarse en la cama. El ruido de las panochas, removidas con el llanto incontenible que le rompía los pulmones, despertó a la madre y a toda la casa.
Por la mañana se levantó sin prisas, se puso el traje de los domingos, el de la feria, el de los entierros; el traje que había pensado llevar a su boda. En el bolsillo del pantalón metió la navaja que su padre le regaló a los doce años. Su madre, cuando entró en la cocina, se volvió a medias y se llevó las manos a la cara, levantándolas del lebrillo donde estaba amasando. Le dijo a dónde vas, Anselmo, sabiendo dónde iba. Pero nunca pensó en el peso que el hijo llevaba en el bolsillo.
Prudencio estaba en la taberna de Juan el Fino. Él también llevaba dos pesos: uno en el corazón y otro en el bolsillo.
Se dio la vuelta cuando la taberna se quedó en silencio. Rápido, pero tarde para evitar la puñalada que le entró por un costado. No notó más que un golpe y ante la carrera espantada de Anselmo, nada le dolía. Salió corriendo detrás de él. Dicen los que los vieron que corrían despacito, como cuando muchachos iban y volvían de la plaza a la peana sin querer ganar ninguno.
Anselmo entró en la casa de su madrina. Le faltaba el aire y se cayó en el tranquillo que separaba el cuerpo casa de la cocinilla. Allí lo alcanzó la navaja de Prudencio. Entró y salió dos veces y ninguno dijo ni una palabra.
En la casa de su madrina lo velaron. Con su traje de fiesta y el escapulario de la madre al cuello. Mientras lloraban las mujeres y los hombres se preparaban para echarse el féretro a los hombros, tocaron una agonía. Es un hombre; es Prudencio.
El camposanto es chico. Y ellos son dos amigos. Enterraditos juntos están. Una tumba al lado de la otra. Las dos madres enlutadas no se miran, pero lloran juntas.
Paulina rompe hombres y vidas tres provincias más allá.

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