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Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados.
Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra.
Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán.
A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia.
La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la despertó. Fue una imagen que se agrandaba y la oprimía y que no alcanzaba a distinguir.
Ya despierta, se vio una noche de verano sentada en el poyo de la puerta del cortijo, entre los jazmines y la piedra de molino, arrullada por la voz cazallosa de su abuelo que empezaba con un oye, niña, lo que te voy a contar. Veía apenas el reflejo de la luna en la alberca y el punto de luz del pitillo de su abuelo pero, sobre todo, la imagen del monstruo a lo lejos, entre los tarajes del río, asomado entre las sierras, mirándola impenitente, hurgando en sus días y sus noches, persiguiendo su sombra y sorbiendo su luz.
Mira, niña, lo que te voy a contar… y ahí el recuerdo se le volvió tan claro como lo había sido los catorce mil seiscientos cuarenta y dos días que habían pasado desde la última mirada que se echaron el monstruo y ella sin que ni uno solo de esos días acabara sin haberse extrañado mutuamente.
Mira, niña, lo que te voy a contar no es lo que cuentan en el pueblo cuando en los bares se arreglan las patrias y se destrozan las vidas. Los hombres del campo, que acodados en la barra matan el gusanillo y la perfidia del paso de los años, te hablarán –como dioses caídos en la tentación de la ciencia- de esa central eléctrica y de esa inmensa masa de agua. Te dirán que si esto y lo otro y lo de más allá. Que cuando ellos eran mozos la lluvia caía en torrenteras por las lindes y las calles; que las aguas de septiembre se llevaban los puestos de los turroneros y los sofocos del verano antes de que les diera tiempo de estrenar todos los vestidos a las mocitas; que en los arroyaderos se sumían las patas de las bestias; que había semanas enteras en las que se cobijaban en las tertulias de la taberna, la barbería y el zapatero porque el agua temporal no dejaba salir al campo; que las fuentes y los pozos manaban sin tregua; que los caños de los pilares no tenían nunca descanso.
Y te dirán, poniendo la voz que ponen los ignorantes instruidos, que, desde que construyeron el monstruo, el no sé qué de la producción de la electricidad y el no sé cuánto de los novecientos noventa y ocho millones de metros cúbicos de agua impide que las nubes –grávidas, oscuras- dejen su carga de vida sobre el pueblo y los campos.
Eso te dirán porque no saben lo que yo sé. Porque a ellos no les es dado conocer los secretos del monstruo. Porque no salen en las madrugadas a sentarse al relente y no interpretan sus silencios imponentes y sus miradas implacables.
De sus confesiones silenciosas he sacado la sabiduría que no se me reconoce, el conocimiento que no se me aplaude, lo que digo y lo que me callo.
El monstruo, construido por los hombres para parecerse al dios que sus padres les habían inculcado, creció entre los montes como si allí hubieran estado siempre esperándolo. Cuando sus dos brazos alcanzaron las orillas, el agua se fue remansando contra su muro como el deseo se remansa en el vientre de los amantes. Un padre contenido, un esposo dominante, un novio zalamero… todos los sustantivos, todos los adjetivos le cabían.
Su afán y su agonía eran dominar el mundo conocido, su mundo, el que abarcaba desde su estatura de coloso; desde sus siete ojos inmensos, abiertos al abismo; desde sus siete bocas, salpicadas de furia.
El día en que los hombres festejaron su nacimiento –un señor escuálido y tembloroso en torno al cual giraba todo- sintió que la fuerza que le había sido concedida le convertía en el monstruo sagrado de aquellas tierras. La lámina azul de agua que besaba su frente era su orgullo y la razón de su existencia.
Si el día le traía rumores de admiración, la noche le daba la confirmación de su poder. La luna bebía en sus entrañas, se perdía en el espejo negro y renacía, llena y pletórica, preñada de secretos.
Pero el monstruo –oye, niña, lo que te voy a decir- no conocía el poder de los hombres ni las mentiras que urden para conseguir aquello que quieren. Y así, llegó un día en que, con un ruido infernal, sintió que la vida se le desangraba en esa sangre límpida y helada que le vaciaba las entrañas. Abrieron, sin misericordia ni corazón, las bocas. A la vez, todas ellas, le quitaban la vida; el poder y la gloria; el dominio que él había creído absoluto.
No supo qué hacer. Su misma condición de monstruo le impedía el movimiento, la rebelión, la ira destructora. El grito desaforado, que los hombres confundían con el rigor del agua, no servía para contener el vaciado de su sangre fecunda.
De nada sirvieron el ruido, la furia, los lamentos que solo yo, en la distancia del cauce del río, pude interpretar en noches como esta.
De a poco se fue convirtiendo en la sombra de lo que había sido y tuvo que aguantar los reproches –velados o declarados- que los hombres le hacían en sus orillas: que ya no es lo que era, que pronto se quedará en arroyo, que ya se ven las caserías, que tanta obra faraónica para esto…
Y una noche –oye, niña, porque esta es la única verdad que debes creer- mientras las nubes de septiembre se acercaban, una iluminación le sacó de sus tristes lamentaciones. Nunca más dejaría que las nubes llenaran su vientre. Nunca más dejaría que los hombres –tan pequeños, tan soberbios, tan miserables- jugasen con el monstruo endiosado que ellos mismos se dedicaron a crear.
Así, cuando –preñadas, negras, intensas- se acercaban a dejar su carga de vida entre los olivos, él las aventaba prohibiéndoles su alivio.
Nunca me dijo en qué consistía ese poder, ni yo se lo pregunté. Él es un Dios y ellas, sus acólitas. Él prohíbe y ellas obedecen. Él niega y ellas acatan.
Se van más allá, niña, al otro pueblo, al otro lado de la sierra. Donde la lluvia cae en torrenteras por las lindes y las calles; donde las aguas de septiembre se llevan los puestos de los turroneros y los sofocos del verano antes de que les dé tiempo de estrenar todos los vestidos a las mocitas; donde en los arroyaderos se sumen las patas de las bestias; donde hay semanas enteras en las que se cobijan en las tertulias de la taberna, la barbería y el zapatero porque el agua temporal no deja salir al campo; donde las fuentes y los pozos manan sin tregua; donde los caños de los pilares no tienen nunca descanso.
Y esa, niña, es la verdad. Y el monstruo me mira en la distancia y su mirada dura se ablanda porque sabe que solo yo la sé y solo yo la he comprendido.
Y lo escribe del tirón, la luz del día ya haciendo canales sobre la colcha de la cama.
Y se promete a sí misma volver al monstruo y consolar su corazón de hormigón armado y de sueños rotos. Casi, casi, como el suyo.

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