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Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza.
El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto.
El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén tosiendo al lado de la lumbre, de que la madre tenga previsto o no pasar a pagarle al maestro… Y hoy no ha entrado. Con Manolo y el Negro han dado la vuelta desde el pilar de abajo y han echado a correr por la cuesta del Molino cuando nadie los veía.
Al llegar a los nopales de la primera huerta se han parado, jadeantes y muertos de risa, y han echado mano del tirachinas que llevaban metido en el calcetín. Van a pasar la mañana tirando piedras a los gorriones, haciendo barquitas con las hojas ya amarillas de la higuera y viendo cómo surcan el reguero.
Volverá cuando las campanadas den las doce y la madre no preguntará qué ha hecho hoy en la escuela, aunque se fijará en el polvo de los pantalones y en el pelo alborotado y en las alpargatas llenas de barro.
Hoy hay puchero y unos poquitos de boquerones –descabezados al sol en el patio- y, quizá, media naranja.
El padre no vendrá a comer. Se va al huerto y allí pasa el día desde que ya no es guarda de campo. Se ha llevado medio pan y queso en aceite. Traerá, quizá, unos huevos para empollarlos y darles de comer en la boca a los polluelos. Traerá unas hierbas para las aceitunas. Traerá unas granadas que los hermanos se disputarán entre chillidos. Traerá el cansancio en el cuerpo y el buen ánimo en el corazón.
Después de comer, la madre ha subido a la camarilla. Hay que echar un vistazo a las orzas, prepararlas para la matanza. La obsesión de la madre es tenerlo todo listo y preparado, solo a la espera de que el guarro ya esté cebado y el matarife pueda pasarse por la casa.
El caganiu no pierde de vista a la madre y la sigue escaleras arriba con la pelota de trapo bajo el brazo.
Se sienta en el poyete del troje y mete la pequeña mano en el cereal. Metiéndola y sacándola; jugando a hundir la pelota y encontrarla mientras la piel le pica. La madre le dice que se esté quieto, que le salen esos habones colorados y calientes y luego no la deja dormir por las noches pidiéndole bajito que venga a soplarle y ponerle saliva de la buena, de la que cura.
Observa las idas y venidas de la madre, enlutada desde que él la conoce, y cómo dispone las ollas de porcelana donde va a dejar el aceite colorado del año anterior. No sabe el caganiu lo que va a hacer con él pero sabe que, a veces, su madre hace magia y saca de un líquido pringoso, que le mancha la barbilla cuando come huevo, unos trozos grandes y blancos que se llevan las mujeres a las pilas y que vuelven la ropa del campo, y las sábanas, y su camisa de los domingos, y el mandilón de la escuela, de un color reluciente y de un olor a tarde de verano.
Ahora le toca el turno a la orza grande, la del chorizo. La madre levanta la tapa de madera e intenta volcarla sobre una de las ollas, pero es demasiado grande. Ella es tan frágil, tan transparente a los ojos del pequeño, que este salta con angustia del poyete para ayudar a sostenerla.
Pero ella cambia de idea y, apartándolo suavemente, empieza a sacar aceite con el cucharón.
Una vez, dos, tres… El caganiu contempla fascinado el chorro rojizo, salpicado de estrellas por la luz de octubre que entra por el ventanuco del techo, deshilándose mansamente sobre la olla de porcelana, cada vez más llena.
La madre detiene de pronto el movimiento y se asoma al borde de la orza. Remueve un poco más y sube el cucharón de nuevo. Pero esta vez no deja caer su contenido sino que lo acerca, sorprendida, hacia ella y comprueba –y a su lado el caganiu- que ha pescado un pequeño choricito, humilde y casi consumido, que había pasado los meses reposado y olvidado en el fondo del aceite.
Los ojos del caganiu resplandecen porque un chorizo antes de la matanza es un milagro inesperado. Recuerda haberse comido el último, compartido con el hermano que inmediatamente le antecede, allá por el mes de febrero cuando, antes de la Cuaresma, apuraban los últimos trozos de lomo en aceite y la madre hacía el último potaje con peso y sabor.
La madre pronuncia su nombre y le sonríe. Y hace un gesto de ofrecimiento con el cucharón y él nota que sus pies se le han despegado del suelo y asiente con la cabeza, despacito, sin pronunciar palabra, para no romper el encanto de aquel milagro obrado ante sus ojos.
Bajan juntos la escalera, el caganiu refregándose contra la pared encalada para no perder de vista el cucharón y el tesoro que encierra.
Ya en la cocinilla, la madre alcanza el pan y, sosteniéndolo contra el pecho, corta un trozo y, delicadamente, como en una liturgia en la que ejerciera de sacerdotisa y ante los ojos de su acólito, coloca encima el chorizo y se lo tiende, no sin antes encargarle que no diga nada a nadie; ni al padre, ni a sus hermanos –y lo dice con la congoja de no poder repartir tan poco entre tantos.
El caganiu sostiene el milagro entre los dedos y ya pierde de vista la cocinilla, la madre, el recuerdo de los juegos en el huerto, la pelota olvidada en el troje. Con el corazón brincando en el pecho corre hacia el patio y se acomoda en la escalera que sube al pajar. Cambia de idea cuando ve acercarse a los gatos –que lo ponen muy nervioso con esa mirada casi humana que siempre le dirigen- y se acerca a la cuadra. Allí no está hoy el borrico, que su hermano mayor ha llevado a la viña, y se recuesta sobre el rayito de sol que da en la puerta.
Y en ese momento oye el griterío de los chavales calle arriba, pasando por delante de la casa. Van, se imagina, a la peana, el sitio soleado y preferido cuando la tarde ya va a caer. Sabe, o se imagina, que llevan también una pelota –hecha con retales por alguna madre luminosa como la suya-, quizá un trompo, quizá los recortes de madera de la carpintería, con los que hacen castillos. Sabe, o se imagina, que llevarán la merienda en la mano: un hoyo con aceite y azúcar o un cuadradillo de chocolate o, en un intento incomprensible de engañar el hambre hasta la noche, un cartuchito de magnesia para ir chupando entre guiños de ojos y escalofríos de cuerpo.
Y, no sabe por qué y no se lo supo explicar después a la madre, sale corriendo con su milagro en la mano. Los ve ya sentados en la peana. Son seis: el niño de Paula, con la cabeza aún marcada por la tiña; José y Alfonso, con las cabezas juntas mirando no sabe qué; Mariano, el loco, y sus amigos del alma, Manolo y el Negro.
Ahora, cuando lo recuerda, se ve a sí mismo acercándose despacito y ve cómo, muy despacito también, van ellos volviendo la cara hacia él uno a uno. Ve sus ojos cuando descubren, aguantado con su dedo encima del pan –a gatillo montado, como le decía su abuelo-, el chorizo, aparición, descubrimiento incrédulo.
Ni el caganiu dice nada ni ellos tampoco. Recuesta la espalda en la peana y se va comiendo el chorizo a bocaditos. Los chavales lo miran con la unción con la que se representa a los santos en los cuadros de la iglesia.
Todos callan. Barbilla abajo le resbala una gota deslumbrante que condensa la magia del momento.
No sabrá luego explicarle a la madre por qué lo hizo. Ahora solo sabe el caganiu que se ha quitado el hambre del cuerpo y del espíritu. Solo sabe que ha tocado el cielo con las manos. Solo sabe que tener y que no tengan es la combinación del triunfo.

Y tampoco sabe que a la nieta catalana, que él no imagina en esta tarde de octubre, la abundancia la alejará de la moraleja de esta historia.

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