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Escribo para mi gato XIV. El poeta

Bajaba el poeta cada mañana las escaleras con esa cadencia de quien lo tiene todo por hacer y ninguna prisa en ponerse en ello. Le faltaba la diligencia de la juventud y le sobraba la parsimonia de la vida asentada de provincias. A pesar de lo atildado de cada una de las partes de su persona, el conjunto tenía algo de desaliñado, de descuido. Un no sé qué que le hacía destacar en las tertulias del Casino entre aquellos caballeros de pañuelo en el bolsillo, fedora y sello en la mano.
En la salita del mirador, donde ya estaba dispuesto el desayuno desde primeras horas del día, se hallaban sentados algunos huéspedes, madrugadores todos ellos, ansiando las tostadas, crujientes y rociadas de un aceite todo sol, y el café cargado y amargo que preparaba Sole, la cocinera de la fonda, que había llegado arrastrando dos maletas y el saber inacabable heredado de su abuela.
Solía sentarse en la mesa más próxima a la cristalera, aquella por la que entraba el tímido sol de la mañana, provocando en el aire un camino reluciente de diminutas partículas doradas y leves.
A veces, la compartía con los viajantes que llegaban cada cierto tiempo con aquellos maletones prometedores de dicha sin fin. Le gustaba oír sus conversaciones en las que flotaban conocimientos que él nunca encontró en los libros. Ramón Espinosa servía a las zapaterías de toda la ciudad. La de la calle del Correo y la de la plaza de Esteban Martín y otras tres que había por los barrios cercanos al río. Contaba Ramón que en las zapaterías había más sabiduría por metro cuadrado que en la Real Academia. Cuál academia preguntaba con sorna Antón Ligero, el viajante que correteaba todas las boticas y la tienda de hierbas de Luisa, la Rubia. La de la lengua, no seas borrico, cuál va a ser. Ramón tenía unos personajes favoritos de los que, en cada visita, contaba hazañas y anécdotas, algunas de dudosa credibilidad.
El susodicho Antón Ligero era un viejo conocido del poeta porque participaba, en ocasiones, de las tertulias en la rebotica de don Andrés Cardenal aunque allí, amedrentado por el poder de las fuerzas vivas que la componían, no estaba tan dicharachero ni ocurrente como en la fonda.
Un par de veces al año también se hospedaba, y compartía mesa con ellos, un estrafalario personaje, supuesto vendedor de unos libros que nunca vieron ni hojearon, que se decía descendiente del rey Alfonso XII y que contaba unas truculentas conspiraciones que le habían obligado a ganarse el sustento con tan prosaica actividad a él, que había nacido para moverse entre tapices y arañas de cristal.
El poeta desayunaba pues, solo o acompañado según el día, recibiendo el tibio sol y entreviendo ya las idas y venidas de sus conciudadanos calle Mayor arriba, calle Mayor abajo.
Casi siempre, a veces incluso en los primaverales días de mayo y junio, envueltos en toquillas o aferrados a abrigos de paño y chaquetas de pana gruesa. El cierzo tenía patente de corso para hacer de las suyas en aquella castellana meseta, tan árida y tan traicionera y, sin embargo, ya tan querida.
Cuando desayunaba solo, gustaba de imaginar las vidas de los que acechaba desde el ventanal. La mayoría le eran desconocidos aunque los viera frecuentemente en sus ocupaciones diarias. Algunos le habían inspirado versos sencillos, cascabeleros, como a él le gustaba llamarlos. Les construía vidas, afanes, miserias, alegrías… los paseaba entre la desdicha y la felicidad más absoluta. Era para él un teatrillo que le sacaba de la rutina fonda-instituto-tertulia.
El poeta comía casi siempre en el Casino, hojeando El liberal, que era el único periódico respetado en la ciudad, muy por encima del ABC que, el mundo al revés, los contertulios tildaban de provinciano y simple.
Por la noche hacía una cena frugal. Casi siempre le preparaba Sole una mixtura de verdura y fruta que le recordaba el salmorejo de su tierra añorada. Le daba igual que en la calle el termómetro no pudiese apenas subir de los cero grados. Él hacía una cena de siega y trilla porque era el resquicio por donde entraba el aire andaluz a su vida castellana.
Cuatro meses llevaba ya así, entre clases monótonas –que había plasmado en unos versos que, aún no sabiéndolo él, iban a ser inmortales-, idas y venidas a las tertulias de la rebotica y el Casino y paseos –las más de las veces solitarios- por las alamedas que iban a parar al río y al Parque Nuevo.
Una mañana bajó el poeta, como siempre encendiéndose el primer cigarro de la mañana, a colocarse en su silla del ventanal, pero no llegó a ello. A medio camino entre el pasillo que iba de la entrada a la cocina y la puerta de la sala, su aliento quedó suspendido puesto que le faltaba el aire que se hallaba todo él concentrado en el aura de un ángel que le sonreía -¡a él!- bajo el dintel.
Él todavía no lo sabía porque no nos es dado –a los humildes mortales jamás pero ni siquiera a los poetas tampoco- saber qué personas conducirán nuestra vida por caminos insospechados ni se descubre, solo al echarles la vista encima, a quienes pondrán luz y sombra en nuestra vida.
El poeta todavía no lo sabía pero una niña con trenzas morenas y la piel tan blanca como el azahar cambiaría para siempre su tedio, su rutina, sus pasos conocidos y sus soliloquios de hombre maduro y desencantado.
El poeta todavía no lo sabe pero, en la puerta de la sala, lo espera una estrella fugaz que guiará los años que le quedan por vivir con su presencia y, el poeta todavía no lo sabe, sobre todo, con su ausencia.

Callemos y contemplemos cómo se quema en el fulgor de su mirada todo lo vivido como se le quema el chaleco –ay, qué descuido imperdonable en su presencia- bajo las pavesas del primer cigarro de la mañana.

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