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Escribo para mi gato. XV. Sin final feliz

Ella llevaba todavía calcetines. No hubo manera de convencer a su madre. Se habían de llevar los calcetines hasta los quince y ella no los cumplía hasta mayo. Y llevaba aún sus faldas plisadas, las blusitas de batista o los jerséis hechos con tricotosa. Y, por supuesto, los dichosos calcetines. Desentonaba con las muchachas que ya vestían tejanos de campana y habían dejado atrás las trenzas.
Él tenía los ojos más claros con los que ella se había cruzado. Y un pelo rebelde que se despeinaba cuidadosamente para que le cayera sobre los ojos. La esperaba cada tarde al acabar las clases, encendiendo un cigarro recostado en el umbral de la verja del instituto.
Bajaban por las calles muy despacito, para hacer eterno el camino y alargar la conversación. Qué había hecho ese día, qué había aprendido en clase. Ella sonreía por dentro: era lo mismo que le preguntaba tantas veces su padre cuando estaban juntos sin mucho de qué hablar.
A veces se sentaban en los escalones de aquel barrio todo cuestas. La ciudad estaba a sus pies y todo parecía tan fácil que hasta daba miedo.
Él dejó los estudios. Había pasado por la escuela sin pena ni gloria y el instituto ni lo pisó. Trabajaba con su tío Ramón, en la carpintería. A ella le encantaba ese olor a serrín que le precedía y que se quedaba en su memoria hasta el día siguiente.
El tío Ramón era exigente pero también paciente. Le enseñaba que la madera tenía unas necesidades que un buen ebanista tenía que descubrir. Algunas eran tiernas; necesitaban firmeza con tacto. Otras eran altaneras; duras y difíciles de manejar. Como las mujeres, más o menos, le decía con medias sonrisas. El tío Ramón era soltero pero toda la familia estaba al tanto de que había sido el más filibustero de los hombres. Filibustero de verdad. Así se llamaba el grupo en el que había tocado durante seis años. En verbenas de pueblo, en el teatro Mayor, en los cines Aguado… Los filibusteros tocaban como los ángeles; los instrumentos y a las mujeres. O eso se decía. Vaya usted a saber qué se quería decir en una época en la que las mujeres no se dejaban tocar más que del codo al darles el agua bendita.
Y aún así, o por eso, se había quedado soltero. Porque le costó tanto escoger a una que se quedó sin ninguna. Y cada explicación que le daba sobre la madera, cómo tratarla, cómo manejarla… tenía un contrapunto de enseñanza amorosa que él tenía buena cuenta de guardar.
A ella le contaba cosas de su tío y de la fascinación que ambos tenían mientras veían, paso a paso, la transformación de un trozo de madera en un mueble único y vivo. Le contaba cómo se quedaban los dos contemplando la obra acabada y cómo salían al patio trasero a echarse un cigarrito, sin miedo a provocar un desastre, para celebrar el trabajo bien hecho.
A él, ella le contaba que la clase de física era la peor de todas. Que el profesor era un hombre que odiaba a las alumnas y que las hacía llorar de vez en cuando con un comentario hiriente sobre su futuro. Le contaba que su madre no le dejaba llevar tejanos porque decía que no eran para señoritas. Que no quería que se quitara ya los calcetines porque decía que no tenía edad de medias. Que no le dejaba ponerse un poquito de carmín en los labios porque decía que era de cualquieras.
Él le decía que no necesitaba nada de eso. Que cuando salía por la puerta del instituto toda la luz de la calle se concentraba en ella. En su pelo, en su sonrisa. Que aún vestida de monja sería la más deslumbrante entre todas. Que cuando el año pasado echaron por la tele Don Juan Tenorio, la Inés que lo acompañaba era igual a ella.
No hacían planes, ni falta que les hacía. Todo era presente. La vida estaba tan llena que nada había que pedirle ni el futuro debía planearse puesto que estaba en la puerta del instituto.
Ella bajaba las escaleras de dos en dos. Ya lo había visto. Desde las ventanas de la escalera y desde las del aula de dibujo cuando era lunes.
Sus compañeras, tan modernas y tan seguras, no se explicaban cómo en esa poquita cosa, en esa mosquita muerta, se había fijado un canalla guaperas como aquel. Y sonreían entre murmullos con una sonrisa nerviosa que delataba la envidia y el deseo contenido.
Ella ni las veía; su mirada y su corazón concentrados en los ojos celestes que la esperaban.
Él ni las veía; su mirada y su corazón concentrados en las trenzas y la sonrisa que ocupaban el aire.
Pasó un curso y luego otro. Se sucedieron otoños y primaveras.
Ella cambió de casa y de instituto. Él le prometió que iría a verla. Ella juró que lo esperaría todos los días de su vida.
Solo se presentó algunos jueves –cuando su tío le daba la tarde libre-. Por su casa no podía ni aparecer –esa niña no tiene edad de novios- y los encuentros se fueron espaciando.
Un día, aunque ellos no fueron conscientes, fue el último. Porque la vida no suele avisar del fin de las cosas ni una música de fondo nos previene de que algo importante acaba o empieza.
Él desapareció del nuevo barrio y ella nunca se dejó caer por el antiguo.
Hoy ella ha bajado la basura, como cada noche, acompañada con el trote de su perra. Se espera al lado del contenedor, encendiendo un cigarrillo, mientras Carmina va y viene, acerca arriba y acera abajo, persiguiendo amigos imaginarios. No ha sido un gran día: problemas en el trabajo, discusión en casa. Tiene ganas de llorar y un peso indefinido tira de ella hacia abajo, queriéndola rendir ante la vida.
Mira la esquina. Un hombre se acerca lentamente. Lo mira y la mira. Tiene unos ojos celestes, empequeñecidos por la edad pero vivos y alegres. Peina canas y lleva las manos en los bolsillos. Algo busca o nada busca. Quizá un paseante o quizá un vecino de los muchos –casi todos- que no conoce.
Ella lleva treinta años viendo películas románticas con final feliz. Desea que sea alguien conocido. Quizá un joven carpintero que conoció en otra vida. Un hombre que la saque de la rutina y el hastío; de las miserias en las quedaron las promesas.
Ahora están frente a frente. Él dice buenas noches. Ella contesta. No es; ni siquiera se parece más que en el color de los ojos.

Tira la colilla al suelo y la apaga con la furia que escatima en otras cosas. Llama a Carmina y sube la escalera sabiendo que aquella noche, como otras, soñará con olores a carpintería y caballeros para los que su pelo y su sonrisa llenaban el aire.

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