Ayer entró el otoño y hoy he ido a la playa. Quizá sea la última vez en este año. Al menos con bikini, toalla y disposición para tomar el sol. Pero hoy he ido, eso sí, con un pellizco de melancolía. Cuando acaba el verano no decimos adiós solo al calor, a las tardes indolentes bajo el runrún del ventilador o al ocio al aire libre bajo las estrellas. No decimos adiós solo a los reencuentros postergados durante un año ni a los turisteos despreocupados, ni a la vuelta a los pueblos o a los sitios que están indisolublemente ligados al estío. Cuando acaba el verano decimos adiós a una alegría inexplicable que hunde sus raíces en la niñez, en el fin de las tareas y en el delicioso aburrimiento de los días largos e infantiles. Acaba el verano y con él se nos va una versión nuestra que el espejo del próximo verano ya no nos devolverá. Se lleva con él la sensación de que el tiempo es infinito y de que el placer puede ser algo tan sencillo como brincar al paso de una ola o sacar un fresquí...
Hace dos días que murió Lola. El 31 de agosto: una fecha de cierre de ciclo para la maestra que ella era; la víspera de un nuevo comienzo, de un acomodo a la rutina, del reinicio de una rueda que parece eterna, pero que un día se detiene. Pareció escoger ese día mágico en el que, a lo largo de tantos años, se reinventaba de nuevo para esos niños a los que dedicó su esfuerzo y su cariño. Hoy hemos despedido su cuerpo y nos hemos quedado para siempre su alma. Cada vez que la recordemos, la traeremos a la vida; por eso empiezo hoy mismo, sin más tardanza: Lola era andaluza y ejercía de ello. Era maestra vocacional. Le gustaba leer y hablar de libros. La lectura la engrandecía. Colocó a su madre en el centro de su vida y luego, hasta el último aliento, a sus hijos. Padecía por el rumbo que estaban tomando las cosas y anhelaba cambios que nunca llegó a ver. A Lola le gustaba viajar y le gustaba volver a su pueblo y pasear sus calles. Hacía ganchillo y disfrutaba con ello. ...