Mi padre fue zapatero y engrasador en una fábrica textil. En la última etapa, un jubilado dedicado al huerto. Su padre y su abuelo se llamaban Nicolás. Así me hubiera llamado yo de haber sido varón. Por suerte, no se planteó Nicolasa. Apenas aguantó unos meses solo en Hospitalet antes de llamar a mi madre. La ciudad se le caía encima. Y así fue siempre. Mi padre, como mi madre, era presumido y pinturero: niquis, gafas de montura metálica, nunca un pelo fuera de su sitio, traje y corbata los días de fiesta, el bigote bien recortadito... No me dejó apuntarme a un partido en plena transición. Decía que si venía una guerra civil, eran las primeras listas que mirarían. Su frase estrella para aconsejarme era "no te signifiques". A mi padre le costaba dar besos. Pocos le dieron en su infancia; así era la vida entonces. Él nunca cogía el teléfono si mi madre estaba en la casa. Mi padre tenía mucho carácter y un pronto que se le pasaba al rato. Sin embargo, lloraba con facilidad. Por ...
Sus penas son las nuestras y sus alegrías, también. Desde el primer día en el que sabemos que están en camino hasta el último de nuestras vidas. Queremos que crezcan y que vuelen y queremos que sean siempre nuestros niños; queremos que se acuerden de nosotros y queremos que no miren atrás; queremos que tengan en su memoria los buenos momentos y queremos que olviden cuando no supimos estar a la altura. Queremos que crean que fuimos los mejores que les pudieron tocar, que perdonen nuestros errores y nuestras flaquezas. Queremos que el recuerdo de su infancia ilumine siempre el camino que tienen delante. No es el día de los hijos, ni de los padres, ni de la familia. Es un día cualquiera en el que poner por escrito que son la luz de nuestros ojos y el motivo de levantarnos cada mañana. Fotografía: mis niños.