Hay a quien no le gusta que le feliciten el santo. Hay quien dice que ni siquiera se acuerda de cuándo se celebra. Hay quien considera que es una costumbre católica que no le dice nada. Yo no soy de esos quienes. A mí me gusta que me feliciten. Porque me recuerda que, ya antes de nacer, había quien me esperaba y quien imaginaba mi cara buscando un nombre con el que llamarme. Nadie de aquellos que me esperaban está hoy aquí, cuando transito edades cuesta abajo. Pero, cuando alguien se acuerda de que hoy es mi día y dedica un minuto del suyo a felicitarme, vuelven a la vida los que me pusieron un nombre que llevo con orgullo y con agradecimiento. Ana Mari, Ana, Ana María, Anita, Ani, Aniuska, Anamore, Anamarisilla para siempre.
Mi tito fue soltero toda su vida. No se le conocieron más amores que su familia y la tierra. Trabajó para su padre y nunca dejó la casa familiar. Era del Barça sin que sepamos por qué. Y del equipo del pueblo, al que acompañaba a todos los partidos, fuera local o visitante. Mi tito no fue más allá de Barcelona, pero tenía todo el horizonte de un mar de olivos en sus ojos. Pasó una grave enfermedad con dieciocho años. Se salvó por los cuidados de su madre y el tratamiento del doctor Zurita. Era discreto, tímido y pausado. Solo lo alteraron en vida quienes sabían cómo malmeter. Mi tito era feliz en la Camorra, con sus abuelos y sus tíos, a los que llamaba por su nombre de pila. Empezó a arar cuando apenas llegaba a las manceras. Cuidaba a su yunta y al campo como se cuida a quien te da la vida. Adoraba a su madre y para ella era el favorito. Fui su ilusión y, después, mis niños. Todo era poco para ellos. Me llevaba al río y a las albercas cuando el rigor del verano era más duro. Descansa...