Hace dos días que murió Lola. El 31 de agosto: una fecha de cierre de ciclo para la maestra que ella era; la víspera de un nuevo comienzo, de un acomodo a la rutina, del reinicio de una rueda que parece eterna, pero que un día se detiene. Pareció escoger ese día mágico en el que, a lo largo de tantos años, se reinventaba de nuevo para esos niños a los que dedicó su esfuerzo y su cariño. Hoy hemos despedido su cuerpo y nos hemos quedado para siempre su alma. Cada vez que la recordemos, la traeremos a la vida; por eso empiezo hoy mismo, sin más tardanza: Lola era andaluza y ejercía de ello. Era maestra vocacional. Le gustaba leer y hablar de libros. La lectura la engrandecía. Colocó a su madre en el centro de su vida y luego, hasta el último aliento, a sus hijos. Padecía por el rumbo que estaban tomando las cosas y anhelaba cambios que nunca llegó a ver. A Lola le gustaba viajar y le gustaba volver a su pueblo y pasear sus calles. Hacía ganchillo y disfrutaba con ello. ...
Hay a quien no le gusta que le feliciten el santo. Hay quien dice que ni siquiera se acuerda de cuándo se celebra. Hay quien considera que es una costumbre católica que no le dice nada. Yo no soy de esos quienes. A mí me gusta que me feliciten. Porque me recuerda que, ya antes de nacer, había quien me esperaba y quien imaginaba mi cara buscando un nombre con el que llamarme. Nadie de aquellos que me esperaban está hoy aquí, cuando transito edades cuesta abajo. Pero, cuando alguien se acuerda de que hoy es mi día y dedica un minuto del suyo a felicitarme, vuelven a la vida los que me pusieron un nombre que llevo con orgullo y con agradecimiento. Ana Mari, Ana, Ana María, Anita, Ani, Aniuska, Anamore, Anamarisilla para siempre.