Ir al contenido principal

Entradas

Mi tito. Biografía de lo cotidiano VII

Mi tito fue soltero toda su vida. No se le conocieron más amores que su familia y la tierra. Trabajó para su padre y nunca dejó la casa familiar. Era del Barça sin que sepamos por qué. Y del equipo del pueblo, al que acompañaba a todos los partidos, fuera local o visitante. Mi tito no fue más allá de Barcelona, pero tenía todo el horizonte de un mar de olivos en sus ojos. Pasó una grave enfermedad con dieciocho años. Se salvó por los cuidados de su madre y el tratamiento del doctor Zurita. Era discreto, tímido y pausado. Solo lo alteraron en vida quienes sabían cómo malmeter. Mi tito era feliz en la Camorra, con sus abuelos y sus tíos, a los que llamaba por su nombre de pila. Empezó a arar cuando apenas llegaba a las manceras. Cuidaba a su yunta y al campo como se cuida a quien te da la vida. Adoraba a su madre y para ella era el favorito. Fui su ilusión y, después, mis niños. Todo era poco para ellos. Me llevaba al río y a las albercas cuando el rigor del verano era más duro. Descansa...
Entradas recientes

Mi padre. Biografía de lo cotidiano VI

Mi padre fue zapatero y engrasador en una fábrica textil. En la última etapa, un jubilado dedicado al huerto. Su padre y su abuelo se llamaban Nicolás. Así me hubiera llamado yo de haber sido varón. Por suerte, no se planteó Nicolasa. Apenas aguantó unos meses solo en Hospitalet antes de llamar a mi madre. La ciudad se le caía encima. Y así fue siempre. Mi padre, como mi madre, era presumido y pinturero: niquis, gafas de montura metálica, nunca un pelo fuera de su sitio, traje y corbata los días de fiesta, el bigote bien recortadito... No me dejó apuntarme a un partido en plena transición. Decía que si venía una guerra civil, eran las primeras listas que mirarían. Su frase estrella para aconsejarme era "no te signifiques". A mi padre le costaba dar besos. Pocos le dieron en su infancia; así era la vida entonces. Él nunca cogía el teléfono si mi madre estaba en la casa. Mi padre tenía mucho carácter y un pronto que se le pasaba al rato. Sin embargo, lloraba con facilidad. Por ...

Los hijos

Sus penas son las nuestras y sus alegrías, también. Desde el primer día en el que sabemos que están en camino hasta el último de nuestras vidas. Queremos que crezcan y que vuelen y queremos que sean siempre nuestros niños; queremos que se acuerden de nosotros y queremos que no miren atrás; queremos que tengan en su memoria los buenos momentos y queremos que olviden cuando no supimos estar a la altura. Queremos que crean que fuimos los mejores que les pudieron tocar, que perdonen nuestros errores y nuestras flaquezas. Queremos que el recuerdo de su infancia ilumine siempre el camino que tienen delante. No es el día de los hijos, ni de los padres, ni de la familia. Es un día cualquiera en el que poner por escrito que son la luz de nuestros ojos y el motivo de levantarnos cada mañana. Fotografía: mis niños.

Volver sin poder volver

Y te haces los kilómetros sabiendo que vuelves sin volver. Porque no se puede volver al abrazo de una abuela, a un cine de verano, a los bancos del paseo donde se cruzan las primeras miradas de deseo, a bañarte en una alberca, a oír los campanillos de los mulos. No se puede volver a las calles empedradas, a las noches en el zaguán, a que manos queridas te monden las pipas, a retreparte en una silla de enea, a la feria con amigas, a la tienda de Silvestre. No se puede volver a llenar un cántaro, a guardar sitio en las pilas, a sentarse en un tranquillo a ver pasar la vida, a que te pregunten de quién eres. No se puede volver a esperar la alsina de Málaga, a ver los carteles del cine de Pavón, a comprar magnesia en un cartuchito, a subir a la carretera a ver cómo anochece. No se puede volver a la Galaxy, a comer pimientos en los Vaqueros, a encargar un jersey en las Arjonas, a aguantar las miradas subiendo frente al Estrecho. No se puede volver a escuchar los chascarrillos de tu abuelo, ...

Años que no se cumplieron

Hoy hubiera cumplido mi madre los 91. Qué hubiéramos hablado y vivido en todos estos años en que falta, nadie lo sabe. Yo me descubro a veces, en madrugadas insomnes, manteniendo conversaciones que nunca se produjeron, dando y recibiendo razones que nunca se dieron, compartiendo momentos que nunca llegaron...  En momentos luminosos, los menos,  creo que me ve y me protege y que espera paciente nuestro reencuentro. En el resto, los más, me desespera saber que no hay vuelta atrás y que lo que no se dijo ni se hizo no hay manera de enmendarlo y que lo que se vivió no vuelve jamás. La traigo a la vida cada vez que la nombro y por eso -bendita excusa su cumpleaños-, felicidades, mamá. Imagen: mi madre, Aurora de Gonzalo, con su eterna sonrisa.  

Un año más.

Esa criatura que, en pose de pequeño Buda, espera paciente para soplar la vela de su primer año de vida soy yo. Llegué a una familia que me esperaba con una ilusión desbordante y de la que me convertí en centro y razón. El destino me llevó lejos de donde vi la luz. Conocí otras gentes y otras maneras de vivir. Crecí, soñé, tuve alegrías y desengaños y hoy, tanto tiempo después, amanezco con un año más en mi cuenta. Todos los que me recibieron en sus vidas y me quisieron incondicionalmente no están para felicitarme. Los añoro más que nunca cuando el camino ha empezado a descender hacia el final a una velocidad cada vez más acelerada. Sueño a veces con ellos y, entre sueños, creo notar sus manos en las mías. Con ello me conformo. Pero no me he quedado sin felicitaciones: la familia que he formado, los amigos que he escogido, las buenas gentes que he tratado están tocando a mi puerta para que un cumpleaños siempre sea un motivo de alegría y el día dé una cosecha generosa de buenos deseos ...

Adioses

Dice el Eclesiastés que todo tiene su momento oportuno, que hay tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo. Y eso mismo nos enseña la vida. Que hay un tiempo para empezar y un tiempo para acabar. Un tiempo para ser feliz y un tiempo para llorar. Un tiempo para vivir y un tiempo para recordar. Hoy, once de abril, hace seis años que mi padre murió y anteayer vendí su querida cochera.  Tras esa puerta, en ese patio, en esos corralitos, en esa chimenea pasó, junto a mi madre y toda la familia, momentos inolvidables. Era su orgullo y su alegría; la ilusión de levantarse por la mañana. Tuvo una burra -Guillerma-, gallinas, conejos, cerdos, gatos; hizo la matanza; sembró, recogió; se bañó en su alberca; guardó su quad; mimó su parra; tomó el sol en la puerta en los inviernos crudos y la sombra en el verano ardiente; conversó al calor de la candela; vio pasar los años y despidió a todos los suyos; caminó hacia el cementerio para hablar con mi madre; reunió a sus nietos, que jugaban en e...