Mi padre fue zapatero y engrasador en una fábrica textil. En la última etapa, un jubilado dedicado al huerto. Su padre y su abuelo se llamaban Nicolás. Así me hubiera llamado yo de haber sido varón. Por suerte, no se planteó Nicolasa. Apenas aguantó unos meses solo en Hospitalet antes de llamar a mi madre. La ciudad se le caía encima. Y así fue siempre. Mi padre, como mi madre, era presumido y pinturero: niquis, gafas de montura metálica, nunca un pelo fuera de su sitio, traje y corbata los días de fiesta, el bigote bien recortadito... No me dejó apuntarme a un partido en plena transición. Decía que si venía una guerra civil, eran las primeras listas que mirarían. Su frase estrella para aconsejarme era "no te signifiques". A mi padre le costaba dar besos. Pocos le dieron en su infancia; así era la vida entonces. Él nunca cogía el teléfono si mi madre estaba en la casa. Mi padre tenía mucho carácter y un pronto que se le pasaba al rato. Sin embargo, lloraba con facilidad. Por ...