Mi padre fue zapatero y engrasador en una fábrica textil. En la última etapa, un jubilado dedicado al huerto.
Su padre y su abuelo se llamaban Nicolás. Así me hubiera llamado yo de haber sido varón. Por suerte, no se planteó Nicolasa.
Apenas aguantó unos meses solo en Hospitalet antes de llamar a mi madre. La ciudad se le caía encima. Y así fue siempre.
Mi padre, como mi madre, era presumido y pinturero: niquis, gafas de montura metálica, nunca un pelo fuera de su sitio, traje y corbata los días de fiesta, el bigote bien recortadito...
No me dejó apuntarme a un partido en plena transición. Decía que si venía una guerra civil, eran las primeras listas que mirarían. Su frase estrella para aconsejarme era "no te signifiques".
A mi padre le costaba dar besos. Pocos le dieron en su infancia; así era la vida entonces.
Él nunca cogía el teléfono si mi madre estaba en la casa.
Mi padre tenía mucho carácter y un pronto que se le pasaba al rato. Sin embargo, lloraba con facilidad. Por cosas cotidianas, por cosas graves y por películas.
Tuvo moto, tuvo burra y tuvo quad. Viajó en coche, autocar y avión. En lo que más, en trenes. En el que más, el Sevillano.
No le gustaba la playa; era blanquito y se quemaba pronto. Si había que ir, a la sombra.
Mi padre nos hizo prometer que no se quedaría enterrado en Cataluña. Hizo el último viaje a su pueblo metidito en una urna.
Su sobrino favorito era mi primo Nicolás. Su muerte le tocó el corazón.
Viajó una vez en un autobús del aeropuerto agarrado a la misma barra que Johan Cruyff. No había móviles y no tenemos foto del acontecimiento.
Casi todos los días de su vida se echó la siesta. Los pocos que no pudo fueron para él un suplicio.
Hoy hace siete años que falta mi padre.
Imagen: Yo en brazos de mi padre. Seguramente en una boda.

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