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Mostrando las entradas etiquetadas como verano

Cuando yo digo cine...

Cuando yo digo cine no hablo de suaves y mullidas butacas. Digo filas de sillones azules con el metal enfriando mis muslos juveniles. Cuando yo digo cine no hablo de moquetas que amortiguan los pasos. Digo alfombras de pipas que crujen bajo mis sandalias. Cuando yo digo cine no digo pantallas gigantes, infinitas. Digo salamanquesas cruzándole la cara a Víctor Mature. Cuando yo digo cine no huelo ambientadores de cedros de Noruega. Digo jazmín, dama de noche, perfumes de verano... Si te hablo de cine no te hablo de silencio y sigilo. Te estoy hablando de risas, de murmullos continuos, de idas y venidas, de trajín y roneo. Cuando te digo cine no pienso en palomitas. Pienso en pipas y un botijo rezumando frescor. Cuando yo digo cine digo parpadeo de luces que anuncian el descanso -no sea que los chiquitos sean pillados en falso-, digo carteles en la plaza, prospectos en la mano, digo una ventanilla diminuta desde la que me alargan las entradas, digo noches estrelladas, ...

Días de septiembre

Tienen los días de septiembre sabor a domingo por la tarde, a fiesta terminada, a verbena donde vuelan  -remojados por unas gotas intempestivas- los banderines y los farolillos que colgaban brillantes pocas horas antes. Un algo, indefinible, sin nombre ni descripción posible, se instala en el centro del pecho para anidar durante los meses venideros. Ni siquiera el placer de habernos sabido libres y felices, despojados del frío y de la ropa, de la palidez invernal y del hastío de la rutina, nos consuela de las tardes mortecinas que ya acechan. Nos dicen los bienintencionados que vendrá otro verano -radiante y eterno como siempre parece-. Pero ese verano ya no nos encontrará a nosotros. Seremos otros -más viejos, no por ello más sabios-; más tristes, con cada vez menos luz y más sombras. Ni el sol ni el agua podrán limpiar de años la piel ni de decepciones el corazón. Y así, más pronto que tarde, será septiembre todo el año. Imagen: fotografía familiar. La Juncosa del Mo...

Afortunados

Septiembre a la vuelta de la esquina. A pesar del calor, esa luz tiene el toque inconfundible del regreso. Ya en casa, la ropa a los cajones, las maletas en su sitio, el repaso del correo, la compra interminable... El verano es ya el pasado; el tren que arrancó mientras, distraída, remoloneaba en el andén. Las siestas sin reloj, las confidencias nocturnas, los bailes en la calle, el agua abrazándote para salvarte del bochorno, la pereza colocada en el altar que se merece, el tiempo perdido en encontrarnos... Todo lo vemos ahora en la distancia. Acabado lo que parecía inacabable vemos ya menos morena nuestra piel y un malestar indefinible se instala con nosotros en las vísperas de la rutina y los horarios, en el inicio verdadero de un nuevo año. Echamos mano de los gestos cotidianos que llenarán el invierno y encendemos el televisor mientras nos sentimos un poco más desgraciados y un poco más tristes. Y entonces los vemos: asfixiados en camiones de inocente apariencia, enga...

Azzurro

Los fines de curso tienen siempre un sabor agridulce. Es cierto que en el fragor de la batalla diaria, cuando el invierno es más duro y más largo y el trabajo se amontona, soñamos con dar carpetazo a todo y refugiarnos en el dolce far niente, en el sopor veraniego... Dejar atrás las aulas, los alumnos, los pequeños y grandes problemas cotidianos... Tumbarnos al sol y dejarnos llevar por la ilusión de un eterno verano. Pero con cada año que dejamos atrás cerramos puertas que nunca volveremos a abrir. Hay gente que sale de nuestras vidas para siempre. Rutinas que abandonamos para no reencontrarlas jamás. Un año más y, lo que es peor, un año menos, se diluye en el pasado. Así que la melancolía me sacude cuando las puertas del curso están a punto de cerrarse tras de mí y entonces, añorada ya de lo aún no perdido, vuelvo la vista atrás y me veo, adolescente otra vez, lánguida e inquieta, apasionada y ansiosa, combativa y temerosa, joven, sobre todo joven, esperando del verano la vi...

Lo que una mosca molesta puede traer de bueno

Tumbada en la terraza al sol, ya implacable, de junio oigo zumbar una mosca veraniega atraída por mi piel. Nada hay más molesto en el indolente verano que esos pequeños insectos, insistentes y tenaces, que zumban a nuestro alrededor. Sin embargo, quizá porque, recién salida del melancólico invierno, me siento a gusto bajo el sol, esta mosca y su zumbido me traen los mejores recuerdos. Hasta mí llega todo lo que otros veranos llenó mi mundo. Los tomates, carnosos, salpicados con sal gorda por mi abuela. El chirrido del trillo en la era. Los campanillos de los mulos volviendo al mediodía hacia casa. El rezumado fresco del botijo. El tacto áspero y duro de las crines del Sevillano. El perfume del jazmín al atardecer. Los cacharritos de jugar en el patio de mi mamá Anica. Las piedras recién regadas de la calle. La cal de la peana reverberando al sol. La butaca balanceándose en el fresco de la noche. El silencio espeso de la siesta. El tañido de las campanas llamando a misa. E...

Y un verano más... o menos.

El final del verano siempre nos sorprende. Creemos que es eterno y que, en sus largos días, tendrá cabida todo aquello que el invierno y el ajetreo cotidiano pospuso. Se amontonan los buenos propósitos, los libros infinitos, los aprendizajes a nuestro aire, los sitios y las gentes a los que visitar... Queremos volver morenos, vitales, más sabios, más limpios de corazón, llenos de experiencias, preparados para la vida y sus intransigencias. Y nos sorprende descubrir que un día otoñal se asoma a la ventana -aunque el calendario se empeñe en decir lo contrario- y nos pilla con todo a medio hacer. Intentamos entonces, porque el ser humano tiene la grandeza de sobreponerse para que el mundo gire, recomponer nuestras expectativas. Repartimos los libros para las próximas semanas, decidimos que tampoco nos hemos atrasado tanto en los nuevos aprendizajes, recopilamos las fotos y sonreímos ante las gentes y los paisajes que hemos visitado poniendo en el cajón de lo pendiente aquello q...

La vida acelerada

Con cada final de verano siento que la vida se acelera. La luz de septiembre me pone tan melancólica que añoro todos y cada uno de los veranos de mi vida. Incluso aquellos que creí tiempos oscuros. Los de la niñez son tan luminosos... Sin aristas, sin sombras. Pura alegría. Acabar la escuela, viajar al pueblo, dormir hasta tarde, pasar los días con un bañador y unas chanclas; las albercas, los descubrimientos como la procesión de hormigas cargando con el trigo o el misterio de las centralitas telefónicas o las gallinas que se quedan inmóviles cuando las ponen bocabajo. Dar un estirón y seguir pesando lo mismo. Que te den besos de pueblo, que suenan y resuenan. Disfrutar allí donde los adultos sufren: en la parada eterna de un tren, en la aglomeración de la playa, con las visitas, haciendo maletas... Creer que todos los veranos serán iguales. Que reirás con las mismas ganas y con las mismas gentes. Que podrás decir lo que hoy no has dicho o podrás hacer aquello a lo que hoy...

Ondiñas veñen

Este es el aspecto que presentaba el primer domingo de septiembre "nuestra" cala. A escala Benidorm, desierta. A mi escala, abarrotada. Es curioso cómo señores que darían un respingo si entras en el ascensor y te pones demasiado cerca de ellos no tienen reparo en poner su culo a veinte centímetros de tu cara. Se pierde el encanto playero cuando, abriendo un ojito desde tu toalla, puedes ver, en todo su esplendor, pelillos, barrillos, espinillas, poros y otras cosas indescriptibles. Que no tengo yo nada contra los que se amontonan en la arena pero que a  mí me da repelús el abarrotamiento playero. Culpa tuya, diréis, por ir un domingo a la playa. Y lo asumo. Pero, ¿quién podía resistirse a empezar un mes nostálgico por definición con un bañito en el Mediterráneo? Yo, no. Todos los veranos son especiales aunque se vaya a los mismos sitios y se hagan las mismas cosas. A ello contribuye el mar, ese sonido de olas que te devuelve una paz interior perdida en los avatares d...

Verano azul

Los veranos son azules. Para los niños los veranos siempre son azules. Ni cruceros de lujo, ni complejos resort todo incluído, ni yates ni playas recónditas. Un pueblo abandonado, Susqueda, donde la gente tuvo que salir y dejar sus casas, sus tierras, sus vidas. Una desgracia que es una alegría para un puñado de niños que viven un verano inolvidable. La más pequeña, con mini vestido, enseñando las braguitas como tocaba en aquella época, soy yo. Mi tío José me coge por los hombros. A mi alrededor mis primos, un tío lejano y un chaval que no recuerdo. Correteando entre las hierbas, viendo los ágiles alacranes esconderse bajo las piedras, yendo a buscar agua a la fuente, contemplando extrañada a la única mujer que se resistía a dejar lo suyo y que quería ser sepultada por el agua... qué pequeñas y qué grandes eran las cosas cuando se tenían los ojos inocentes. Mi tíos trabajaban en la construcción del embalse y, mientras, vivían en una de las casas vacías del pueblo. Allá fuimos m...