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¿Se puede ser más feliz?

Por mi boca desdentada (sí, esa soy yo) no debo tener más de siete años.
Estamos sumergidos, a bordo de un maravilloso colchón hinchable, en el río Genil.
El grupo lo forman mi tío Antonio, mi tía Dolorcitas, mi madre, mi primo Silverio y yo misma.

¿Quién puede ser más feliz que una niña de vacaciones en su pueblo, bañándose todo el día y disfrutando de la gente que la quiere?

El río Genil, a su paso por mi pueblo, está embalsado por el pantano de Iznájar y por eso ahora no es lugar de baño ya que el agua, que sale de las profundidades del embalse, está helada. Pero entonces, antes de su inauguración en 1969, todavía era un sitio de recreo que habitantes y visitantes del pueblo disfrutábamos con alegría.

Éste debió ser un día de excursión: tortilla, jamón, chorizos, bebida y horas por delante para huir del calor agosteño. Fuimos, seguramente, en los mulos que tenían mi abuelo y mi tío: Sevillano y Romera, negro y blanca, herramientas de trabajo y de solaz, animales que compartían con nosotros -nosotros, que nos hemos vuelto tan finos y no soportamos ni una mosca a nuestro alrededor- hasta el espacio de la casa.

Días eternos, felices. Días de alegría pura, sin condiciones. Los problemas adultos aún tardarían en llegar. Quedaban años por delante de insconciencia infantil. Ojalá que algún día todos los niños del mundo puedan atesorar en su memoria infancias sin fisuras.

(Imagen: fotografía familiar, verano 1968?)

Comentarios

  1. Tu imagen es la pura esencia de la felicidad. Todo éso queda guardado en subsconciente y aflora.
    ¿Cierto?
    Un beso.

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  2. ¡Que aflore, que aflore! ¡Que ya es hora!

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