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Entradas

La memoria, libre y poderosa

La memoria tiene una aséptica definición en el diccionario -facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado- y un complicado mecanismo que se escapa al entendimiento. Creemos que habrá cosas que nunca se borrarán de la memoria, cosas indelebles que acudirán a nuestro encuentro en el momento en que queramos recordarlas. Creemos que habrá cosas desterradas para siempre, que olvidaremos a nuestro antojo y voluntad. Creemos que evocamos los hechos, las personas, los olores, los sitios... con la perfección con la que una fotografía describe el paisaje, la luz y las sombras. Y, sin embargo, cuando confrontamos nuestros recuerdos con los de aquellos que los vivieron a nuestro lado descubrimos que con frecuencia no coinciden y, más a menudo de lo que quisiéramos, son contradictorios. Aparecen y desaparecen protagonistas y momentos. Las palabras se desvanecen o se cambian; vuelan y, al caer, ya son otras. Hay tantas cosas que he olvidado que me espanta estar perd...

La verdadera patria del hombre es la infancia

Rainer María Rilke, el gran poeta checo, tiene una frase rotunda que titula esta entrada: "La verdadera patria del hombre es la infancia." Pasamos demasiado rápido por nuestra infancia. Apenas empezamos a disfrutarla cuando ya estamos deseando dejarla atrás. Nos incomoda no crecer rápido. Nos miramos en los adultos y copiamos sus gestos y envidiamos lo que consideramos sus privilegios. Pronto la vida nos enseña, sin embargo, que hemos corrido demasiado. Y un día nos descubrimos añorando las largas tardes de verano, poniendo la música que sonaba en el transistor colocado, precariamente, en el alféizar de la cocina, tarareando "yo soy aquel negrito...", rebuscando en una caja olvidada para rescatar pequeños tesoros que se salvaron de nuestra furia organizadora, añorando los besos de nuestra madre que a veces -ay, si volvieran- se perdían en el aire... Y no hay vuelta atrás. Los niños que fuimos juegan airosos en la calle de los sueños mientras nosotros sopor...

Azzurro

Los fines de curso tienen siempre un sabor agridulce. Es cierto que en el fragor de la batalla diaria, cuando el invierno es más duro y más largo y el trabajo se amontona, soñamos con dar carpetazo a todo y refugiarnos en el dolce far niente, en el sopor veraniego... Dejar atrás las aulas, los alumnos, los pequeños y grandes problemas cotidianos... Tumbarnos al sol y dejarnos llevar por la ilusión de un eterno verano. Pero con cada año que dejamos atrás cerramos puertas que nunca volveremos a abrir. Hay gente que sale de nuestras vidas para siempre. Rutinas que abandonamos para no reencontrarlas jamás. Un año más y, lo que es peor, un año menos, se diluye en el pasado. Así que la melancolía me sacude cuando las puertas del curso están a punto de cerrarse tras de mí y entonces, añorada ya de lo aún no perdido, vuelvo la vista atrás y me veo, adolescente otra vez, lánguida e inquieta, apasionada y ansiosa, combativa y temerosa, joven, sobre todo joven, esperando del verano la vi...

Lo que una mosca molesta puede traer de bueno

Tumbada en la terraza al sol, ya implacable, de junio oigo zumbar una mosca veraniega atraída por mi piel. Nada hay más molesto en el indolente verano que esos pequeños insectos, insistentes y tenaces, que zumban a nuestro alrededor. Sin embargo, quizá porque, recién salida del melancólico invierno, me siento a gusto bajo el sol, esta mosca y su zumbido me traen los mejores recuerdos. Hasta mí llega todo lo que otros veranos llenó mi mundo. Los tomates, carnosos, salpicados con sal gorda por mi abuela. El chirrido del trillo en la era. Los campanillos de los mulos volviendo al mediodía hacia casa. El rezumado fresco del botijo. El tacto áspero y duro de las crines del Sevillano. El perfume del jazmín al atardecer. Los cacharritos de jugar en el patio de mi mamá Anica. Las piedras recién regadas de la calle. La cal de la peana reverberando al sol. La butaca balanceándose en el fresco de la noche. El silencio espeso de la siesta. El tañido de las campanas llamando a misa. E...

Ausencias

He pasado al mediodía por la plaza y me he encontrado la fuente engalanada. Los gigantes vigilaban el mágico suceso de cada Corpus Christi: el "ou com balla", prendido del surtidor, rodeado de flores. Un jueves espléndido -"tres jueves hay en el año...- de luz y sol. No había niños alrededor. Llegarán, seguramente, al salir de la escuela. Mirarán el fenómeno entre sorprendidos, curiosos y asustados. Harán preguntas, querrán saber... He captado la escena con una sonrisa en los labios pero, al bajar la cámara, el cielo ya no era tan brillante y la sombra de la pena ha oscurecido el día. Me han venido a la memoria días azules como hoy en los que los titos os llevaban de la mano a ver este baile mágico. Agarraditos a ellos, a su lado, mirándolo todo con ojos de niños... Tan felices. Llegabais a casa excitados, parlanchines, con los ojos brillantes... Atropellándoos para ser el primero en contarlo todo - hemos visto el huevo, y volaba, y no se caía, las flores era...

Entre desencantos y desazones

Lo acabo de terminar. Y me ha durado. Porque son 792 densas páginas. No lo he leído del tirón. Lo he alternado con algo de novela negra, unas biografías por aquí, su poquito de poesía... El libro no decepciona en ningún aspecto: desde la forma -Morán escribe como pocos- al contenido -retrata con brillantez a unos personajes y a una época caracterizada por la escalada social, política y económica del grueso de la "intelectualidad" ,como diria el castizo, oficial. Asistimos, fascinados, al viaje que hacen escitores, académicos, periodistas -lo mejor de cada casa- para situarse y acomodarse y subir, término afortunado, la cucaña. Sin embargo, al final no me ha resultado una lectura agradable. El libro vale la pena, como  ya he dicho, pero una sensación indefinible, que intentaré explicar, me ha acompañado en su lectura y me ha quedado hasta cerrar la última página. Demasiados malos en la historia, demasiados torpes, trepadores, vividores, mentes obtusas... Demasiado p...

Como la sombra que se va

El último libro de Muñoz Molina me ratifica en mi opinión sobre los anteriores: o sobran páginas o falta historia. 531 páginas que giran en torno a: - los días pasados en Lisboa por el asesino de Martin Luther King, con una historia de su vida anterior y posterior. - los días pasados en Lisboa por el autor cuando preparaba El invierno en Lisboa , allá por 1987 y estaba sumido en la contradicción y la desesperanza. - los días pasados en Lisboa por el autor en la actualidad cuando ultimaba esta obra. Nadie le puede discutir a Muñoz Molina su buen hacer literario y mucho menos reprocharle que sus libros no se fundamentan en un conocimiento ab-so-lu-to de la historia que se trae entre manos pero... Son peros que alguien que no escribe no debería poner pero que son absolutamente lícitos como peros de un lector, lectora en este caso. Demasiado detalle que al final da la sensación de pedantería. Un poco como si un investigador novato quisiera que todo lo que ha descubierto y toda la ...