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Crónica de la excepción. Día 17

Si tuviera que escribir esta crónica desde el estado de ánimo que me embarga la mayor parte del tiempo, quizá sería mejor dejarla donde está y ahorraros los vaivenes emocionales —normalmente entre el a ver cómo salimos de esta y de esta no salimos — entre los que voy dando bandazos. Anoche, por ejemplo, ver al presidente del gobierno envejecer por momentos —como en esos memes que no hace mucho nos hacían tanta gracia— y darnos una noticia mala detrás de otra regular, fue un punto en el cual sentí que esto no iba a ser tan duro como pensábamos, sino mucho peor. Y me dije a mí misma que mejor dejar de escribir. Pero las almohadas se hicieron para que consultemos con ellas y, tras una consulta sosegada, he decidido que todavía vale la pena pergeñar unas líneas cada día que unos amigos de buena voluntad leen con una atención no merecida.  Si los que están en primera línea de batalla, dejándose la piel, no se rinden, qué menos los que estamos aquí, relativamente a salvo,...

Crónica de la excepción. Día 16

—Cuando todo esto acabe, si este virus que asuela el mundo me respeta, voy a volver a Aquisgrán y al resto de ciudades que tan bien conocí. —¿Volver a Aquisgrán? ¿Cómo has de volver donde nunca estuviste? —Sí que estuve. Por supuesto que estuve. En Aquisgrán me paseé con Carlomagno, admirándola como él, y me detuve en sus calles, donde fue coronado por primera vez Carlos V como Rey de los Romanos. Volveré a San Petersburgo, con Pedro I El Grande, al que despidieron sin pesar sus súbditos. Sus plazas, pisadas por Pushkin, su ahijado, conservan sus versos en el aire. Versos de tierras lejanas: Del céfiro nocturno/éter fluye./Bulle,/huye/el Guadalquivir . Regresaré a Ispahán, donde espero no cruzarme con la muerte contra la que chocó, inexorablemente, el criado que de ella huía desde Bagdad. Gotemburgo me espera; me parece ver el éxodo interminable de los suecos que, durante un siglo, buscaron la vida al otro lado del Atlántico. En las calles de Nairobi quiz...

Crónica de la excepción. Día 15

Exceptuando a las personas que vivieron la guerra y la posguerra, nadie en este país se había visto enfrentado a una situación como la actual. Es más, no era este un escenario que hubiéramos descrito si hubiésemos sido preguntados por una situación temida que involucrara a toda la población, y que no fuera solo una tragedia personal. Qué sé yo, parecía que pensábamos en todo: una gran guerra, oleadas de ataques terroristas, una crisis climatológica, una hambruna provocada por catástrofes naturales...  Mucha imaginación —ahora creemos que poca— le echábamos al ser preguntados por nuestros miedos y por lo que nos inquietaba del futuro. Pero aquí estamos: sumidos en una pandemia que nos tiene recluidos en nuestras casas, atemorizados y doloridos ante las noticias de contagios y muertos; a estas alturas, sabedores de que estamos siendo protagonistas de la peor de las historias. Y en momentos así —siendo como somos, mayores de edad; creyéndonos como nos creemos, libres ...

Crónica de la excepción. Día 14

Tengan cuidado ahí fuera era la mítica frase que el sargento Esterhaus les decía a sus hombres antes de lanzarlos a las peligrosas calles de una indefinida ciudad norteamericana (rodada en Los Ángeles y Chicago, inspirada en Pittsburgh). Eran los míticos 80, y todo el mundo en España veía lo mismo cada noche, así que Canción triste de Hill Street se comentaba, se seguía y, por supuesto, puso en boca de todos la mítica frase. Mira tú por donde, más de treinta años después, nos vuelve a la memoria en estos días.  Ahí fuera , a menos que tengas la desgracia de que te acompañe el bicho a casa, hay que tener cuidado. Los que deben salir porque sin ellos llegaría el caos —sanitarios, transportistas, limpiadores, policías diversas, empleados de la alimentación, conductores del transporte público...— y todos los demás que, menos que más, también debemos hacerlo para conseguir lo imprescindible, sabemos que el enemigo está fuera; campa por calles y recintos, se mueve ágilme...

Crónica de la excepción. Día 13

Hoy me ha costado ponerme delante del ordenador a escribir esta crónica. Diréis que pronto me he venido abajo, que apenas estamos en el día 13 (y no es el oficial,  llevamos 11, porque yo cuento desde que el anuncio ya estaba hecho), pero las noticias no mueven más que a la desesperanza: 3434 muertos, 47610 contagiados (7000 casos más que ayer, 445 muertos más que ayer). Pero los seres humanos somos así: hoy nos agarramos al optimismo, a la fe del saldremos de esta , al humor, y mañana nos despeñamos por el más negro de los horizontes. Los tiras y aflojas de políticos y expertos no ayudan: que si hemos comprado, que si no tenemos; que si llegamos al pico, que si aún falta mucho para que disminuyan los contagios; que si la vacuna está cerca, que si ni se vislumbra; que si el verano traerá la remisión, que si esta pandemia se hará cíclica; que si tú, que si yo... Ya está oscureciendo.  Pronto saldrán de nuevo los vecinos a aplaudir, a poner música, a hacer s...

Crónica de la excepción. Día 12

En esta sociedad repipi y remilgada en la que vivíamos, había palabras perseguidas y proscritas. Una de ellas era la palabra «viejo». Se podía decir anciano, persona mayor, persona de edad avanzada, persona de la tercera edad —un hallazgo indefinible sacado de no se sabe dónde—, hasta abuelo, sin que los aludidos tuvieran esa categoría de parentesco. Pero viejo, no.  Porque viejo, que en nuestro idioma puede ser un sustantivo definitorio o un adjetivo descriptivo, había pasado a ser un insulto.  En esas vueltas y revueltas, en ese retorcimiento del lenguaje en aras de salvaguardar a todos y cada uno de nosotros sin etiquetas ni señalamientos, lo políticamente correcto —y los grupos de ofendidos, que aumentaban día a día— había sustituido realidades claras y contundentes, palabras inocentes, por eufemismos que pretendían defender el honor de aquellos a quienes nombraban. Así, los viejos dejaron de ser viejos y la sociedad se quedó tranquila porque les había d...

Crónica de la excepción. Día 11

De los creadores de Qué agobio, mañana es lunes y hay que ir a trabajar , llega Qué agobio, mañana es lunes y hay que ir al Mercadona . Porque, os lo creáis o no, las tardes dominicales me han dejado de agobiar por una cosa y han pasado a agobiarme por la otra. Para más inri , ayer me llegó por varios grupos un terrible audio donde se alertaba de un inminente estado de excepción y se alentaba a ir a comprar todo lo que pudiéramos y más porque las cosas se iban a poner muy feas. Evidentemente, no le di crédito. Hay gente que tiene mal beber y otra gente que tiene mal aburrirse y echa mano de este tipo de cosas, claramente denunciables y punibles. Pero, oye, una gota más que añadir a ese vaso rebosante de amargura que nos va llenando el confinamiento y, sobre todo, la situación sanitaria. A las nueve menos cuarto de la mañana, lista y embutida en los guantes, tapada con un pañuelo al mejor estilo Curro Jiménez y con el asa del carrito defendida con papel film, ec...