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Crónica de la excepción. Día 32

Después de dos días de ausencia —vértigo literal, no solo metafórico— me asomo de nuevo por aquí, aunque para contar poco.

Que abril está muy abrileño, si hablamos del clima.
No puede haber una mañana más mustia y más gris y más lluviosa que la de hoy, lunes de Pascua.

Desde la esquina de mi sofá, ese es el panorama. Y el único sonido, de vez en cuando, el de las ruedas de un coche sobre el mojado asfalto.

El sábado hizo un año que murió mi padre. Ya tendría 93 años. Se ha ahorrado ver, al fin de su vida, esta tragedia a la que asistimos en estado de estupor. 
¿Qué entendería él de esta guerra sin bombas cuando ya  había días en los que su lucidez se escapaba por los resquicios de la edad? Mejor no haber tenido que explicárselo, como nos lo tenemos que explicar a nosotros mismos, una y otra y otra vez.

Dejemos de darnos explicaciones y recuperemos estados de ánimo que nos ayuden, pequeños secretos que nos hagan sonreír, momentos que solo nosotros recordemos; saquemos del baúl, brevemente, a personas que pasaron por nuestras vidas para darnos un momento de luz o de paz.

Echemos mano de un recuerdo que a cada uno de nosotros nos daría ahora y aquí la serenidad que tiene quien solo vive en el presente, como quien me acompaña al otro lado del sofá.


Fotografías: lo que veo desde el sofá, 10:20 y la deseable actitud de Julieta, 12:09.

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