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Entradas

Crónica de la excepción. Día 71

Hoy, después de dos compras que me he saltado (gracias a que las han hecho por mí), he vuelto al Mercadona. He ido en coche para que el pobrecito se moviera un poco y para que la carga fuera más cómoda de acarrear. Lo primero que me ha llamado la atención es la normalidad absoluta que se ve en las calles —si exceptuamos que todo el mundo lleva mascarilla—. No me ha dado tiempo a echar fotos, pero en esta imagen que ilustra la entrada, desde la terraza, lo veis claramente.  Y la normalidad seguía dentro: los lineales a rebosar. Había de todo, incluyendo las tan deseadas mascarillas. Bueno, no de todo: guantes, no.  Es que la última moda —en estos vaivenes de consejos en los que nos movemos— es que nos volvemos muy irresponsables y kamikazes  (????) cuando los llevamos puestos y hay que quitarlos de en medio. Yo sí llevaba los míos y, encima, los de la fruta, porque dicen que hombre prevenido, vale por dos y porque estoy yo muy rebelde contra lo que no me c...

Crónica de la excepción. Día 70

Ayer, 20 de mayo, James Stewart hubiera cumplido años. Nuestra infancia y juventud lo tuvo siempre presente.  En una época en la cual solo había una televisión y los barrios estaban llenos de cines de reestreno y programa doble, no era difícil encontrarse con sus gestos dubitativos y su peculiar voz (cosas del doblaje) casi cada semana.  Sus películas se reponían —alguna, como Qué bello es vivir , era un clásico navideño— y nos era tan cercano como los compatriotas que llenaban las novelas de media tarde o los Estudio 1. Pero esta entrada va de una pequeñísima parte de lo acontecido en su vida y que tiene que ver con otro grande del cine norteamericano, Henry Fonda. Ambos eran amigos, en ese grado en el cual la amistad pasa a ser casi un lazo de sangre. Eso, a pesar de las grandes diferencias que había entre ambos. La mayor de todas, quizá, sus tendencias políticas. Fonda era de izquierdas y Stewart, muy conservador. Su vida discurría paralela hasta que,...

Crónica de la excepción. Día 69

Ayer vi unas cuántas calles de Barcelona, desde el coche, mientras salía a hacer una gestión ineludible. Está todo en su sitio. El cielo es ya rabiosamente azul y el aire de una tibieza maravillosa. No hay atascos en ninguna vía y se circula como en una pequeña ciudad hecha a medida de sus habitantes. El miedo no se ve, ni siquiera se intuye, a pesar de las mascarillas y de los guantes y de señales en el suelo que te instan a esperar a sus dos prudentes metros. Volví algo reconfortada por el aire de normalidad que se respiraba en la calle y, al mismo tiempo, sobrecogida pensando en cómo vamos a defendernos de un enemigo tan solapado y tan invisible que no ha dejado cicatrices que nos recuerden que debemos estar alerta y prevenidos. Que el optimismo no nos haga imprudentes y que el pesimismo no nos haga infelices. Fotografía: una calle de Barcelona, desde el coche. Ayer, a las 11:48.

Crónica de la excepción. Día 68

No hace falta esbozar una sonrisa para que una cara infantil sea linda. Ni que esa sonrisa tenga o no todos los dientecitos.  No hay que buscar el mejor ángulo, ni importa la luz, ni la destreza del fotógrafo, ni los ojos más o menos abiertos, ni si te peinaron en el último momento o con todos los excesos. Mira aquí, que te echo un retrato . Y ya está. Queda para siempre inmortalizada la belleza genuina de las vidas que empiezan, a las que todo les está prometido y cuyos caminos son infinitos. Con cada cumpleaños se avanza, sin preguntar a dónde, hasta que llega el primero que no esperamos con la misma ilusión que el anterior. No sabríamos decir cuál fue ni por qué. No es el paso de los años ni las tristezas y miserias que nos empieza a devolver el espejo.  Es esa pendiente por la que bajamos aceleradamente y a la que ni siquiera fuimos conscientes de habernos subido. Son los huecos alrededor y las sombras en los álbumes. Pero un cumpleaños, por una misma ...

Crónica de la excepción. Día 67

Voy a escribir, pero no tengo ganas. Porque seguimos parapetados en la excepcionalidad, por muchas fases y desescaladas que nos prometan, rodeados por un virus invisible, pero presente como nunca lo estuvo nada. Unos, los optimistas, lanzados a la calle, seguros tras las teorías conspirativas o las profecías de finales felices a punto de llegar. Otros, paralizados en una situación de difícil descripción: quiero la normalidad, pero la temo; quiero mi vida, pero sé que la he perdido; necesito la gente, pero en mi medicina puede estar mi perdición. Y aún así quiero escribir porque la escritura es un restañar de heridas, un paréntesis en el bucle mental, una bocanada de aire al llegar a la superficie... Y aún queriendo, y debiendo, escribir, la paralización de hoy es tal que recurro a algo ya escrito en otro blog de andadura y objetivos diferentes a este. Si a alguien le suena, me he autocopiado. Se llamaba la entrada «Los buenos tiempos». El problema de l...

Crónica de la excepción. Día 66

¿Alguien podría decirle a periodistas, políticos, tertulianos y habladores profesionales en general que modifiquen ligerísimamente su lenguaje para no repetir hasta la saciedad un  pleonasmo  innecesario que oímos continuamente? Cita previa .  Pues no, señores míos, las citas son citas y quien alguna vez haya tenido una —de cualquier índole: profesional, médica, amistosa o incluso amorosa— sabrá que la ha concertado previamente , es decir, que las partes interesadas se han puesto de acuerdo en cuándo y en dónde verse para hacer lo que tuvieran que hacer. Cuando nos citamos, hemos elegido día, hora y lugar y la otra parte es conocedora de todas esas circunstancias, con lo cual el encuentro se producirá a menos que uno de los dos fallé, que también es corriente, con excusa o sin ella. Los pleonasmos son innecesarios en nuestro lenguaje cotidiano, repiten algo que ya está implícito y recargan un lenguaje que, por su propia naturaleza, tiende a la economía....

Crónica de la excepción. Día 65

A pesar de que ayer anunciaron lluvias y tormentas, no ha podido amanecer el día más radiante y soleado. Julieta ha decidido que las tibias baldosas de la terraza trasera eran el sitio idóneo para solazarse y se ha dedicado un rato a dar vueltas sobre sí misma y a mirarnos, intentado provocar el juego. No nos veía muy por la labor, extrañada de que aquel regalo maravilloso no nos sedujera como lo hacía con ella: sol, espacio, unas peticiones de mimos, un ratito de ocio... qué sabe ella de preocupaciones o de futuros inciertos. O mejor aún: sabe mucho. Sabe que es el momento; el aquí y el ahora lo único que nos da las treguas necesarias para vivir con la serenidad que esta vida reclama. Tener un ser pequeñito que te pone los pies en el suelo, que te indica con sus gestos naturales y precisos dónde y por qué está lo que vale, no tiene precio. Y en estos días, que empezaron en el ya lejano mes de marzo, y que se alargan parece que indefinidamente, mucho más. Juli...