Ir al contenido principal

Crónica de la excepción. Día 71

Hoy, después de dos compras que me he saltado (gracias a que las han hecho por mí), he vuelto al Mercadona.

He ido en coche para que el pobrecito se moviera un poco y para que la carga fuera más cómoda de acarrear.

Lo primero que me ha llamado la atención es la normalidad absoluta que se ve en las calles —si exceptuamos que todo el mundo lleva mascarilla—. No me ha dado tiempo a echar fotos, pero en esta imagen que ilustra la entrada, desde la terraza, lo veis claramente. 

Y la normalidad seguía dentro: los lineales a rebosar. Había de todo, incluyendo las tan deseadas mascarillas. Bueno, no de todo: guantes, no. 
Es que la última moda —en estos vaivenes de consejos en los que nos movemos— es que nos volvemos muy irresponsables y kamikazes (????) cuando los llevamos puestos y hay que quitarlos de en medio. Yo sí llevaba los míos y, encima, los de la fruta, porque dicen que hombre prevenido, vale por dos y porque estoy yo muy rebelde contra lo que no me cabe en mi sentido común.

Así que ha sido la de hoy una aventura anodida e insulsa, poco digna de ser contada aquí, excepto por un detalle: mientras esperaba en la cola de una caja, uno de los trabajadores de la tienda se acercaba a darle recados al compañero que la ocupaba y cada vez, muerto de la risa, le decía al acabar: no acaparen productos, no acaparen productos.
Me ha llamado la atención porque seguramente los trabajadores de ese y cualquier otro supermercado, hipermercado o tienda de primera necesidad las han pasado canutas y se han visto desbordados por el pánico injustificado que llevó a que el acto de hacer la compra fuera la más temible de las batallas, en ocasiones, y según la hora en que ibas, la más temible de las derrotas.
Ahora les sale, con humor, pobrecitos, todo el insufrible estrés que debieron padecer en los primeros días del confinamiento cuando el peligro de avalancha se cernía sobre ellos cada vez que subían la persiana.
Bendito sea el humor que mantiene a la gente con la cabeza en su sitio y que esperemos que se extienda —con más facilidad que el virus— para aplacar otras hordas que están llenando las calles.

¿No echáis algo de menos? No he hablado de que ayer se dieron los datos de fallecimientos y contagios en toda España, excluyendo los de Cataluña. Se arguyeron problemas de validación, sea eso lo que sea y nos señale como nos señale.
Que cada cual saque sus conclusiones. Hoy no tengo ganas de jardines.

Fotografía: la calle, en toda su normalidad. 11:52.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...

" Dime, Niño, de quién eres   todo vestido de blanco.  Soy de la Virgen María  y del Espíritu Santo.  Resuenen con alegría  los cánticos de mi tierra  y viva el Niño de Dios  que ha nacido en Nochebuena.  La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va.  Y nosotros nos iremos,  y no volveremos más.  Dime Niño de quién eres y si te llamas Jesús.  Soy de amor en el pesebre  y sufrimiento en la Cruz.  Resuenen con alegría los cánticos de mi tierra  y viva el Niño de Dios  que ha nacido en Nochebuena". Poníamos boca abajo el cajón en el que nos había llegado la matanza del pueblo y lo arrimábamos a la pared. Colocábamos con chinchetas en la pared un papel azul oscuro con estrellas, una de ellas con cola brillante. Echábamos viruta marrón, viruta verde... Poníamos un río y un laguito con papel de plata. En un esquina, el pesebre con la mula, el buey, San José, la Virgen y el Niño. En ...

Mi tito. Biografía de lo cotidiano VII

Mi tito fue soltero toda su vida. No se le conocieron más amores que su familia y la tierra. Trabajó para su padre y nunca dejó la casa familiar. Era del Barça sin que sepamos por qué. Y del equipo del pueblo, al que acompañaba a todos los partidos, fuera local o visitante. Mi tito no fue más allá de Barcelona, pero tenía todo el horizonte de un mar de olivos en sus ojos. Pasó una grave enfermedad con dieciocho años. Se salvó por los cuidados de su madre y el tratamiento del doctor Zurita. Era discreto, tímido y pausado. Solo lo alteraron en vida quienes sabían cómo malmeter. Mi tito era feliz en la Camorra, con sus abuelos y sus tíos, a los que llamaba por su nombre de pila. Empezó a arar cuando apenas llegaba a las manceras. Cuidaba a su yunta y al campo como se cuida a quien te da la vida. Adoraba a su madre y para ella era el favorito. Fui su ilusión y, después, mis niños. Todo era poco para ellos. Me llevaba al río y a las albercas cuando el rigor del verano era más duro. Descansa...

Los hijos

Sus penas son las nuestras y sus alegrías, también. Desde el primer día en el que sabemos que están en camino hasta el último de nuestras vidas. Queremos que crezcan y que vuelen y queremos que sean siempre nuestros niños; queremos que se acuerden de nosotros y queremos que no miren atrás; queremos que tengan en su memoria los buenos momentos y queremos que olviden cuando no supimos estar a la altura. Queremos que crean que fuimos los mejores que les pudieron tocar, que perdonen nuestros errores y nuestras flaquezas. Queremos que el recuerdo de su infancia ilumine siempre el camino que tienen delante. No es el día de los hijos, ni de los padres, ni de la familia. Es un día cualquiera en el que poner por escrito que son la luz de nuestros ojos y el motivo de levantarnos cada mañana. Fotografía: mis niños.