Ayer entró el otoño y hoy he ido a la playa. Quizá sea la última vez en este año. Al menos con bikini, toalla y disposición para tomar el sol. Pero hoy he ido, eso sí, con un pellizco de melancolía. Cuando acaba el verano no decimos adiós solo al calor, a las tardes indolentes bajo el runrún del ventilador o al ocio al aire libre bajo las estrellas. No decimos adiós solo a los reencuentros postergados durante un año ni a los turisteos despreocupados, ni a la vuelta a los pueblos o a los sitios que están indisolublemente ligados al estío. Cuando acaba el verano decimos adiós a una alegría inexplicable que hunde sus raíces en la niñez, en el fin de las tareas y en el delicioso aburrimiento de los días largos e infantiles. Acaba el verano y con él se nos va una versión nuestra que el espejo del próximo verano ya no nos devolverá. Se lleva con él la sensación de que el tiempo es infinito y de que el placer puede ser algo tan sencillo como brincar al paso de una ola o sacar un fresquí...