Ayer entró el otoño y hoy he ido a la playa.
Quizá sea la última vez en este año. Al menos con bikini, toalla y disposición para tomar el sol. Pero hoy he ido, eso sí, con un pellizco de melancolía.
Cuando acaba el verano no decimos adiós solo al calor, a las tardes indolentes bajo el runrún del ventilador o al ocio al aire libre bajo las estrellas. No decimos adiós solo a los reencuentros postergados durante un año ni a los turisteos despreocupados, ni a la vuelta a los pueblos o a los sitios que están indisolublemente ligados al estío.
Cuando acaba el verano decimos adiós a una alegría inexplicable que hunde sus raíces en la niñez, en el fin de las tareas y en el delicioso aburrimiento de los días largos e infantiles. Acaba el verano y con él se nos va una versión nuestra que el espejo del próximo verano ya no nos devolverá. Se lleva con él la sensación de que el tiempo es infinito y de que el placer puede ser algo tan sencillo como brincar al paso de una ola o sacar un fresquísimo gazpacho de la nevera.
Acaba el verano y no sabemos cómo nos encontrará el próximo; si tendremos el ímpetu del último día del anterior o por el camino habremos perdido algo irrecuperable.
Se acaba el verano y, aunque ya vivimos sin horarios ni obligaciones, descubrimos que el verano era mucho más que las vacaciones, mucho más que los viajes, mucho más que tres meses de nuestra vida. El verano era el estallido de una vida cargadita de promesas y hoy su final es el anticipio de una despedida que acecha inexorablemente aunque la desafiemos con nuestra piel bronceada.
Imagen: hoy mismo, en la playa de Port Ginesta.

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