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El derecho a la tristeza

La tristeza es un sentimiento devaluado. Ni enfermo, ni cansado, ni agobiado, ni en duelo, ni con problemas... no hay una situación en la que se nos deje estar tristes. Ánimate, no pasa nada, hay cosas peores, ya verás cómo todo mejora, no llores, qué te pasa... Tantas son las palabras y tan pocos los silencios que acompañan, los abrazos que confortan y las miradas que acarician que optamos, demasiadas veces, por el disimulo. "Dientes, dientes" -decía la folklórica, aunque por otros motivos. "Más vale que te tengan envidia que no lástima" -decía mi abuela porque era orgullosa y tenía a gala "tapar" ante los demás. Así que se suele sonreír y contestar, invariablemente, "bien" cuando te preguntan qué tal estás. Pero hay que reivindicar la tristeza. El cerebro humano, que no el alma, tiene momentos de bajón, química pura que se desestabiliza y que ha de retomar a su equilibrio. Y la tristeza pide un tiempo y un espacio porque tenemos mo...

Lo que quiero

Quiero armonía y mucho silencio. Quiero querer y ser querida. Levantarme contenta por la mañana y acostarme tranquila por la noche. Quiero no tener que pedir disculpas ni que nadie necesite pedirme perdón. Soñar despierta y soñar dormida. Leer, acariciar, besar, sonreír. Quiero no depender de nadie. Ofrecer ayuda y recibirla. Hacer y devolver favores. Quiero sol y brisa ligera. Quiero tiempo libre e ideas con las cuales llenarlo. Que me respeten y no me levanten la voz. Que no deba de gritarle a nadie. Quiero sentirme orgullosa de los míos y que les enorgullezca lo que yo hago, lo que yo soy. Comer con hambre y no tener frío. Que me compre pocas cosas pero que me entusiasmen. Quiero reír varias veces al día y que llorar sea un acto de liberación. Quiero escribir y que me lean. Quiero hablar y que me escuchen. Quiero acoger y escuchar y dar apoyo. Quiero que me mimen. Quiero que no me hagan demasiadas preguntas y me acompañen en silencio. Pasión, ternura. Ganas de viv...

Cada día tiene su afán

En los días cercanos a la Navidad de 1998 vamos todos en el coche familiar camino del pueblo. Mi marido, conduciendo. En la parte de atrás mis dos hijos varones: uno con cinco años y el otro con 21 meses. Todos durmiendo menos el conductor, claro. Deben ser las tres o las cuatro de la madrugada. Ya hemos entrado en Andalucía. Circulamos por la A-92, a la altura de Bailén, quizá. Los detalles se me han borrado. La autovía está casi desierta. Noche cerrada. Despierto y me acurruco debajo de la manta. Hace un poco de frío porque la calefacción no está puesta para evitar la somnolencia de quien conduce. Pienso en que faltan unas horas para reencontrarnos con la familia. Están todos deseando vernos, sobre todo a los niños. Vuelvo la cabeza. Están plácidamente dormidos, cada uno en su sillita. Respiran acompasadamente, seguros, soñando quizá con todo lo que llevamos hablando desde hace semanas. Sus boquitas entreabiertas. Sus largas pestañas descansando en las mejillas. Sus manitas...

¡Oh, Libertad!, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Esta mujer, ya eternamente joven, que nos mira desde la historia es Madame Roland. Nada sabríamos de ella si no fuera por su decidida participación en la Revolución Francesa y su triste fin (el de ella y el de la Revolución). Alentó la causa revolucionaria hasta que, junto a su marido, cayeron en desgracia por criticar los excesos que se estaban cometiendo. EL 8 de noviembre de 1793 fue guillotinada y, antes de colocar su cabeza en el cepo, se inclinó ante la estatua de arcilla de la Libertad situada en la Plaza de la Revolución (actual Place de la Concorde) y pronunció -¡qué presencia de ánimo a punto de perder la cabeza!- esa ya famosa frase que encabeza esta entrada: "¡Oh, Libertad!, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!" Y tan cierta es esa afirmación como que allí se acabó su vida y empezó su leyenda. Y nos viene a la memoria casi dos siglos y cuarto después porque el nombre de la Libertad se sigue invocando en vano. Se hace, con demasiada frecuencia, por i...

Yo confío.

Porque es más fácil y más grato. Porque nos conforta. Yo confío porque creo todavía en la buena gente. Yo confío en que vendrán tiempos mejores. Porque nos hace dormir de un tirón. Porque nos provoca sonrisas y alivia dolores. Yo confío en que pueda aferrarme siempre a una mano querida. Yo confío en que me llegará un abrazo cuando más lo necesito. Yo confío en que habrá soluciones para el problema más terrible. Confío en quien me ama y en quien dice que me ama. Confío en los que me sonríen y en los que se escudan en el silencio. Yo confío por mí y por mi futuro. Confío porque me asusta el recelo, la distancia, la inseguridad. Confío en sanar las heridas, en difuminar las cicatrices, en llegar a la paz. Porque el corazón se apacigua en la confianza, el pulso se aquieta, la respiración se acompasa. Porque confiando me defiendo de los fantasmas, me libro de los temores, acallo las dudas. Confío contra viento y marea. Confío un martes cuando el lunes he caído. Confío par...

Concertinas

Esto es una concertina. Un acordeón de forma hexagonal u octogonal, de fuelle muy largo y teclados cantantes en ambas caras o cubiertas. Así la define el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Se inventó en el siglo XIX y es parecida a un bandoneón. Se pueden tocar con ella canciones de cuna. Se pueden tocar con ella fandanguillos. Se pueden seguir con ella ritmos alegres. Se pueden tocar con ella tangos. Hermanan. Crean artistas. No pueden ser esto. No deben ser esto. Imágenes: www.youtube, www.weel.com y  www.change.org

Todas las familias dichosas se parecen...

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Ese es el arranque -magistral- de Ana Karenina . Después de esa frase se puede contar cualquier historia -la de Tolstoi es la de una pasión amorosa con un triste final-. Cuando vivimos en la dicha, aunque no seamos conscientes de ello, somos más que nunca iguales a los demás. Nos igualamos a través de la sonrisa, del optimismo, de la serenidad, de la ilusión. Y, sin embargo, nos creemos diferentes precisamente en esos momentos en que más iguales somos a los otros.  La felicidad nos eleva por encima de los tejados de la mediocridad y dejamos de ver a la multitud entre la que nos encontramos. Solo las imágenes que podamos descubrir posteriormente  -esas fotos, esas grabaciones...- nos descubren tan comunes, tan corrientes... Y sin embargo, ¡la desdicha nos hace tan diferentes! Las tragedias personales -cotidianas a veces, de un alcance infinito en ocasiones- nos ...