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Entradas

Días de septiembre

Tienen los días de septiembre sabor a domingo por la tarde, a fiesta terminada, a verbena donde vuelan  -remojados por unas gotas intempestivas- los banderines y los farolillos que colgaban brillantes pocas horas antes. Un algo, indefinible, sin nombre ni descripción posible, se instala en el centro del pecho para anidar durante los meses venideros. Ni siquiera el placer de habernos sabido libres y felices, despojados del frío y de la ropa, de la palidez invernal y del hastío de la rutina, nos consuela de las tardes mortecinas que ya acechan. Nos dicen los bienintencionados que vendrá otro verano -radiante y eterno como siempre parece-. Pero ese verano ya no nos encontrará a nosotros. Seremos otros -más viejos, no por ello más sabios-; más tristes, con cada vez menos luz y más sombras. Ni el sol ni el agua podrán limpiar de años la piel ni de decepciones el corazón. Y así, más pronto que tarde, será septiembre todo el año. Imagen: fotografía familiar. La Juncosa del Mo...

Quien tiene un río tiene un tesoro

A despecho de lo que digan que dijo Heráclito, el río en el que entramos en nuestra infancia siempre será para nosotros el mismo río. En nuestra piel se quedó su caricia; sus aguas se prendaron de nuestro reflejo, lo atraparon para siempre y lo acunan en su lecho para que no dejemos de ser quienes fuimos. Si callamos un momento, si paramos la algarabía cotidiana que nos aturde y nos hace correr desaforados para conseguir quién sabe qué, oímos entre los álamos y los tarajes su llamada milenaria. Nos susurra palabras tiernas con la voz de los que nos quisieron; nos devuelve las risas que le dimos; nos promete, nos seduce, nos alienta... Yo tengo un río así. No hay rincón ni paisaje paradisíaco que pueda conmoverme tanto como él lo hace. El Torbiscal, la barca, las tres adelfas, el puente, las charcas... El Genil subiendo y bajando al ritmo que le marcaba la presa de Iznájar. "El río está echao, que sueltan el río..." Y mis oídos infantiles, al conjuro de esa fras...

Afortunados

Septiembre a la vuelta de la esquina. A pesar del calor, esa luz tiene el toque inconfundible del regreso. Ya en casa, la ropa a los cajones, las maletas en su sitio, el repaso del correo, la compra interminable... El verano es ya el pasado; el tren que arrancó mientras, distraída, remoloneaba en el andén. Las siestas sin reloj, las confidencias nocturnas, los bailes en la calle, el agua abrazándote para salvarte del bochorno, la pereza colocada en el altar que se merece, el tiempo perdido en encontrarnos... Todo lo vemos ahora en la distancia. Acabado lo que parecía inacabable vemos ya menos morena nuestra piel y un malestar indefinible se instala con nosotros en las vísperas de la rutina y los horarios, en el inicio verdadero de un nuevo año. Echamos mano de los gestos cotidianos que llenarán el invierno y encendemos el televisor mientras nos sentimos un poco más desgraciados y un poco más tristes. Y entonces los vemos: asfixiados en camiones de inocente apariencia, enga...

La memoria, libre y poderosa

La memoria tiene una aséptica definición en el diccionario -facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado- y un complicado mecanismo que se escapa al entendimiento. Creemos que habrá cosas que nunca se borrarán de la memoria, cosas indelebles que acudirán a nuestro encuentro en el momento en que queramos recordarlas. Creemos que habrá cosas desterradas para siempre, que olvidaremos a nuestro antojo y voluntad. Creemos que evocamos los hechos, las personas, los olores, los sitios... con la perfección con la que una fotografía describe el paisaje, la luz y las sombras. Y, sin embargo, cuando confrontamos nuestros recuerdos con los de aquellos que los vivieron a nuestro lado descubrimos que con frecuencia no coinciden y, más a menudo de lo que quisiéramos, son contradictorios. Aparecen y desaparecen protagonistas y momentos. Las palabras se desvanecen o se cambian; vuelan y, al caer, ya son otras. Hay tantas cosas que he olvidado que me espanta estar perd...

La verdadera patria del hombre es la infancia

Rainer María Rilke, el gran poeta checo, tiene una frase rotunda que titula esta entrada: "La verdadera patria del hombre es la infancia." Pasamos demasiado rápido por nuestra infancia. Apenas empezamos a disfrutarla cuando ya estamos deseando dejarla atrás. Nos incomoda no crecer rápido. Nos miramos en los adultos y copiamos sus gestos y envidiamos lo que consideramos sus privilegios. Pronto la vida nos enseña, sin embargo, que hemos corrido demasiado. Y un día nos descubrimos añorando las largas tardes de verano, poniendo la música que sonaba en el transistor colocado, precariamente, en el alféizar de la cocina, tarareando "yo soy aquel negrito...", rebuscando en una caja olvidada para rescatar pequeños tesoros que se salvaron de nuestra furia organizadora, añorando los besos de nuestra madre que a veces -ay, si volvieran- se perdían en el aire... Y no hay vuelta atrás. Los niños que fuimos juegan airosos en la calle de los sueños mientras nosotros sopor...

Azzurro

Los fines de curso tienen siempre un sabor agridulce. Es cierto que en el fragor de la batalla diaria, cuando el invierno es más duro y más largo y el trabajo se amontona, soñamos con dar carpetazo a todo y refugiarnos en el dolce far niente, en el sopor veraniego... Dejar atrás las aulas, los alumnos, los pequeños y grandes problemas cotidianos... Tumbarnos al sol y dejarnos llevar por la ilusión de un eterno verano. Pero con cada año que dejamos atrás cerramos puertas que nunca volveremos a abrir. Hay gente que sale de nuestras vidas para siempre. Rutinas que abandonamos para no reencontrarlas jamás. Un año más y, lo que es peor, un año menos, se diluye en el pasado. Así que la melancolía me sacude cuando las puertas del curso están a punto de cerrarse tras de mí y entonces, añorada ya de lo aún no perdido, vuelvo la vista atrás y me veo, adolescente otra vez, lánguida e inquieta, apasionada y ansiosa, combativa y temerosa, joven, sobre todo joven, esperando del verano la vi...

Lo que una mosca molesta puede traer de bueno

Tumbada en la terraza al sol, ya implacable, de junio oigo zumbar una mosca veraniega atraída por mi piel. Nada hay más molesto en el indolente verano que esos pequeños insectos, insistentes y tenaces, que zumban a nuestro alrededor. Sin embargo, quizá porque, recién salida del melancólico invierno, me siento a gusto bajo el sol, esta mosca y su zumbido me traen los mejores recuerdos. Hasta mí llega todo lo que otros veranos llenó mi mundo. Los tomates, carnosos, salpicados con sal gorda por mi abuela. El chirrido del trillo en la era. Los campanillos de los mulos volviendo al mediodía hacia casa. El rezumado fresco del botijo. El tacto áspero y duro de las crines del Sevillano. El perfume del jazmín al atardecer. Los cacharritos de jugar en el patio de mi mamá Anica. Las piedras recién regadas de la calle. La cal de la peana reverberando al sol. La butaca balanceándose en el fresco de la noche. El silencio espeso de la siesta. El tañido de las campanas llamando a misa. E...