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Entradas

Jueves de compadres que no volverán

Su manita gordezuela coge un papelito y, al abrirlo, todo son pucheros. Alarga de nuevo la mano y, otra vez la barbilla temblorosa, arranca a llorar desconsolado. A su alrededor los adultos y su hermano intentan averiguar qué puede haberle hecho pasar de la risa descontrolada a ese mar de llanto. La madre lo abraza y acerca la boca a su oído: '¿Qué pasa, Martín?'. Y entonces, una lágrima perfecta enredada aún en sus pestañas, contesta bajito: 'Yo quiero que me salga el tito de compadre'. Un pase mágico, de nuevo un revuelo de papeles y Martín enseña, con su inocente sonrisa, el papelito donde unas letras infantiles forman la palabra 'tito'. Y así, tito y sobrino, sustituyendo la sangre por el cariño desbocado, se convierten en compadres en un jueves de febrero. Compadres para siempre. Allí donde él esté. Imagen: fotografía familiar. 1999

Vivir sin sentirse vivos

Por circunstancias leves llevo unos días en casa y, como parte del entretenimiento del retiro obligado, he hecho un intensivo de internet con Facebook como estrella. Muchas enseñanzas he sacado de ello que debo ahora asimilar, procesar y, en ocasiones, aplicarme porque zambullirse en las vidas ajenas -aunque sea solo lo que las vidas ajenas quieren mostrar- siempre te devuelve a la superficie sabiendo mucho y dudando más. De entre todas ellas quiero referirme ahora a una que, no por sabida, me ha dejado menos acongojada. Y es la terrible constatación de que, para gran parte de la humanidad, su vida se hunde el lunes, resurge el viernes y zozobra los domingos. Facebook está lleno de memes -supuestamente divertidos- que nos muestran la desesperación lunera (¡me acabo de inventar un palabro!), la euforia del viernes y la angustia dominical. Y son esos memes como las mal llamadas comedias en las que te pasas dos horas riéndote en el cine y cuando empiezan a salir los títulos de cr...

Los gramos de verdad necesarios para ser feliz

¿Cuántos gramos de verdad necesitamos en la receta de la vida para ser felices? Queremos saber la verdad pero, probablemente, solo aquella verdad que nos conviene. Porque hay mentiras que nos sostienen sin saberlo y mentiras que nos sostienen sabiendo que lo son. Y hay verdades ante las que cerramos los ojos porque la balanza de la felicidad se nos desequilibraría irremediablemente. Tememos a aquellos que nos dicen 'voy a serte sincero'. Suelen arañarnos el corazón creyendo hacernos un favor. Y tememos a los que callan lo que deberían decir y tememos decirles 'dime la verdad' por si se atrevieran a hacernos caso. Transitamos en precario equilibrio sobre el filo de la navaja y queremos verdades y queremos mentiras. La dosis justa para no sufrir. La dosis necesaria. La dosis cotidiana. Miénteme lo justo pero que yo no lo sepa. Imagen: www.coaching12.com

G

Cuando una buena amiga te recomienda una novela, te hueles el peligro. Si además esa novela está escrita por alguien a quien le une una gran amistad la situación ya es crítica. Así que cogí El gran retorno con prevención, pensando de qué elegante manera podría decirle que había sido una agradable lectura sin faltar excesivamente a la verdad. Aquí debo hacer un inciso porque lo que he dicho no se entiende si no explico que soy una lectora exigente, cada vez más, y suelo salir defraudada tan a menudo que cada vez recurro más a la relectura -acierto seguro. Y hete aquí que, para mi sorpresa, sí que me encontré con una agradable lectura. Una novela que combina con buen pulso el suspense, la historia, la magia... y unos personajes dignos de ser reencontrados. Y ante mi genuino y sincero entusiasmo -no dudo que hubiera notado (¡ay!) mis educadas formalidades, conociéndola- mi querida amiga tuvo la feliz idea de regalarme, con dedicatoria incluida,  G , la última novela del aut...

Con palabras prestadas

" Para que yo me llame Ángel González, para que mi ser pese sobre el suelo, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo: hombres de todo el mar y toda tierra, fértiles vientres de mujer, y cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo. Solsticios y equinoccios alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de mi carne trepando por los siglos y los huesos. De su pasaje lento y doloroso de su huida hasta el fin, sobreviviendo naufragios, aferrándose al último suspiro de los muertos, yo no soy más que el resultado, el fruto, lo que queda, podrido, entre los restos; esto que veis aquí, tan sólo esto: un escombro tenaz, que se resiste a su ruina, que lucha contra el viento, que avanza por caminos que no llevan a ningún sitio. El éxito de todos los fracasos. La enloquecida fuerza del desaliento..." He tomado palabras prestadas porque nadie mejor que  Ángel González  supo decir lo que yo quiero decir desde...

Queridos Reyes Magos...

Queridos Reyes Magos: Este año he sido muy mala. He pensando más en mí; incluso antes que en otros. He elegido en qué invertir mi ocio y, a veces, lo he antepuesto a mis obligaciones. Me he dado caprichos porque sí, porque yo lo valgo. He salido con mis amigos y he hecho planes para salir más. He aceptado todo lo que la vida ha traído hasta mí y he disfrutado de ello. He dejado que mi cabecita loca desconecte el centrifugado y conecte la pasión. He guardado distancia con lo tóxico sin sentirme mal por ello. He empezado a aprender a diferenciar culpabilidad de responsabilidad y a marcar límites. Me he consentido el amor sin miedos y el placer sin castigos. He soltado amarras, lastre, peso... He sido tan mala que ya no espero que me traigáis nada. Ya lo he cogido yo. Vuestra siempre. Besos. Imagen: Fotografía familiar. Yo, con el rey Gaspar. Barcelona. Años 60.

Reconciliada con el amanecer

¿Cuántos amaneceres has visto en tu vida? Hay quien contestará que miles y hay quien dirá que puede recordarlos casi todos. Yo era de atardeceres. Cuando el día acababa sentía que la noche me daba oportunidades que el día me negó. El momento de la reflexión, del descanso, de parar la vorágine cotidiana y escuchar al corazón... Cuando fumaba, un cigarro; cuando era joven, una llamada de teléfono largamente esperada; cuando era estudiante, el momento de la recapitulación y el repaso; cuando estaba triste, el momento de llorar; cuando era feliz, el momento de la música...  Los amaneceres solo eran felices cuando te habían sorprendido en la fiesta, en la amistad o en el amor. Despertarse con las claras del día era un castigo y una prueba de difícil superación. Luego llegaron los amaneceres con un bebé en brazos, cálidos pesos enganchados a nuestro pecho que le daba la vida. Una manita leve posada en nuestra piel. A través del cristal todo se teñía de la luz de la actividad. ...