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Pueblos

Hace muchos años, en los tiempos de Coros y Danzas y las adhesiones inquebrantables, le dieron a mi pueblo un premio por la belleza y limpieza de sus calles. La noticia salió en algún periódico de la provincia y mis abuelos, conscientes de cuánto extrañábamos lo nuestro en la distancia, nos la mandaron a Hospitalet. El recorte revoloteó, amarilleando como era de rigor, de cajón en cajón por mi casa hasta que, en una de aquellas mágicas piruetas que hacen las cosas que amamos, desapareció sin saber cómo. Yo lo sacaba a menudo y pasaba mis dedos y mis ojos infantiles por imágenes de calles impolutas, de casas encaladas, de tiestos con geranios reventones, de empedrados reluciendo al sol... Era un pueblo ideal, quizá tan de cartón piedra como los decorados de Bienvenido, mister Marshall , pero cuando el taxi entraba por los Barrancones en veranos luminosos, se transformaba en el pueblo real, lleno de vecinas hacendosas barriendo aceras, al que yo amaba regresar. Yo evoco a menudo...

Feria

Un verano no es verano si no hay feria. Farolillos de colores, banderines, coco en trocitos, perritos de ojos rojos, sombreros de vaquero, bolsos andinos... Una orquesta ruidosa que ataca entusiasta los compases de Mi Huelva tiene una ría . Parejas que cuentan los pasos y, por ello, revolotean envarados intentando no pisar a los niños. Mujeres que se han arreglado con esmero para bailar entre ellas lo que no bailaron en otras ya lejanas vidas. Adolescentes alborotados junto a los autos de choque. Flamencas diminutas rendidas a hombros de sus padres. Jóvenes que dejaron atrás el Zumosol. Choricitos, patatas, flamenquines, cervezas y cubatas, refresquitos helados, cacahuetes. Miras alrededor buscando caras conocidas y que te reconozcan. Caras que en otro tiempo ocuparon un gran espacio en tu vida. Vecinos, aquel primo al que le perdiste la pista, el paisano que vive en tu ciudad y al que no ves en todo el año, un amigo querido... A veces te acercas y a veces, no. Una impensa...

Manos

Nuestra cabeza gira y gira. Le damos vueltas a lo hecho y a lo dicho; a lo pasado y a lo venidero. Filosofía, ciencia, literatura... Todo un universo construido desde un órgano que nos hace lo que somos. Somos seres pensantes -aunque unos más que otros, todo hay que decirlo-. Y sin embargo, repasando el milagro que es el ser humano, yo me quedo con las manos. Las manos acarician, asen, arrastran, sostienen, crean, rezan, suplican, calman, curan. Manos de madre, de amantes, de amigos. Llevamos a nuestros hijos de la mano hasta que vuelan solos. Llevamos a los mayores que están transitando hacia una nueva y definitiva infancia. Apartamos un mechón de una frente querida. Quitamos un churrete. Alisamos una solapa -¡qué gesto más íntimo!-. Cogemos una cintura. Acompañamos una manita que empieza a ligar las letras de su nombre. Exploramos una piel amada. Cerramos ojos que nunca debieron perder la luz. Damos toques en una espalda amiga. Manos que cocinan, que escriben, manos que s...

Otro verano

A veces, cuando los chopos verdean de tal manera que el verano parece eterno, hay una nostalgia sobrevenida y fuera de lugar. Inexplicable, quizá, pero humana. Es la nostalgia de recordar que, al igual que ese río en el que nunca puede uno bañarse dos veces, hay veranos y sombras de chopo a las que jamás se puede volver. Una escalera que salva un desnivel entre caminos se convierte, por obra y gracia de una melancólica tarde, en la metáfora de la vida que recorremos siempre, siempre, hacia abajo. En la infancia saltamos de dos en dos los escalones y hacemos bandera y medalla de nuestras despellejadas rodillas. Un grito de nuestra madre nos contiene pero, al instante, volvemos a volar, sin miedo, hacia las alamedas. La juventud nos da más alas y nos hace inmortales -o eso creemos y como tales vivimos-. La madurez, que es una palabra de consuelo para lo que ya no tiene remedio, nos hace conscientes de todo y descubrimos cuál es el precio que hay que pagar por estar vivo. ...

Lágrimas y albóndigas de boquerones

" Y  desde que reconocí el gusto  del trocito  de magdalena mojada en la tila que  me daba mi tía (aunque todavía no supiera y debiera dejar para más tarde el descubrir por qué ese recuerdo me hacía feliz), en seguida  la vieja casa gris, donde estaba su habitación , vino como un decorado teatral a añadirse al pequeño pabellón que estaba sobre el  jardín..." Un sábado lluvioso. Una tormenta de junio que atruena desde la calle. Y me conecto al bendito Internet. Voy a ver mi pueblo en Canal Sur . Es uno de esos programas donde se tratan con amabilidad a las tierras y a las gentes. Se cantan coplillas, se muestran paisajes. No falta su poquito de cocina, su poquito de monumentos... Su poquito de humilde orgullo  -valga el oxímoron-. Cuento con emocionarme porque la distancia es mucha y el apego, el mismo que tenía de chica. Y aunque vuelvo y vuelvo cada año y aunque sigo en contacto y aunque disfruto continuamente -a través del agujerito de facebo...

Vísperas

Como soy persona de vísperas, estos siempre han sido para mí los mejores momentos del año. Esas primeras noches de un verano recién estrenado en las cuales, a pesar de estar trabajando, ya no importa el madrugar, ni el agobio de los últimos días, ni las tareas que se acumulan para cerrar un año académico y empezar otro. A estas horas de la casi madrugada, cuando otras veces doy vueltas, desasosegada, mientras el tic tac del despertador me pone nerviosa, hoy, sin embargo, me acodo en la terraza y respiro el aire tibio que tanto promete. Apenas pasa algún coche y el ruido, que durante el día es dueño y señor de la avenida, ha retrocedido dejando sonidos que ya son solo ecos de la actividad diurna. Pasa un joven paseando un perro y el ascua de su cigarrillo brilla en la acera en penumbra. Pasa un ciclista, tan desubicado a esta hora pero mucho más seguro. Un taxi, con la luz de libre, para en el semáforo. Reggaeton a todo trapo desde un coche lleno de jóvenes, quizá ya demasia...

Escribo para mi gato VIII. Mi último viaje

Son ya nueve los años en que recorro este camino de ida y vuelta. El aire ardiente de África me llama cuando el otoño se vuelve inclemente. Pero, con cada primavera, siento la voz de la tierra en la que abrí los ojos. Grita mi nombre y el de mis compañeras. Su reclamo es más fuerte que el cansancio y la pereza. Más fuerte que el acomodo y la rutina. Va más allá de mi propia vida: está enlazado en las vidas infinitas que me preceden y es herencia eterna que me sobrevive. Desde las alturas veo los campos y el mar. Veo a los hombres, con sus afanes. Veo los paisajes amables y los hostiles. Cruzo el Estrecho y la luz del Mediterráneo me golpea en el pecho. No entiendo de kilómetros pero el peso que llevo en las alas me dice que son muchos los que he dejado atrás. Ahora ya siento que estoy llegando al final. Tras esos campos repeinados en verde aparecen los tejados conocidos de mi pueblo. Hago un último alto en la sierra y escojo de un vistazo certero donde va a estar mi casa. Q...