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Arrepentimiento y olvido

Si, como intuye Onetti, en la vida solo hay arrepentimiento y olvido el tiempo que discurre entre nacer y morir lo dedicamos a intentar rehacer lo hecho, enmendar lo equivocado, restañar las heridas y olvidar los duelos. No hay margen para casi nada más y en cada alto del camino recontamos el debe y el haber. Balanceamos y descubrimos casi siempre que nada de lo propuesto se ha cumplido y nada de lo sembrado florece. Las luces se diluyen en las sombras y las risas son espejismos lejanos que ya no nos pertenecen. Según sea nuestro corazón así somos capaces de levantarnos nuevamente y afrontar el camino. Según sea nuestra fuerza así aceptamos que la vida es un sendero de una sola dirección. Según sea nuestra fragilidad nos sentimos lastrados o ligeros; dueños de lo que viene o esclavos de lo que vino; arrepentidos o sabios escarmentados. Así, tal como somos, o tal como nos sentimos, enarbolamos el olvido: como ungüento que sana o como refugio que acoge. Quizá, en este trayecto t...

Cuando yo digo cine...

Cuando yo digo cine no hablo de suaves y mullidas butacas. Digo filas de sillones azules con el metal enfriando mis muslos juveniles. Cuando yo digo cine no hablo de moquetas que amortiguan los pasos. Digo alfombras de pipas que crujen bajo mis sandalias. Cuando yo digo cine no digo pantallas gigantes, infinitas. Digo salamanquesas cruzándole la cara a Víctor Mature. Cuando yo digo cine no huelo ambientadores de cedros de Noruega. Digo jazmín, dama de noche, perfumes de verano... Si te hablo de cine no te hablo de silencio y sigilo. Te estoy hablando de risas, de murmullos continuos, de idas y venidas, de trajín y roneo. Cuando te digo cine no pienso en palomitas. Pienso en pipas y un botijo rezumando frescor. Cuando yo digo cine digo parpadeo de luces que anuncian el descanso -no sea que los chiquitos sean pillados en falso-, digo carteles en la plaza, prospectos en la mano, digo una ventanilla diminuta desde la que me alargan las entradas, digo noches estrelladas, ...

Días de septiembre

Tienen los días de septiembre sabor a domingo por la tarde, a fiesta terminada, a verbena donde vuelan  -remojados por unas gotas intempestivas- los banderines y los farolillos que colgaban brillantes pocas horas antes. Un algo, indefinible, sin nombre ni descripción posible, se instala en el centro del pecho para anidar durante los meses venideros. Ni siquiera el placer de habernos sabido libres y felices, despojados del frío y de la ropa, de la palidez invernal y del hastío de la rutina, nos consuela de las tardes mortecinas que ya acechan. Nos dicen los bienintencionados que vendrá otro verano -radiante y eterno como siempre parece-. Pero ese verano ya no nos encontrará a nosotros. Seremos otros -más viejos, no por ello más sabios-; más tristes, con cada vez menos luz y más sombras. Ni el sol ni el agua podrán limpiar de años la piel ni de decepciones el corazón. Y así, más pronto que tarde, será septiembre todo el año. Imagen: fotografía familiar. La Juncosa del Mo...

Quien tiene un río tiene un tesoro

A despecho de lo que digan que dijo Heráclito, el río en el que entramos en nuestra infancia siempre será para nosotros el mismo río. En nuestra piel se quedó su caricia; sus aguas se prendaron de nuestro reflejo, lo atraparon para siempre y lo acunan en su lecho para que no dejemos de ser quienes fuimos. Si callamos un momento, si paramos la algarabía cotidiana que nos aturde y nos hace correr desaforados para conseguir quién sabe qué, oímos entre los álamos y los tarajes su llamada milenaria. Nos susurra palabras tiernas con la voz de los que nos quisieron; nos devuelve las risas que le dimos; nos promete, nos seduce, nos alienta... Yo tengo un río así. No hay rincón ni paisaje paradisíaco que pueda conmoverme tanto como él lo hace. El Torbiscal, la barca, las tres adelfas, el puente, las charcas... El Genil subiendo y bajando al ritmo que le marcaba la presa de Iznájar. "El río está echao, que sueltan el río..." Y mis oídos infantiles, al conjuro de esa fras...

Afortunados

Septiembre a la vuelta de la esquina. A pesar del calor, esa luz tiene el toque inconfundible del regreso. Ya en casa, la ropa a los cajones, las maletas en su sitio, el repaso del correo, la compra interminable... El verano es ya el pasado; el tren que arrancó mientras, distraída, remoloneaba en el andén. Las siestas sin reloj, las confidencias nocturnas, los bailes en la calle, el agua abrazándote para salvarte del bochorno, la pereza colocada en el altar que se merece, el tiempo perdido en encontrarnos... Todo lo vemos ahora en la distancia. Acabado lo que parecía inacabable vemos ya menos morena nuestra piel y un malestar indefinible se instala con nosotros en las vísperas de la rutina y los horarios, en el inicio verdadero de un nuevo año. Echamos mano de los gestos cotidianos que llenarán el invierno y encendemos el televisor mientras nos sentimos un poco más desgraciados y un poco más tristes. Y entonces los vemos: asfixiados en camiones de inocente apariencia, enga...

La memoria, libre y poderosa

La memoria tiene una aséptica definición en el diccionario -facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado- y un complicado mecanismo que se escapa al entendimiento. Creemos que habrá cosas que nunca se borrarán de la memoria, cosas indelebles que acudirán a nuestro encuentro en el momento en que queramos recordarlas. Creemos que habrá cosas desterradas para siempre, que olvidaremos a nuestro antojo y voluntad. Creemos que evocamos los hechos, las personas, los olores, los sitios... con la perfección con la que una fotografía describe el paisaje, la luz y las sombras. Y, sin embargo, cuando confrontamos nuestros recuerdos con los de aquellos que los vivieron a nuestro lado descubrimos que con frecuencia no coinciden y, más a menudo de lo que quisiéramos, son contradictorios. Aparecen y desaparecen protagonistas y momentos. Las palabras se desvanecen o se cambian; vuelan y, al caer, ya son otras. Hay tantas cosas que he olvidado que me espanta estar perd...

La verdadera patria del hombre es la infancia

Rainer María Rilke, el gran poeta checo, tiene una frase rotunda que titula esta entrada: "La verdadera patria del hombre es la infancia." Pasamos demasiado rápido por nuestra infancia. Apenas empezamos a disfrutarla cuando ya estamos deseando dejarla atrás. Nos incomoda no crecer rápido. Nos miramos en los adultos y copiamos sus gestos y envidiamos lo que consideramos sus privilegios. Pronto la vida nos enseña, sin embargo, que hemos corrido demasiado. Y un día nos descubrimos añorando las largas tardes de verano, poniendo la música que sonaba en el transistor colocado, precariamente, en el alféizar de la cocina, tarareando "yo soy aquel negrito...", rebuscando en una caja olvidada para rescatar pequeños tesoros que se salvaron de nuestra furia organizadora, añorando los besos de nuestra madre que a veces -ay, si volvieran- se perdían en el aire... Y no hay vuelta atrás. Los niños que fuimos juegan airosos en la calle de los sueños mientras nosotros sopor...