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Entradas

Juliana y sus conejos

La mujer de lut o  que aparece en la f o t o  se llamaba Juliana (Uliana, tal c o m o  l o  pr o nunciaban en el puebl o ). En la puerta grande vivía ella y en la puerta pequeña... sus c o nej o s. Hay quien tiene casas c o n gateras para sus gat o s per o  nunca supe de nadie más que tuviera entrada independiente para c o nej o s. Al atardecer, cuand o  el cal o r de ag o st o  se hacía más ins o p o rtable, les abría la puerta y  mi entras ella l o s c o ntemplaba -c o m o  una madre c o ntempla  o rgull o sa a sus hijit o s- ell o s c o rrían, daban brinc o s, se perseguían... per o  sin alejarse demasiad o . Cuand o  Juliana c o nsideraba que el recre o  se había ter mi nad o  daba unas palmadas y, c o m o  l o s párvul o s, ell o s se apiñaban para entrar rápidamente. L o s niñ o s salíam o s p o r la tarde, de allí d o nde estuviéram os , para verl o s c o rretear libres per o  sabiend o  ...

El corazón pone barreras para sobrevivir.

A raíz de los terribles atentados del viernes en París las redes sociales han tenido mucho que decir, como siempre, y comentarios indignados por esto o por aquello se han cruzado entre conocidos y desconocidos. Uno de los más polémicos ha sido si eran éticos nuestro dolor y nuestra repulsa cuando continuamente se producen atentados en el mundo donde mueren inocentes que no han cometido más delito que encontrarse en el sitio equivocado en el momento inadecuado. Mueren en situaciones cotidianas: en mercados, colas, oficinas... Mueren mujeres, hombres y niños. Todos los días. Llenan un pequeño espacio en las noticias y apenas levantamos la vista de la cena para atender a los detalles. Incendiados comentarios e indignados internautas nos recuerdan que existen Siria y Líbano y Afganistán y que no solo los ciudadanos occidentales se quedan sin hijos, sin padres, sin amigos... Después de leerlos dejamos de sentirnos víctimas y pasamos casi, casi, al lado de los culpables por llorar un...

Nostalgia

Yo tenía sierritas en los dientes y unas trenzas espesas. Y tras la puerta de la cocina un calendario de paisajes nevados a los que nunca viajé. Y en el calendario, tachados con furia, los días que pasaban lentos en noviembre, que aleteaban en febrero y que se desbocaban en mayo. Y redondeado con estrellas infantiles, un día de junio. Un kilométrico. La estación de Francia. Alcázar de San Juan. Mi abuela peinándome al ritmo del sevillano. Los Ayala en Encinas Reales. La Garbeña y el puente y el río espejeando entre las curvas. La libertad absoluta. Las siestas en la era, en la alberca los Maquileos, en la barca... Mis primos. Las calles empedradas donde me dejaba las rodillas y el olor a ciudad. Las carreras paseo arriba, paseo abajo. El frescor de la iglesia. Mis amigos. Esta niña que no engorda y ya vienen sus padres. Duérmete la siesta. Qué sequilla está la niña. No cojas los gatos que los cangreas. Ay, que ya está revolviendo el arca. Toma una perrilla y ve a por magnesi...

Toda una vida

En los grandes momentos. En nuestras bodas, nerviosos y primerizos firmando como testigos; con nuestros pequeños hijos recién nacidos en los brazos, aprendiendo a trompicones a cuidar de otros; en los bautizos y las grandes celebraciones; en los cumpleaños, apagando las velas llenos de deseos... En los viajes largamente planeados. Esa excursión por carreteras imposibles de las Alpujarras; esos hoteles patéticos de Colliure; París pateado y saboreado; Roma eterna añorando al único bebé que había entonces en nuestras vidas; Caldea y sus pomelos relajantes; Zaragoza, el Monasterio de Piedra, a golpe de Renault; Navarra; la Costa Brava echando mentirijillas... En los pequeños placeres de la vida. Una cena entre amigos gritando como locos con el Pictionary; el Banjo Poker y sus habitantes sospechosos; los bailes alrededor de la mesa; los planes para hacer los bocadillos; Cala Morisca; montando nivel experto los muebles de Ikea; acodados en la barra de la cocina de la casita de la play...

Arrepentimiento y olvido

Si, como intuye Onetti, en la vida solo hay arrepentimiento y olvido el tiempo que discurre entre nacer y morir lo dedicamos a intentar rehacer lo hecho, enmendar lo equivocado, restañar las heridas y olvidar los duelos. No hay margen para casi nada más y en cada alto del camino recontamos el debe y el haber. Balanceamos y descubrimos casi siempre que nada de lo propuesto se ha cumplido y nada de lo sembrado florece. Las luces se diluyen en las sombras y las risas son espejismos lejanos que ya no nos pertenecen. Según sea nuestro corazón así somos capaces de levantarnos nuevamente y afrontar el camino. Según sea nuestra fuerza así aceptamos que la vida es un sendero de una sola dirección. Según sea nuestra fragilidad nos sentimos lastrados o ligeros; dueños de lo que viene o esclavos de lo que vino; arrepentidos o sabios escarmentados. Así, tal como somos, o tal como nos sentimos, enarbolamos el olvido: como ungüento que sana o como refugio que acoge. Quizá, en este trayecto t...

Cuando yo digo cine...

Cuando yo digo cine no hablo de suaves y mullidas butacas. Digo filas de sillones azules con el metal enfriando mis muslos juveniles. Cuando yo digo cine no hablo de moquetas que amortiguan los pasos. Digo alfombras de pipas que crujen bajo mis sandalias. Cuando yo digo cine no digo pantallas gigantes, infinitas. Digo salamanquesas cruzándole la cara a Víctor Mature. Cuando yo digo cine no huelo ambientadores de cedros de Noruega. Digo jazmín, dama de noche, perfumes de verano... Si te hablo de cine no te hablo de silencio y sigilo. Te estoy hablando de risas, de murmullos continuos, de idas y venidas, de trajín y roneo. Cuando te digo cine no pienso en palomitas. Pienso en pipas y un botijo rezumando frescor. Cuando yo digo cine digo parpadeo de luces que anuncian el descanso -no sea que los chiquitos sean pillados en falso-, digo carteles en la plaza, prospectos en la mano, digo una ventanilla diminuta desde la que me alargan las entradas, digo noches estrelladas, ...

Días de septiembre

Tienen los días de septiembre sabor a domingo por la tarde, a fiesta terminada, a verbena donde vuelan  -remojados por unas gotas intempestivas- los banderines y los farolillos que colgaban brillantes pocas horas antes. Un algo, indefinible, sin nombre ni descripción posible, se instala en el centro del pecho para anidar durante los meses venideros. Ni siquiera el placer de habernos sabido libres y felices, despojados del frío y de la ropa, de la palidez invernal y del hastío de la rutina, nos consuela de las tardes mortecinas que ya acechan. Nos dicen los bienintencionados que vendrá otro verano -radiante y eterno como siempre parece-. Pero ese verano ya no nos encontrará a nosotros. Seremos otros -más viejos, no por ello más sabios-; más tristes, con cada vez menos luz y más sombras. Ni el sol ni el agua podrán limpiar de años la piel ni de decepciones el corazón. Y así, más pronto que tarde, será septiembre todo el año. Imagen: fotografía familiar. La Juncosa del Mo...