Hace solo unos pocos años, los tiempos de la emigración española nos parecían tan lejanos como los candiles de aceite. Un país próspero -pugnando por entrar en el G-20 y poniendo los pies encima de la mesa del amo del mundo- estaba muy lejos de sospechar que, más pronto que tarde, tendría que mandar de nuevo lo mejor de sus casas a ganarse la vida en Alemania, Bélgica, Inglaterra... donde hiciera falta. Pero, como dice la canción, la vida te da sorpresas, y hete aquí que llegaron las vacas flacas y aparecieron de nuevo las maletas, los trenes, los aeropuertos, las despedidas, las tristezas y las familias divididas. Sirva esta entrada para homenajear a los que tuvieron -tuvimos- que dejar nuestra tierra y los nuestros y a los que hoy en día deben volver a hacerlo. L legaba a casa algo después de las seis de la tarde . Ya de noche cerrada en invierno. La madre estaba en la cocina. Había dejado por un momento el trabajo -las bobinas de cobre para los televisores de la época- par...