Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de 2017

In memoriam

Me dicen que te has ido, Roger,
e imagino la Xopa,
saliendo queda en la negra madrugada.
Ni te importa la oscuridad profunda,
ni la mar inquieta,
ni la incierta singladura.
Marinero en la proa,
armado de ilusiones,
pertrechado de la luna bebida a borbotones;
en compañía de aquellos que pueblan tu memoria.
Sereno, firme,
aliviado de un cuerpo que no te respondía;
vencedor de batallas: al fin, por fin, al cabo.

Me dicen que te has ido, Roger,
e imagino el rugido del Mustang,
anunciando la huida.
Ni te importa la carretera solitaria,
ni el horizonte ancho,
ni la dudosa meta.
Piloto al mando,
seguro en el camino,
explorador gozoso de las rutas ignotas;
escuchando las voces que te hicieron quien eres.
Sereno, firme,
aliviado de un cuerpo que no te respondía;
vencedor de batallas: al fin, por fin, al cabo.

Me dicen que te has ido, Roger,
e imagino tu pluma
levantando su vuelo.
Ni te importa la soledad del escribiente,
la gloria que no llega
ni el ímprobo trabajo.
Creador de futuros,
soñado…

Samsung, el gigante soberbio (que no es lo mismo que el soberbio gigante)

Nunca he usado este blog como hoja de reclamaciones porque la grandeza de la escritura se aviene mal con las miserias de la vida cotidiana pero, mira, hoy no me puedo resistir.

Y no me puedo resistir porque tengo -qué menos- el derecho al pataleo y la ilusa creencia de que las redes sociales tienen, entre sus aspectos positivos, la capacidad de hacer visibles esas pequeñas injusticias que nos solemos callar y que nos amargan la vida, por la tomadura de pelo que suponen para los confiados usuarios.

Y aquí va el caso, para quien lo quiera leer.

Tiene a gala la compañía Samsung  -como todos los gigantes multinacionales- dos cosas: fabricar buenos productos y dar una impecable atención al cliente.

Pero, como un rotundo refrán castellano afirma, 'dime de qué presumes y te diré de lo que careces'.
Ni una cosa ni la otra han demostrado. Tan solo una cicatera manera de actuar que no casa con el poderío y el lugar que ocupa Samsung en la telefonía móvil.

La historia comienza con la co…

El niño de la Tomasa

El niño de la Tomasa nació en Córdoba, la llana; la Sultana, la que reluce al sur de Europa.

Con ese nombre y esa piel verde aceituna, estaba destinado a ser torero -fina cintura quebrando en el albero-, cantaor -quejío profundo en la madrugada- o, quizá, bailaor -gracia y templanza en cada paso-...

El niño de la Tomasa quizá tenía un futuro más anónimo: recoger aceitunas, tener una novia morena como su madre, pasear los puentes tendidos sobre el Guadalquivir hermoso, aspirar el aroma en el patio de los limoneros, llevar a sus hermanos de la mano entre casas encaladas, besar la frente de su abuela sentada al fresco de la noche estival...

Y, sin embargo, vocea desde más allá del Mediterráneo cantos de muerte; recoge de la historia nombres medievales, pueblos y territorios que duermen en los libros para amenazar, dedo en alto, con horrores infinitos.

Clama y reclama por una tierra que fue suya y que dejó atrás en nombre de los dioses que se alimentan de sangre. Tuvo en su mano la fortu…

El nombre que me nombra

Me contaba mi madre que me llamo María por haber nacido en mayo. Mi primer nombre, Ana, es el de mi abuela paterna.
Se llamaba Ana del Carmen pero, cuando yo la conocí, ya era Anica para todos.
Es tarde para saber cómo la llamaba su madre desde la puerta cuando correteaba por las calles de un pueblo empedrado, cómo la llamaban sus amigas, cómo la llamó su novio Nicolás por vez primera...

Yo soy Ana María en todos los documentos oficiales: papeles y papeles que nos clasifican, nos señalan, nos definen, nos certifican como vivos y caminantes por una vida cada vez más controlada.

Fui -y soy- Ana Mari para todos los que me conocieron en la infancia. Ana Mari con trenzas, Ana Mari vivaracha e inquieta, Ana Mari en la boca de los que tanto me quisieron. Cuando me llaman Ana Mari vuelvo a ese tiempo del que nunca nos recuperamos; si es desgraciado, por desgraciado; si es feliz, por feliz.

Cuando llegó la adolescencia y quise que el reloj corriera para entrar en ese soñado mundo de los adult…

Escribo para mi gato. XV. Sin final feliz

Ella llevaba todavía calcetines. No hubo manera de convencer a su madre. Se habían de llevar los calcetines hasta los quince y ella no los cumplía hasta mayo. Y llevaba aún sus faldas plisadas, las blusitas de batista o los jerséis hechos con tricotosa. Y, por supuesto, los dichosos calcetines. Desentonaba con las muchachas que ya vestían tejanos de campana y habían dejado atrás las trenzas. Él tenía los ojos más claros con los que ella se había cruzado. Y un pelo rebelde que se despeinaba cuidadosamente para que le cayera sobre los ojos. La esperaba cada tarde al acabar las clases, encendiendo un cigarro recostado en el umbral de la verja del instituto. Bajaban por las calles muy despacito, para hacer eterno el camino y alargar la conversación. Qué había hecho ese día, qué había aprendido en clase. Ella sonreía por dentro: era lo mismo que le preguntaba tantas veces su padre cuando estaban juntos sin mucho de qué hablar. A veces se sentaban en los escalones de aquel barrio todo cuestas.…

Si te vas a ir

Si te vas a ir por largo tiempo,
tendrías que avisarme.

Debo prepararme para el adiós;
hacerte algún encargo
por si en tu mano está cumplirlo
cuando llegues allí donde tú vas;
darte una nueva foto
para que cambies la que llevas en la cartera,
donde ya no me reconozco.

Debo contarte alguna anécdota
que quizá hayas olvidado
y tú deberías dejarme en depósito
todas aquellas que tienes de mí
y que se extraviaron en mi memoria.

Debo enseñarte lo que escribo;
que veas que pongo en un papel
las mañanas en la era,
las siestas en el zaguán,
las tardes en la alberca,
las noches en el cine de verano.

Debo decirte que te quiero
y que guardo tus prospectos de Pavón como se guarda lo que no tiene precio.
Debo decirte que te quiero
porque no te lo he dicho desde hace demasiado.

Si es que te vas a ir,
tendrías que avisarme.

Debo enseñarte por enésima vez a usar el móvil
y escucharte decir, por enésima vez, lo malo que estás.
Debo explicarte cómo están los niños
y debes darles tiempo para que, por fin…

Lo que el tiempo se llevó

No es el viento;
es el tiempo quien se lleva las cosas.

Las infancias felices,
las brazos que nos mecen,
la alegría infinita de una tarde de juegos.
Los besos espontáneos,
las risas sin motivo.

Disfrutar con los charcos,
hacer un nuevo amigo,
esperar los domingos las visitas sorpresa.
Cantar aunque no sepas,
bailar en las aceras.

Coleccionar postales,
descubrir un tesoro,
preferir barandillas a bajar escalones.
Dormir sin sobresaltos,
despertar sin angustia.

Los abuelos,
los cuentos,
el creerse inmortales.
El placer sin pecado,
los errores sin culpa.

No es el viento;
es el tiempo quien se lleva las cosas.

Imagen: fotografía familiar. Años 60.

Me llaman

Me llaman y me dicen si estoy bien. Si como.
Si duermo.
Si me he dado cuenta de que es mayo.
Si he vuelto a sonreír.
Si me asomo a la terraza y echo fotos al crepúsculo.
Si cuento los días que faltan para el verano.

Me llaman y preguntan cómo lo llevo.
Si paseo.
Si bromeo con mis amigos.
Si ya no lloro cada día.
Si me he comprado ropa nueva.

Y yo les digo...

Que me levanto y voy al trabajo.
Que doy clase.
Que saludo a los vecinos que suben conmigo en el ascensor.
Que veo la tele.

Hablo con la dependienta de la panadería.
Camino y taconeo por las aceras de mi ciudad.
Cojo el autobús muy tempranito.

Miro fotografías.
Leo dos libros a la vez.
Acaricio a Julieta.
Doy y recibo besos.
Meriendo y desayuno.
Como y ceno.

Escribo y borro y vuelvo a escribir.
Corrijo los trabajos que me presentan.
Abro el buzón.
Rebusco en el bolso las llaves que siempre se esconden.

Quito la mesa.
Tiendo la ropa.
Voy al dentista.
Me miro en el espejo.
Me pinto las pestañas y los labios.
Hago guardia en el pati…

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIV. El poeta

Bajaba el poeta cada mañana las escaleras con esa cadencia de quien lo tiene todo por hacer y ninguna prisa en ponerse en ello. Le faltaba la diligencia de la juventud y le sobraba la parsimonia de la vida asentada de provincias. A pesar de lo atildado de cada una de las partes de su persona, el conjunto tenía algo de desaliñado, de descuido. Un no sé qué que le hacía destacar en las tertulias del Casino entre aquellos caballeros de pañuelo en el bolsillo, fedora y sello en la mano. En la salita del mirador, donde ya estaba dispuesto el desayuno desde primeras horas del día, se hallaban sentados algunos huéspedes, madrugadores todos ellos, ansiando las tostadas, crujientes y rociadas de un aceite todo sol, y el café cargado y amargo que preparaba Sole, la cocinera de la fonda, que había llegado arrastrando dos maletas y el saber inacabable heredado de su abuela. Solía sentarse en la mesa más próxima a la cristalera, aquella por la que entraba el tímido sol de la mañana, provocando en el…

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…

Escribo para mi gato XI. En la vida y en la muerte

Se habían criado juntos, casa por casa. Habían recorrido las calles empedradas mientras las voces de sus madres los llamaban en los primeros atardeceres en los que se aventuraban juntos a explorar más allá de la plaza y la peana. Trompos, pelotas de trapo, pingané… solos o con otros, pero siempre juntos. Las cabezas inclinadas, las manitas churretosas pasándose los juguetes tan precarios como la misma vida que vivían. Ahora con mechones sobre la frente; ahora bien rapados si el petróleo no había logrado combatir los insidiosos piojos. Fueron juntos a una escuela diminuta; helada en invierno. Bajo el brazo, el pizarrín y algún pequeño obsequio para el maestro –que malvivía con el sueldo mezquino que no le daba más que para mantener su traje con lustre. En verano, quién sabía si la escuelita sería de aire más amable. Nunca fueron; las tareas de la siega y la trilla los alejaban de pupitres y lecciones cantadas al unísono. Habían sido de los primeros de su cuadrilla en correr tras las much…