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Mostrando entradas de 2017

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…

Escribo para mi gato XI. En la vida y en la muerte

Se habían criado juntos, casa por casa. Habían recorrido las calles empedradas mientras las voces de sus madres los llamaban en los primeros atardeceres en los que se aventuraban juntos a explorar más allá de la plaza y la peana. Trompos, pelotas de trapo, pingané… solos o con otros, pero siempre juntos. Las cabezas inclinadas, las manitas churretosas pasándose los juguetes tan precarios como la misma vida que vivían. Ahora con mechones sobre la frente; ahora bien rapados si el petróleo no había logrado combatir los insidiosos piojos. Fueron juntos a una escuela diminuta; helada en invierno. Bajo el brazo, el pizarrín y algún pequeño obsequio para el maestro –que malvivía con el sueldo mezquino que no le daba más que para mantener su traje con lustre. En verano, quién sabía si la escuelita sería de aire más amable. Nunca fueron; las tareas de la siega y la trilla los alejaban de pupitres y lecciones cantadas al unísono. Habían sido de los primeros de su cuadrilla en correr tras las much…