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Mostrando las entradas etiquetadas como libros

G

Cuando una buena amiga te recomienda una novela, te hueles el peligro. Si además esa novela está escrita por alguien a quien le une una gran amistad la situación ya es crítica. Así que cogí El gran retorno con prevención, pensando de qué elegante manera podría decirle que había sido una agradable lectura sin faltar excesivamente a la verdad. Aquí debo hacer un inciso porque lo que he dicho no se entiende si no explico que soy una lectora exigente, cada vez más, y suelo salir defraudada tan a menudo que cada vez recurro más a la relectura -acierto seguro. Y hete aquí que, para mi sorpresa, sí que me encontré con una agradable lectura. Una novela que combina con buen pulso el suspense, la historia, la magia... y unos personajes dignos de ser reencontrados. Y ante mi genuino y sincero entusiasmo -no dudo que hubiera notado (¡ay!) mis educadas formalidades, conociéndola- mi querida amiga tuvo la feliz idea de regalarme, con dedicatoria incluida,  G , la última novela del aut...

Entre desencantos y desazones

Lo acabo de terminar. Y me ha durado. Porque son 792 densas páginas. No lo he leído del tirón. Lo he alternado con algo de novela negra, unas biografías por aquí, su poquito de poesía... El libro no decepciona en ningún aspecto: desde la forma -Morán escribe como pocos- al contenido -retrata con brillantez a unos personajes y a una época caracterizada por la escalada social, política y económica del grueso de la "intelectualidad" ,como diria el castizo, oficial. Asistimos, fascinados, al viaje que hacen escitores, académicos, periodistas -lo mejor de cada casa- para situarse y acomodarse y subir, término afortunado, la cucaña. Sin embargo, al final no me ha resultado una lectura agradable. El libro vale la pena, como  ya he dicho, pero una sensación indefinible, que intentaré explicar, me ha acompañado en su lectura y me ha quedado hasta cerrar la última página. Demasiados malos en la historia, demasiados torpes, trepadores, vividores, mentes obtusas... Demasiado p...

Barcelona, Museo Secreto

Lleva la fecha del 10 de agosto de 2014. Entré, como hago muchas veces por gusto, en una librería y, hojeando algunos ejemplares de aquí y de allá, me llamó la atención. Las fotos, de Txema Salvans, son sorprendentes: desenfocadas, desencuadradas, extrañas... Las palabras de Vidal-Folch, atrayentes. Como era uno de esos libros que nadie te recomienda pero que te saltan a las manos, lo compré. Durmió el sueño de los justos en un cajón, viajó de una casa a otra... más de ocho meses. Qué pereza, pensaba al cogerlo. Artículos publicados en El País , probablemente de calidad muy irregular. Pero fue empezarlo y descubrir cómo en las calles de una Barcelona a la que no atiendo por cercana, Vidal-Folch sabe ver cosas que nadie ve, cosas olvidadas, paisajes inquietantes, vida dentro de la vida y gentes memorables. Recomendado para aventureros de salón, para viajeros comodones, para escépticos que todo lo creen haber visto, para amantes de lo curioso y, por encima de todo, para entu...

Stoner

Por recomendación de un amigo, leo este fin de semana Stoner , del norteamericano John Williams. En demérito mío he de decir que jamás había leído nada de él y ni tan siquiera lo conocía como escritor. Falleció en 1994, con poco más de 70 años, dejando inacabada su quinta novela. ¿Qué cuenta este libro? La vida cotidiana; la simple, sencilla vida de un profesor universitario al que le ocurren cosas sencillas y simples que forman el meollo de la existencia. Pasa la vida podría haberse titulado y no habría mentido. Y sin embargo estamos ante una obra maestra. Porque el lenguaje es preciso; la narración, magistral; el tono, justo... Todo se une para que leamos de un tirón una novela cuya única -y no poca- aventura es lo que nos consume de la vida a la tumba; lo que tenemos en común los seres humanos: amores, decepciones, ambiciones, renuncias, mezquindades, destellos de genio e ingenio, cobardías, grandezas, certezas, dudas... Sabemos el final desde el principio porque así el aut...

No todo es telebasura

La televisión tiene muuuuuy mala fama. Y la verdad es que, en ocasiones, muy merecida. Ponerla a la hora de la siesta o en el horario estrella de la noche nos depara, a menudo, sorpresas desagradables. Y, sin embargo, sigue siendo una de las actividades a las que se dedican más horas del día. El derrumbamiento físico -y a menudo psicológico- que nos ataca cuando acabamos con nuestras responsabilidades cotidianas -o cuando hacemos un alto en el camino- nos conduce a una actividad que requiere poco o ningún esfuerzo. A veces, después de haber saltado de programa en programa y haber visto fauna desquiciada, gritos, reporteros que anuncian como exclusivas las noticias más peregrinas, culebrones previsibles... nos indignamos con la tele y con quienes la programan. Aunque deberíamos indignarnos con nosotros mismos pero, claro, eso es más difícil porque a nosotros nos queremos bastante más que a los directivos televisivos. No obstante, hay que romper una lanza en favor de la televisi...

Un gran olvidado: Ibargüengoitia

Hace unos días fui de nuevo al mercado de San Antonio. El paseo entre los puestos de viejo era algo habitual en mi infancia y cuando mis hijos eran pequeños. Aquello que mis padres hicieron conmigo llegó el momento de repetirlo con ellos. Empezaban una colección de cromos -de fútbol, pokémon, animales...- e iban completándola hasta que, en los sobres, se repetían y se repetían sin que acabaran de salir los que debían llenar los últimos huecos. La solución era el mercado de San Antonio. Llegábamos llevándolos de la mano. Sus ojos brillantes y su sonrisa expectante lo decían todo. Doblada en un bolsillo, la lista de los cromos que faltaban y, apretaditos en la mano, el puñado de "repes". Una vuelta para tantear el terreno. Los más difíciles, caros. Nos acercábamos a las chaflanes exteriores donde otros niños como ellos pasaban sus ojos y sus manos rápidamente por los suyos y por los que otros niños les mostraban. "Tengui, tengui, falti, falti...". Entre los...