martes, 28 de febrero de 2017

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza.
El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto.
El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén tosiendo al lado de la lumbre, de que la madre tenga previsto o no pasar a pagarle al maestro… Y hoy no ha entrado. Con Manolo y el Negro han dado la vuelta desde el pilar de abajo y han echado a correr por la cuesta del Molino cuando nadie los veía.
Al llegar a los nopales de la primera huerta se han parado, jadeantes y muertos de risa, y han echado mano del tirachinas que llevaban metido en el calcetín. Van a pasar la mañana tirando piedras a los gorriones, haciendo barquitas con las hojas ya amarillas de la higuera y viendo cómo surcan el reguero.
Volverá cuando las campanadas den las doce y la madre no preguntará qué ha hecho hoy en la escuela, aunque se fijará en el polvo de los pantalones y en el pelo alborotado y en las alpargatas llenas de barro.
Hoy hay puchero y unos poquitos de boquerones –descabezados al sol en el patio- y, quizá, media naranja.
El padre no vendrá a comer. Se va al huerto y allí pasa el día desde que ya no es guarda de campo. Se ha llevado medio pan y queso en aceite. Traerá, quizá, unos huevos para empollarlos y darles de comer en la boca a los polluelos. Traerá unas hierbas para las aceitunas. Traerá unas granadas que los hermanos se disputarán entre chillidos. Traerá el cansancio en el cuerpo y el buen ánimo en el corazón.
Después de comer, la madre ha subido a la camarilla. Hay que echar un vistazo a las orzas, prepararlas para la matanza. La obsesión de la madre es tenerlo todo listo y preparado, solo a la espera de que el guarro ya esté cebado y el matarife pueda pasarse por la casa.
El caganiu no pierde de vista a la madre y la sigue escaleras arriba con la pelota de trapo bajo el brazo.
Se sienta en el poyete del troje y mete la pequeña mano en el cereal. Metiéndola y sacándola; jugando a hundir la pelota y encontrarla mientras la piel le pica. La madre le dice que se esté quieto, que le salen esos habones colorados y calientes y luego no la deja dormir por las noches pidiéndole bajito que venga a soplarle y ponerle saliva de la buena, de la que cura.
Observa las idas y venidas de la madre, enlutada desde que él la conoce, y cómo dispone las ollas de porcelana donde va a dejar el aceite colorado del año anterior. No sabe el caganiu lo que va a hacer con él pero sabe que, a veces, su madre hace magia y saca de un líquido pringoso, que le mancha la barbilla cuando come huevo, unos trozos grandes y blancos que se llevan las mujeres a las pilas y que vuelven la ropa del campo, y las sábanas, y su camisa de los domingos, y el mandilón de la escuela, de un color reluciente y de un olor a tarde de verano.
Ahora le toca el turno a la orza grande, la del chorizo. La madre levanta la tapa de madera e intenta volcarla sobre una de las ollas, pero es demasiado grande. Ella es tan frágil, tan transparente a los ojos del pequeño, que este salta con angustia del poyete para ayudar a sostenerla.
Pero ella cambia de idea y, apartándolo suavemente, empieza a sacar aceite con el cucharón.
Una vez, dos, tres… El caganiu contempla fascinado el chorro rojizo, salpicado de estrellas por la luz de octubre que entra por el ventanuco del techo, deshilándose mansamente sobre la olla de porcelana, cada vez más llena.
La madre detiene de pronto el movimiento y se asoma al borde de la orza. Remueve un poco más y sube el cucharón de nuevo. Pero esta vez no deja caer su contenido sino que lo acerca, sorprendida, hacia ella y comprueba –y a su lado el caganiu- que ha pescado un pequeño choricito, humilde y casi consumido, que había pasado los meses reposado y olvidado en el fondo del aceite.
Los ojos del caganiu resplandecen porque un chorizo antes de la matanza es un milagro inesperado. Recuerda haberse comido el último, compartido con el hermano que inmediatamente le antecede, allá por el mes de febrero cuando, antes de la Cuaresma, apuraban los últimos trozos de lomo en aceite y la madre hacía el último potaje con peso y sabor.
La madre pronuncia su nombre y le sonríe. Y hace un gesto de ofrecimiento con el cucharón y él nota que sus pies se le han despegado del suelo y asiente con la cabeza, despacito, sin pronunciar palabra, para no romper el encanto de aquel milagro obrado ante sus ojos.
Bajan juntos la escalera, el caganiu refregándose contra la pared encalada para no perder de vista el cucharón y el tesoro que encierra.
Ya en la cocinilla, la madre alcanza el pan y, sosteniéndolo contra el pecho, corta un trozo y, delicadamente, como en una liturgia en la que ejerciera de sacerdotisa y ante los ojos de su acólito, coloca encima el chorizo y se lo tiende, no sin antes encargarle que no diga nada a nadie; ni al padre, ni a sus hermanos –y lo dice con la congoja de no poder repartir tan poco entre tantos.
El caganiu sostiene el milagro entre los dedos y ya pierde de vista la cocinilla, la madre, el recuerdo de los juegos en el huerto, la pelota olvidada en el troje. Con el corazón brincando en el pecho corre hacia el patio y se acomoda en la escalera que sube al pajar. Cambia de idea cuando ve acercarse a los gatos –que lo ponen muy nervioso con esa mirada casi humana que siempre le dirigen- y se acerca a la cuadra. Allí no está hoy el borrico, que su hermano mayor ha llevado a la viña, y se recuesta sobre el rayito de sol que da en la puerta.
Y en ese momento oye el griterío de los chavales calle arriba, pasando por delante de la casa. Van, se imagina, a la peana, el sitio soleado y preferido cuando la tarde ya va a caer. Sabe, o se imagina, que llevan también una pelota –hecha con retales por alguna madre luminosa como la suya-, quizá un trompo, quizá los recortes de madera de la carpintería, con los que hacen castillos. Sabe, o se imagina, que llevarán la merienda en la mano: un hoyo con aceite y azúcar o un cuadradillo de chocolate o, en un intento incomprensible de engañar el hambre hasta la noche, un cartuchito de magnesia para ir chupando entre guiños de ojos y escalofríos de cuerpo.
Y, no sabe por qué y no se lo supo explicar después a la madre, sale corriendo con su milagro en la mano. Los ve ya sentados en la peana. Son seis: el niño de Paula, con la cabeza aún marcada por la tiña; José y Alfonso, con las cabezas juntas mirando no sabe qué; Mariano, el loco, y sus amigos del alma, Manolo y el Negro.
Ahora, cuando lo recuerda, se ve a sí mismo acercándose despacito y ve cómo, muy despacito también, van ellos volviendo la cara hacia él uno a uno. Ve sus ojos cuando descubren, aguantado con su dedo encima del pan –a gatillo montado, como le decía su abuelo-, el chorizo, aparición, descubrimiento incrédulo.
Ni el caganiu dice nada ni ellos tampoco. Recuesta la espalda en la peana y se va comiendo el chorizo a bocaditos. Los chavales lo miran con la unción con la que se representa a los santos en los cuadros de la iglesia.
Todos callan. Barbilla abajo le resbala una gota deslumbrante que condensa la magia del momento.
No sabrá luego explicarle a la madre por qué lo hizo. Ahora solo sabe el caganiu que se ha quitado el hambre del cuerpo y del espíritu. Solo sabe que ha tocado el cielo con las manos. Solo sabe que tener y que no tengan es la combinación del triunfo.

Y tampoco sabe que a la nieta catalana, que él no imagina en esta tarde de octubre, la abundancia la alejará de la moraleja de esta historia.

lunes, 23 de enero de 2017

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados.
Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra.
Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán.
A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia.
La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la despertó. Fue una imagen que se agrandaba y la oprimía y que no alcanzaba a distinguir.
Ya despierta, se vio una noche de verano sentada en el poyo de la puerta del cortijo, entre los jazmines y la piedra de molino, arrullada por la voz cazallosa de su abuelo que empezaba con un oye, niña, lo que te voy a contar. Veía apenas el reflejo de la luna en la alberca y el punto de luz del pitillo de su abuelo pero, sobre todo, la imagen del monstruo a lo lejos, entre los tarajes del río, asomado entre las sierras, mirándola impenitente, hurgando en sus días y sus noches, persiguiendo su sombra y sorbiendo su luz.
Mira, niña, lo que te voy a contar… y ahí el recuerdo se le volvió tan claro como lo había sido los catorce mil seiscientos cuarenta y dos días que habían pasado desde la última mirada que se echaron el monstruo y ella sin que ni uno solo de esos días acabara sin haberse extrañado mutuamente.
Mira, niña, lo que te voy a contar no es lo que cuentan en el pueblo cuando en los bares se arreglan las patrias y se destrozan las vidas. Los hombres del campo, que acodados en la barra matan el gusanillo y la perfidia del paso de los años, te hablarán –como dioses caídos en la tentación de la ciencia- de esa central eléctrica y de esa inmensa masa de agua. Te dirán que si esto y lo otro y lo de más allá. Que cuando ellos eran mozos la lluvia caía en torrenteras por las lindes y las calles; que las aguas de septiembre se llevaban los puestos de los turroneros y los sofocos del verano antes de que les diera tiempo de estrenar todos los vestidos a las mocitas; que en los arroyaderos se sumían las patas de las bestias; que había semanas enteras en las que se cobijaban en las tertulias de la taberna, la barbería y el zapatero porque el agua temporal no dejaba salir al campo; que las fuentes y los pozos manaban sin tregua; que los caños de los pilares no tenían nunca descanso.
Y te dirán, poniendo la voz que ponen los ignorantes instruidos, que, desde que construyeron el monstruo, el no sé qué de la producción de la electricidad y el no sé cuánto de los novecientos noventa y ocho millones de metros cúbicos de agua impide que las nubes –grávidas, oscuras- dejen su carga de vida sobre el pueblo y los campos.
Eso te dirán porque no saben lo que yo sé. Porque a ellos no les es dado conocer los secretos del monstruo. Porque no salen en las madrugadas a sentarse al relente y no interpretan sus silencios imponentes y sus miradas implacables.
De sus confesiones silenciosas he sacado la sabiduría que no se me reconoce, el conocimiento que no se me aplaude, lo que digo y lo que me callo.
El monstruo, construido por los hombres para parecerse al dios que sus padres les habían inculcado, creció entre los montes como si allí hubieran estado siempre esperándolo. Cuando sus dos brazos alcanzaron las orillas, el agua se fue remansando contra su muro como el deseo se remansa en el vientre de los amantes. Un padre contenido, un esposo dominante, un novio zalamero… todos los sustantivos, todos los adjetivos le cabían.
Su afán y su agonía eran dominar el mundo conocido, su mundo, el que abarcaba desde su estatura de coloso; desde sus siete ojos inmensos, abiertos al abismo; desde sus siete bocas, salpicadas de furia.
El día en que los hombres festejaron su nacimiento –un señor escuálido y tembloroso en torno al cual giraba todo- sintió que la fuerza que le había sido concedida le convertía en el monstruo sagrado de aquellas tierras. La lámina azul de agua que besaba su frente era su orgullo y la razón de su existencia.
Si el día le traía rumores de admiración, la noche le daba la confirmación de su poder. La luna bebía en sus entrañas, se perdía en el espejo negro y renacía, llena y pletórica, preñada de secretos.
Pero el monstruo –oye, niña, lo que te voy a decir- no conocía el poder de los hombres ni las mentiras que urden para conseguir aquello que quieren. Y así, llegó un día en que, con un ruido infernal, sintió que la vida se le desangraba en esa sangre límpida y helada que le vaciaba las entrañas. Abrieron, sin misericordia ni corazón, las bocas. A la vez, todas ellas, le quitaban la vida; el poder y la gloria; el dominio que él había creído absoluto.
No supo qué hacer. Su misma condición de monstruo le impedía el movimiento, la rebelión, la ira destructora. El grito desaforado, que los hombres confundían con el rigor del agua, no servía para contener el vaciado de su sangre fecunda.
De nada sirvieron el ruido, la furia, los lamentos que solo yo, en la distancia del cauce del río, pude interpretar en noches como esta.
De a poco se fue convirtiendo en la sombra de lo que había sido y tuvo que aguantar los reproches –velados o declarados- que los hombres le hacían en sus orillas: que ya no es lo que era, que pronto se quedará en arroyo, que ya se ven las caserías, que tanta obra faraónica para esto…
Y una noche –oye, niña, porque esta es la única verdad que debes creer- mientras las nubes de septiembre se acercaban, una iluminación le sacó de sus tristes lamentaciones. Nunca más dejaría que las nubes llenaran su vientre. Nunca más dejaría que los hombres –tan pequeños, tan soberbios, tan miserables- jugasen con el monstruo endiosado que ellos mismos se dedicaron a crear.
Así, cuando –preñadas, negras, intensas- se acercaban a dejar su carga de vida entre los olivos, él las aventaba prohibiéndoles su alivio.
Nunca me dijo en qué consistía ese poder, ni yo se lo pregunté. Él es un Dios y ellas, sus acólitas. Él prohíbe y ellas obedecen. Él niega y ellas acatan.
Se van más allá, niña, al otro pueblo, al otro lado de la sierra. Donde la lluvia cae en torrenteras por las lindes y las calles; donde las aguas de septiembre se llevan los puestos de los turroneros y los sofocos del verano antes de que les dé tiempo de estrenar todos los vestidos a las mocitas; donde en los arroyaderos se sumen las patas de las bestias; donde hay semanas enteras en las que se cobijan en las tertulias de la taberna, la barbería y el zapatero porque el agua temporal no deja salir al campo; donde las fuentes y los pozos manan sin tregua; donde los caños de los pilares no tienen nunca descanso.
Y esa, niña, es la verdad. Y el monstruo me mira en la distancia y su mirada dura se ablanda porque sabe que solo yo la sé y solo yo la he comprendido.
Y lo escribe del tirón, la luz del día ya haciendo canales sobre la colcha de la cama.
Y se promete a sí misma volver al monstruo y consolar su corazón de hormigón armado y de sueños rotos. Casi, casi, como el suyo.

domingo, 8 de enero de 2017

Escribo para mi gato XI. En la vida y en la muerte

Se habían criado juntos, casa por casa.
Habían recorrido las calles empedradas mientras las voces de sus madres los llamaban en los primeros atardeceres en los que se aventuraban juntos a explorar más allá de la plaza y la peana. Trompos, pelotas de trapo, pingané… solos o con otros, pero siempre juntos. Las cabezas inclinadas, las manitas churretosas pasándose los juguetes tan precarios como la misma vida que vivían. Ahora con mechones sobre la frente; ahora bien rapados si el petróleo no había logrado combatir los insidiosos piojos.
Fueron juntos a una escuela diminuta; helada en invierno. Bajo el brazo, el pizarrín y algún pequeño obsequio para el maestro –que malvivía con el sueldo mezquino que no le daba más que para mantener su traje con lustre. En verano, quién sabía si la escuelita sería de aire más amable. Nunca fueron; las tareas de la siega y la trilla los alejaban de pupitres y lecciones cantadas al unísono.
Habían sido de los primeros de su cuadrilla en correr tras las muchachas en los paseos de verano. Ese juego les enardecía: sus caras transfiguradas por la emoción, sus grititos -como de golondrinas nuevas-, al saberse miradas y perseguidas, les decían a las claras que aquel juego merecía la pena ser jugado.
En el cine fumaron los primeros cigarrillos. Una picadura ardiente que les dejaba la lengua tan áspera que el agua les amargaba. Tosían, muertos de risa en la penumbra, mientras les chistaban los que seguían con entusiasmo las cabalgadas del bueno en la pantalla.
También fueron de putas juntos, faltaría más. De qué otra manera un hombre se hacía un hombre en los días en que el honor mancillado se lavaba con sangre. Los llevó el hermano mayor de Prudencio.
Aparejó la yegua a la caída de la tarde. Y no le puso los cascabeles porque dijo que no era una ocasión festiva. Ellos no lo entendieron porque el calor que llevaban en las ingles les decía lo contrario. Fue un episodio olvidable del que jamás volvieron a hablar aunque el tema de las mujeres era el preferido en las tertulias de café –tan absolutamente masculinas en aquellos tiempos grises.
Llegaron a las últimas casas de la última calle de un pueblo oscuro y triste. En la penúltima pararon la yegua. El hermano de Prudencio habló unos minutos con una vieja en el quicio de la puerta y después entraron de uno en uno. Franquearon el patio y tras un cortinón de desteñidos bandoleros con trabuco, entre el cacareo de unas gallinas asustadas y el lejano llanto de un niño, estrenaron su hombría con una mujer de indefinible edad, cuerpo ajado y cara triste.
El hermano los invitó. Dijo que era la costumbre y volvieron al paso cansino de la yegua que parecía conocer los terrones del camino mejor que ellos.
Los tallaron el mismo día y los destinaron dieciocho meses al mismo sitio. Melilla fue el tránsito hacia la edad adulta. Las guardias en la oscuridad del monte Gurugú, temblando de frío y miedo a lo desconocido, los hermanaron de nuevo en un nacimiento tan abrupto como fue el primero.
Con la licencia volvieron al pueblo. Anselmo pensó en irse a América. Su tío Braulio escribía unas cartas entusiastas, pobladas de selvas y paraísos, de mujeres exuberantes y libertad infinita. Pero su madre se lo quitó de la cabeza. Recuerda, le dijo, que Braulio era el más parrandero y el más liante de la comarca. Recuerda que se fue porque no podía con las deudas ni con los afrentados. Recuerda que contó lo mismo de Madrid y Barcelona cuando volvió de allí con una mano detrás y otra delante.
Así que se quedó. Empezó a trabajar en el campo, como Prudencio. A jornal en la casería del molino: venga a acarrear aceitunas y trigo y uvas; venga a arar, a binar, a segar; venga a pasar fríos y calores.
En los ratitos muertos se iban al huerto del padre de Anselmo: tumbados bajo la higuera se contaban las historias que ambos se sabían de memoria porque las habían vivido juntos. Les ponían aderezos, quitaban de allí y ponían de allá. Se contradecían, se matizaban.
Y se contaban las historias que aún no habían vivido pero que estaban claras en su cabeza. Que pronto se enamorarían, que tendrían pronto con quién desfogar los apremios juveniles de sus cuerpos y los suspiros arrebatados de sus espíritus. Que tendrían hijos. Que serían guapos como sus madres y ardientes como ellos. Que saldrían de esa vida miserable porque todo iba a ir a mejor. Que se sentarían en el poyo de la iglesia cuando fueran viejos. Que Prudencio tosería encendiendo un Celta con otro y Anselmo preguntaría qué, creyendo que le hablaba. Y ahí se morían de la risa porque cada cosa que se decían siempre era del gusto del otro.
La familia apareció un día de junio. El aire era ya tan sofocante que las gallinas, medio enterradas en el polvo de la puerta recién regada, boqueaban incluso cuando el sol ya se estaba poniendo tras la loma.
Eran ocho: el padre, la madre, un abuelo que arrastraba una silla de enea y tenía el aire de haberlo visto todo, cuatro chicos morenos y afilados que no pasaban de los veinte y ella. Ella se llamaba Paulina y tenía los ojos más moros que se habían visto nunca en el pueblo. Era menuda y la cara desmentía al cuerpo. O al revés. Cara de niña chica y cuerpo rotundo, de mujer hecha.
Prudencio la vio primero. Venía con la yunta de reata, con el cabestro al cuello, y tarareando unas coplillas de siega que había heredado de su padre y de su abuelo. No tuvo más que poner sus ojos en ella para decidir que o ella o ninguna.
Anselmo no la conoció hasta la noche. Estaba en la huerta, pasando la tarde y regando los tomates, tellones y duros, que habrían de convertirse en gazpacho las próximas semanas. Cuando la vio en el poyete de la alberca, moviendo el agua con unos dedos largos y delicados como nunca los había visto, sintió en el pecho la misma sensación de quemazón que cuando hacía corriendo el camino al pueblo, cuesta arriba, sin aliento, sin pararse hasta los marmolillos de la entrada porque creía ,una superstición que le inquietaba, que algo malo le pasaría si se detenía antes.
Entró a la casa por la puerta del patio y corrió a la cocina con la boca seca y amarga dispuesto a contarle a su amigo del alma que los ángeles existían y les gustaban las albercas.
Pero cuando lo vio acodado en el antepecho de la ventana y se encontró sus ojos supo, con la fatal certeza de saber que algo se había roto para siempre, que él también se había enredado en su mirada.
Solo acertó a decirle si la había visto y él a responder que sí.
Y ahí empezaron los silencios y empezaron a esquivarse mañana y tarde. Cuando uno salía de mañaná, el otro decía que ya era hora de que se vaciase el mular. Cuando uno paraba el trillo para echar una humarea, el otro decía que se acercaba a la casa a llenar las botijas. Cuando uno se sentaba a la mesa, el otro retiraba el plato diciendo que se le había cortado el cuerpo y no tenía hambre.
A nadie en la casa le pasó desapercibido el aire que se había espesado entre ambos ni los acercamientos tímidos que hacían a Paulina cada uno por su lado.
Ella era consciente de su belleza porque se lo llevaban diciendo desde que nació. Y jugaba con ella a tirar de un hilo invisible que atraía a los hombres. Cuando sentía el hilo invisible del peligro, cuando olía demasiado cerca a un hombre desesperado, cuando creía entrever en los ojos masculinos más valentía que prudencia, corría hacia sus hermanos y se atrincheraba entre los gestos duros que estos tenían para cualquiera que Paulina hubiera puesto a raya.
Con Anselmo y Prudencio no fue diferente. Hoy hablaba con uno, mañana con otro; hoy reía con una risa cascabelera lo que uno decía y mañana le hacía mohines a los requiebros del otro; hoy llamaba desde la ventana a uno y mañana salpicaba con el regador el paso del otro que se detenía con el corazón desbocado.Pronto todo fueron Prudencio, Anselmo y Paulina. Miradas, conversaciones, silencios. Sentados al fresco, regando los geranios, mientras se aparejaban las yuntas, mientras se llenaban los cántaros… Uno y otro y otra. Y no había más. Una batalla por conseguir el aliento y la promesa de un futuro juntos.
Y el verano fue pasando y el calor menguando. La feria era en septiembre. Días de estrenar vestidos y empezar noviazgos. Días de que los forasteros se pasearan por el paseo y los del pueblo miraran, rebinando, sus avances a las mocitas.
Bailar se bailaba poco. Don Miguel, en sus sermones, tenía bien amonestada a la juventud: que el diablo se enredaba en los compases de los pasodobles; que el hombre es fuego, la mujer es estopa y viene el diablo y sopla; que una mujer decente no se acerca a un hombre hasta que no tienen echadas las bendiciones… Total, que el paseo se llenaba de parejas aburridas de dormir juntas, de niños moviendo los brazos con la energía necesaria para sacar agua del pozo y de mujeres que, de a dos, braceaban también con ilusión digna de mejor causa.Y en esto que Anselmo se despegó del mostrador que el bar del Quinto había sacado a la calle y cruzó la distancia que le separaba de Paulina y sus hermanos. Y la imagen se le volvió tan lenta a Prudencio como esas escenas tantas veces vistas en el cine de verano entre dos pistoleros pendencieros y bravucones que iban a partirse el alma en medio de la calle. Y se acercó y le dijo que si quería bailar y, ante el estupor de sus morenos hermanos, ella dijo que sí. Y la agarró por la cintura con la mano izquierda y puso la derecha en su mano. Y no podría haber dicho qué pieza atacó la orquesta ni si había alguien en el paseo empedrado o si se habían quedado solos sin más compañía que los músicos.
Cuando acabó el pasodoble, tenía la camisa empapada y a ella le brillaba un sudor de estrellas encima del labio. La devolvió a su banco y se encendió un cigarro mientras volvía con la parsimonia del vencedor hacia el mostrador del Quinto.
Con eso se dio por hecho que Anselmo le hablaba y cada noche de aquel otoño se acercó a su reja y, entre visajes de la madre y las mujeres de la casa, hablaban y hablaban sin llegar a ningún sitio.
La noche de los Santos llovía a mares. El camino a la casería, negro como boca de lobo, no invitaba a enamoramientos ni pláticas. Pero la querencia de Anselmo era tan grande que, echándose el capote embreado por la cabeza, aparejó la yegua y echó a andar. Solo por ver la reja y tocar quedito en el zaguán. Solo porque lo dejaran verla cinco minutos entre los bigotes del padre y los hermanos.
Cuando llegó, el farol de la puerta estaba encendido y unas sombras iban y venían más allá del diluvio.
Solo tuvo que dar unos pasos más con la yegua a su lado para reconocer la silueta familiar de Prudencio apoyada en el quicio. Y él solo tuvo que notar los ojos afiebrados en la nuca para saber que Anselmo lo había visto.
Dio media vuelta y solo recordó haber atado la yegua en la cuadra y echarse en la cama. El ruido de las panochas, removidas con el llanto incontenible que le rompía los pulmones, despertó a la madre y a toda la casa.
Por la mañana se levantó sin prisas, se puso el traje de los domingos, el de la feria, el de los entierros; el traje que había pensado llevar a su boda. En el bolsillo del pantalón metió la navaja que su padre le regaló a los doce años. Su madre, cuando entró en la cocina, se volvió a medias y se llevó las manos a la cara, levantándolas del lebrillo donde estaba amasando. Le dijo a dónde vas, Anselmo, sabiendo dónde iba. Pero nunca pensó en el peso que el hijo llevaba en el bolsillo.
Prudencio estaba en la taberna de Juan el Fino. Él también llevaba dos pesos: uno en el corazón y otro en el bolsillo.
Se dio la vuelta cuando la taberna se quedó en silencio. Rápido, pero tarde para evitar la puñalada que le entró por un costado. No notó más que un golpe y ante la carrera espantada de Anselmo, nada le dolía. Salió corriendo detrás de él. Dicen los que los vieron que corrían despacito, como cuando muchachos iban y volvían de la plaza a la peana sin querer ganar ninguno.
Anselmo entró en la casa de su madrina. Le faltaba el aire y se cayó en el tranquillo que separaba el cuerpo casa de la cocinilla. Allí lo alcanzó la navaja de Prudencio. Entró y salió dos veces y ninguno dijo ni una palabra.
En la casa de su madrina lo velaron. Con su traje de fiesta y el escapulario de la madre al cuello. Mientras lloraban las mujeres y los hombres se preparaban para echarse el féretro a los hombros, tocaron una agonía. Es un hombre; es Prudencio.
El camposanto es chico. Y ellos son dos amigos. Enterraditos juntos están. Una tumba al lado de la otra. Las dos madres enlutadas no se miran, pero lloran juntas.
Paulina rompe hombres y vidas tres provincias más allá.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sobran sillas


El publicista se despierta con una idea brillante en la cabeza.
Y aquella mañana la presenta a los jefes y estos, entusiasmados, al cliente.
El cliente se siente fascinado por el eslogan, por la puesta en escena.
Por fin desbancarán al vuelve a casa, vuelve. 
Pasarán a engrosar el grupo de las frases míticas: las muñecas de Famosa se dirigen al portal; el lobo, qué buen turrón; busco a Jacks; hola, soy Edu, feliz Navidad; el turrón más caro del mundo...

Lo planifican, lo ruedan, lo emiten. Sobremesas, tarde, noche.
Un hueco en cada casa, en cada cabeza.

Faltan sillas, faltan sillas. Abrazos, sonrisas, la felicidad plena.
¿Te llega el mensaje? Toca ser feliz y ese supermercado nos muestra cómo serlo. Sin resquicios, sin grietas. Ahora toca ser feliz. Faltan sillas.

El cliente se va contento a la cama: su marca ha dado en el clavo.
Los jefes se van contentos a la cama: su empresa ha dado en el clavo.
El publicista se va contento a la cama: su idea ha dado en el clavo.

Y a nosotros nos han dado en el corazón porque sabemos que la verdad es, siempre y amargamente, que sobran sillas.

Imagen: anuncio "Faltan sillas" de Lidl. Campaña navideña 2016.

viernes, 18 de noviembre de 2016

En Cantareros, ocho.

En Cantareros, ocho.
Una casa pequeña, encalada.
Una reja sobresalida, en el primer piso, por donde salió al mundo mi primer grito.
En el zaguán fresco del mes de mayo despide mi padre a la comadrona.
Hasta el año que viene, dice Lucía, acostumbrada a visitar a menudo a las familias.
Yo me quedo acomodada al lado de mi madre.
Aún no sé en qué parte del mundo me ha sido dado nacer.
Cómo se llama mi pueblo, los habitantes que tiene, de qué vive su gente.
Aún no sé que una sierra lo cobija y que están construyendo un monstruo que contiene las aguas.

Cuando salga a mi calle –corta, llanita, una rareza entre las cuestas empedradas que la rodean- veré un cielo azul y geranios acomodados en aros en las puertas.
Veré, quizá, la puerta de la ermita, y a las vecinas que dan la enhorabuena.
Se paran a mirarme y mi madre retira la toquilla.
Del migajón de la morcilla, dice una, porque soy morenita aceituna.
Y llora mi madre cuando llega a casa de la suya porque mi tiempo es aún el de las mujeres blancas que rehúyen el sol.

Me acomodan en un moisés de princesa porque hay que tener la esperanza
de que la vida te tratará como a tal y en mi casa la tienen.
El aire de la primavera ya es cálido cuando, en junio, me cristianan y me llaman Ana por mi abuela y María por nacer en mayo.
A la salida, mi padrino echa pelones desde las escaleras de la iglesia –que no se muera la niña por ser engurruñíos- y los niños se pelean por coger la perras gordas que ruedan paseo abajo.
En el primer verano, locos por alguien tan poquita cosa, me llevan y me traen a la zapatería de mi padre; mi tito me despierta cuando llega de mañaná solo porque mi sonrisa le llene el día.
En la casa, mi abuela me mece incansablemente y mi padre me trae de Antequera zapatos de charol.
De la máquina de coser salen vestidos diminutos, sacados de figurines que hojean las mujeres de la casa.

De Cantareros a San Antonio, idas y venidas por las calles de un pueblo todavía blanco.
Mujeres fregando sillas de enea en las puertas.
Mujeres con un pañuelo en la cabeza, escobino en mano.
Puestos de melones.
La feria.
Inviernos cerca del brasero y la mesa estufa.


Y tres años perfectos después, un tren interminable que, como el tren de las canciones desencantadas, siempre va hacia el norte.

Imagen: fotografía compartida en el grupo de Cuevas de San Marcos. Desconozco la autoría o la propiedad.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Los hombres del campo













Nacen los hombres del campo con los ojos en la cara.
Ni la teoría de la evolución ha podido explicar este terrible fallo de la naturaleza pues su mirada solo tiene camino hacia los cielos.
Acostumbran a su nuca los hombres del campo a torcerse hacia arriba -la gorra, el sombrero de palma, la mascota en difícil equilibrio vertical- pues la herencia, obstinada, insiste en negarles aquello que más necesitan.

Escrutan los hombres del campo las nubes. Conocen sus formas y el color que las tiñe:
les gustan grávidas, preñadas, con paso indolente y cansado;
les gustan demorándose entre las sierras, escogiendo perezosas las tierras agraciadas con su fértil lotería.

Los hombres del campo nacen sencillos y por eso, una nube oscura, arrastrándose, y el polvo salpicado del camino les alegran los días.

Son capaces los hombres del campo de oler el agua. El vientecillo que se mece entre los olivos es tema de tertulia y de casino: huele a chubasco, a llovizna, a chispeo, a aguacero, a agua temporal...

Los hombres del campo -reacios, a veces, a la iglesia- se acomodan entre las mujeres cuando sacan los santos y los acompañan calle arriba con la fe intacta de los que tanto dependen de los milagros.

Son los hombres del campo intemporales. Con arados romanos o avistando los campos desde tractores son su padre, su abuelo; los hombres que les precedieron y los hombres que les seguirán.

No se arrugan los hombres del campo: se convierten en surco, en besana, en linde, en era, en balate. Se transforman sus caras y sus manos y renacen, si mueren, en el rumor del aire.

Nacen los hombres del campo con los ojos en la cara. Y aún así, cuando los abren en las penumbras de la madrugada, saben ver si las nubes escogieron su pueblo.

Benditos por siempre los hombres del campo.

Imagen: nubes de lluvia sobre el pantano de Iznájar.

lunes, 17 de octubre de 2016

Patria

Hay temas en literatura que dan pereza. Mucha pereza. El conflicto vasco, por ejemplo.

Porque es un tema que hemos vivido pegado a nuestra piel. Nos desayunábamos con bombas lapa, tiros en la nuca, secuestros, impuestos revolucionarios, miradas y gestos mafiosos, contenedores y autobuses ardiendo, carteles de asesinos loados en los ayuntamientos, gente saliendo con cara de estupor de zulos infernales, guardias jóvenes que miraban al fotógrafo sin sospechar que miraban también a toda España...
Y ahora que ya nos hemos librado de tanto espanto da pereza encontrar ese tema como parte del placer de la lectura.

Pero luego está el boca-oreja. Que si es una novela muy buena. Que si Aramburu ha sabido mostrar la crueldad infinita de una convivencia forzada entre asesinos y víctimas. Que si el lenguaje es certero; ese difícil equilibrio entre la amenidad y la precisión.

Yo me resistía. Un amigo me dejó dos libros para tomar el pulso al autor: uno de cuentos -Los peces de la amargura- y una novela corta -Años lentos-. Con el conflicto vasco como tema central.
Los cuentos no me gustaron: los encontré demasiado planos y escritos como de manera acelerada. No sé explicarlo mejor. Como no me dedico a la crítica literaria no tengo que dar argumentos que justifiquen mi sueldo. Leo y me gusta lo que leo o no me gusta. En cambio, la novela fue otra cosa. Ahí Aramburu me enganchó: el ritmo, el lenguaje, lo que contaba y cómo lo contaba.

Y sucumbí. Cargué con sus 646 páginas y crucé los dedos para que mi inversión de 21,75 euros valiera la pena.

Ya lo he terminado. Duro. Sobrecogedor. Brillante. Genial. Y ya no digo más. Leedlo si os gusta la buena literatura.

Imagen: fotografía personal. El libro, recién comprado.