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Escribo para mi gato. Hoy, croquetas.

Esta tarde tengo clase. La única tarde de la semana. Es por esa maldita asignatura que arrastro desde el curso pasado: una mezcla de desesperanza y desidia hizo que la suspendiera y ahora no me queda más que seguir el plan de recuperación que me imponen en el bachillerato. Y, sin embargo, mientras me arreglo por las mañanas, voy silbando bajito mientras le sonrío al espejo.
Y la razón no es otra más que hoy tocan croquetas.
La abuela me espera sobre las tres de la tarde –la excusa perfecta es que la casa me queda lejos para ir y volver en esa escasa horilla que tengo- con una fragante fuente de croquetas recién hechas, cuyo olor ya me traspone mientras me peleo para meter la bici en el ascensor.
Ella ya ha comido. Sus horarios octogenarios le ponen las tres de la tarde más cerca de la merienda que del almuerzo. A mí me espera una mesa puesta con las croquetas en el altar mayor.
La beso con todo el cariño en los labios aunque el cuello ya se me alargue pasillo adelante, camino del com…
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El agua que somos

Cuando se necesita a alguien con ansia se dice que se le necesita como el agua. Y así es.
Nada nos es tan imprescindible -dejemos el aire que respiramos para otra ocasión- y de ella vivimos.
Somos agua.

De la sequía se ha hecho siempre un demonio feroz, una plaga bíblica, una ruina de hombres y haciendas.
Se la ha intentado conjurar de mil maneras y los regímenes totalitarios -deseosos de mantener al pueblo contento y calmado- hacían de esa batalla la piedra de toque de su economía.

Así, los embalses en la dictadura de Franco fueron pilar y sostén del crecimiento y del apaciguamiento. Sus obras eran motivo de orgullo y se mostraban como prueba de la consecución de la paz política y social.
Bajo sus cimientos se escondieron muchas historias -de sangre, de lágrimas, de abandono, de renuncia, de esfuerzo ímprobo- y se perfilaron muchos planes de sometimiento.

Y ahí están hoy. Despojados por fin de oscuras intenciones y orgullosos de ser el anhelo y el espejo donde se miran muchos pueblo…

In memoriam

Me dicen que te has ido, Roger,
e imagino la Xopa,
saliendo queda en la negra madrugada.
Ni te importa la oscuridad profunda,
ni la mar inquieta,
ni la incierta singladura.
Marinero en la proa,
armado de ilusiones,
pertrechado de la luna bebida a borbotones;
en compañía de aquellos que pueblan tu memoria.
Sereno, firme,
aliviado de un cuerpo que no te respondía;
vencedor de batallas: al fin, por fin, al cabo.

Me dicen que te has ido, Roger,
e imagino el rugido del Mustang,
anunciando la huida.
Ni te importa la carretera solitaria,
ni el horizonte ancho,
ni la dudosa meta.
Piloto al mando,
seguro en el camino,
explorador gozoso de las rutas ignotas;
escuchando las voces que te hicieron quien eres.
Sereno, firme,
aliviado de un cuerpo que no te respondía;
vencedor de batallas: al fin, por fin, al cabo.

Me dicen que te has ido, Roger,
e imagino tu pluma
levantando su vuelo.
Ni te importa la soledad del escribiente,
la gloria que no llega
ni el ímprobo trabajo.
Creador de futuros,
soñado…

Samsung, el gigante soberbio (que no es lo mismo que el soberbio gigante)

Nunca he usado este blog como hoja de reclamaciones porque la grandeza de la escritura se aviene mal con las miserias de la vida cotidiana pero, mira, hoy no me puedo resistir.

Y no me puedo resistir porque tengo -qué menos- el derecho al pataleo y la ilusa creencia de que las redes sociales tienen, entre sus aspectos positivos, la capacidad de hacer visibles esas pequeñas injusticias que nos solemos callar y que nos amargan la vida, por la tomadura de pelo que suponen para los confiados usuarios.

Y aquí va el caso, para quien lo quiera leer.

Tiene a gala la compañía Samsung  -como todos los gigantes multinacionales- dos cosas: fabricar buenos productos y dar una impecable atención al cliente.

Pero, como un rotundo refrán castellano afirma, 'dime de qué presumes y te diré de lo que careces'.
Ni una cosa ni la otra han demostrado. Tan solo una cicatera manera de actuar que no casa con el poderío y el lugar que ocupa Samsung en la telefonía móvil.

La historia comienza con la co…

El niño de la Tomasa

El niño de la Tomasa nació en Córdoba, la llana; la Sultana, la que reluce al sur de Europa.

Con ese nombre y esa piel verde aceituna, estaba destinado a ser torero -fina cintura quebrando en el albero-, cantaor -quejío profundo en la madrugada- o, quizá, bailaor -gracia y templanza en cada paso-...

El niño de la Tomasa quizá tenía un futuro más anónimo: recoger aceitunas, tener una novia morena como su madre, pasear los puentes tendidos sobre el Guadalquivir hermoso, aspirar el aroma en el patio de los limoneros, llevar a sus hermanos de la mano entre casas encaladas, besar la frente de su abuela sentada al fresco de la noche estival...

Y, sin embargo, vocea desde más allá del Mediterráneo cantos de muerte; recoge de la historia nombres medievales, pueblos y territorios que duermen en los libros para amenazar, dedo en alto, con horrores infinitos.

Clama y reclama por una tierra que fue suya y que dejó atrás en nombre de los dioses que se alimentan de sangre. Tuvo en su mano la fortu…

El nombre que me nombra

Me contaba mi madre que me llamo María por haber nacido en mayo. Mi primer nombre, Ana, es el de mi abuela paterna.
Se llamaba Ana del Carmen pero, cuando yo la conocí, ya era Anica para todos.
Es tarde para saber cómo la llamaba su madre desde la puerta cuando correteaba por las calles de un pueblo empedrado, cómo la llamaban sus amigas, cómo la llamó su novio Nicolás por vez primera...

Yo soy Ana María en todos los documentos oficiales: papeles y papeles que nos clasifican, nos señalan, nos definen, nos certifican como vivos y caminantes por una vida cada vez más controlada.

Fui -y soy- Ana Mari para todos los que me conocieron en la infancia. Ana Mari con trenzas, Ana Mari vivaracha e inquieta, Ana Mari en la boca de los que tanto me quisieron. Cuando me llaman Ana Mari vuelvo a ese tiempo del que nunca nos recuperamos; si es desgraciado, por desgraciado; si es feliz, por feliz.

Cuando llegó la adolescencia y quise que el reloj corriera para entrar en ese soñado mundo de los adult…

Escribo para mi gato. XV. Sin final feliz

Ella llevaba todavía calcetines. No hubo manera de convencer a su madre. Se habían de llevar los calcetines hasta los quince y ella no los cumplía hasta mayo. Y llevaba aún sus faldas plisadas, las blusitas de batista o los jerséis hechos con tricotosa. Y, por supuesto, los dichosos calcetines. Desentonaba con las muchachas que ya vestían tejanos de campana y habían dejado atrás las trenzas. Él tenía los ojos más claros con los que ella se había cruzado. Y un pelo rebelde que se despeinaba cuidadosamente para que le cayera sobre los ojos. La esperaba cada tarde al acabar las clases, encendiendo un cigarro recostado en el umbral de la verja del instituto. Bajaban por las calles muy despacito, para hacer eterno el camino y alargar la conversación. Qué había hecho ese día, qué había aprendido en clase. Ella sonreía por dentro: era lo mismo que le preguntaba tantas veces su padre cuando estaban juntos sin mucho de qué hablar. A veces se sentaban en los escalones de aquel barrio todo cuestas.…