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Samsung, el gigante soberbio (que no es lo mismo que el soberbio gigante)

Nunca he usado este blog como hoja de reclamaciones porque la grandeza de la escritura se aviene mal con las miserias de la vida cotidiana pero, mira, hoy no me puedo resistir.

Y no me puedo resistir porque tengo -qué menos- el derecho al pataleo y la ilusa creencia de que las redes sociales tienen, entre sus aspectos positivos, la capacidad de hacer visibles esas pequeñas injusticias que nos solemos callar y que nos amargan la vida, por la tomadura de pelo que suponen para los confiados usuarios.

Y aquí va el caso, para quien lo quiera leer.

Tiene a gala la compañía Samsung  -como todos los gigantes multinacionales- dos cosas: fabricar buenos productos y dar una impecable atención al cliente.

Pero, como un rotundo refrán castellano afirma, 'dime de qué presumes y te diré de lo que careces'.
Ni una cosa ni la otra han demostrado. Tan solo una cicatera manera de actuar que no casa con el poderío y el lugar que ocupa Samsung en la telefonía móvil.

La historia comienza con la co…
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El niño de la Tomasa

El niño de la Tomasa nació en Córdoba, la llana; la Sultana, la que reluce al sur de Europa.

Con ese nombre y esa piel verde aceituna, estaba destinado a ser torero -fina cintura quebrando en el albero-, cantaor -quejío profundo en la madrugada- o, quizá, bailaor -gracia y templanza en cada paso-...

El niño de la Tomasa quizá tenía un futuro más anónimo: recoger aceitunas, tener una novia morena como su madre, pasear los puentes tendidos sobre el Guadalquivir hermoso, aspirar el aroma en el patio de los limoneros, llevar a sus hermanos de la mano entre casas encaladas, besar la frente de su abuela sentada al fresco de la noche estival...

Y, sin embargo, vocea desde más allá del Mediterráneo cantos de muerte; recoge de la historia nombres medievales, pueblos y territorios que duermen en los libros para amenazar, dedo en alto, con horrores infinitos.

Clama y reclama por una tierra que fue suya y que dejó atrás en nombre de los dioses que se alimentan de sangre. Tuvo en su mano la fortu…

El nombre que me nombra

Me contaba mi madre que me llamo María por haber nacido en mayo. Mi primer nombre, Ana, es el de mi abuela paterna.
Se llamaba Ana del Carmen pero, cuando yo la conocí, ya era Anica para todos.
Es tarde para saber cómo la llamaba su madre desde la puerta cuando correteaba por las calles de un pueblo empedrado, cómo la llamaban sus amigas, cómo la llamó su novio Nicolás por vez primera...

Yo soy Ana María en todos los documentos oficiales: papeles y papeles que nos clasifican, nos señalan, nos definen, nos certifican como vivos y caminantes por una vida cada vez más controlada.

Fui -y soy- Ana Mari para todos los que me conocieron en la infancia. Ana Mari con trenzas, Ana Mari vivaracha e inquieta, Ana Mari en la boca de los que tanto me quisieron. Cuando me llaman Ana Mari vuelvo a ese tiempo del que nunca nos recuperamos; si es desgraciado, por desgraciado; si es feliz, por feliz.

Cuando llegó la adolescencia y quise que el reloj corriera para entrar en ese soñado mundo de los adult…

Escribo para mi gato. XV. Sin final feliz

Ella llevaba todavía calcetines. No hubo manera de convencer a su madre. Se habían de llevar los calcetines hasta los quince y ella no los cumplía hasta mayo. Y llevaba aún sus faldas plisadas, las blusitas de batista o los jerséis hechos con tricotosa. Y, por supuesto, los dichosos calcetines. Desentonaba con las muchachas que ya vestían tejanos de campana y habían dejado atrás las trenzas. Él tenía los ojos más claros con los que ella se había cruzado. Y un pelo rebelde que se despeinaba cuidadosamente para que le cayera sobre los ojos. La esperaba cada tarde al acabar las clases, encendiendo un cigarro recostado en el umbral de la verja del instituto. Bajaban por las calles muy despacito, para hacer eterno el camino y alargar la conversación. Qué había hecho ese día, qué había aprendido en clase. Ella sonreía por dentro: era lo mismo que le preguntaba tantas veces su padre cuando estaban juntos sin mucho de qué hablar. A veces se sentaban en los escalones de aquel barrio todo cuestas.…

Si te vas a ir

Si te vas a ir por largo tiempo,
tendrías que avisarme.

Debo prepararme para el adiós;
hacerte algún encargo
por si en tu mano está cumplirlo
cuando llegues allí donde tú vas;
darte una nueva foto
para que cambies la que llevas en la cartera,
donde ya no me reconozco.

Debo contarte alguna anécdota
que quizá hayas olvidado
y tú deberías dejarme en depósito
todas aquellas que tienes de mí
y que se extraviaron en mi memoria.

Debo enseñarte lo que escribo;
que veas que pongo en un papel
las mañanas en la era,
las siestas en el zaguán,
las tardes en la alberca,
las noches en el cine de verano.

Debo decirte que te quiero
y que guardo tus prospectos de Pavón como se guarda lo que no tiene precio.
Debo decirte que te quiero
porque no te lo he dicho desde hace demasiado.

Si es que te vas a ir,
tendrías que avisarme.

Debo enseñarte por enésima vez a usar el móvil
y escucharte decir, por enésima vez, lo malo que estás.
Debo explicarte cómo están los niños
y debes darles tiempo para que, por fin…

Lo que el tiempo se llevó

No es el viento;
es el tiempo quien se lleva las cosas.

Las infancias felices,
las brazos que nos mecen,
la alegría infinita de una tarde de juegos.
Los besos espontáneos,
las risas sin motivo.

Disfrutar con los charcos,
hacer un nuevo amigo,
esperar los domingos las visitas sorpresa.
Cantar aunque no sepas,
bailar en las aceras.

Coleccionar postales,
descubrir un tesoro,
preferir barandillas a bajar escalones.
Dormir sin sobresaltos,
despertar sin angustia.

Los abuelos,
los cuentos,
el creerse inmortales.
El placer sin pecado,
los errores sin culpa.

No es el viento;
es el tiempo quien se lleva las cosas.

Imagen: fotografía familiar. Años 60.

Me llaman

Me llaman y me dicen si estoy bien. Si como.
Si duermo.
Si me he dado cuenta de que es mayo.
Si he vuelto a sonreír.
Si me asomo a la terraza y echo fotos al crepúsculo.
Si cuento los días que faltan para el verano.

Me llaman y preguntan cómo lo llevo.
Si paseo.
Si bromeo con mis amigos.
Si ya no lloro cada día.
Si me he comprado ropa nueva.

Y yo les digo...

Que me levanto y voy al trabajo.
Que doy clase.
Que saludo a los vecinos que suben conmigo en el ascensor.
Que veo la tele.

Hablo con la dependienta de la panadería.
Camino y taconeo por las aceras de mi ciudad.
Cojo el autobús muy tempranito.

Miro fotografías.
Leo dos libros a la vez.
Acaricio a Julieta.
Doy y recibo besos.
Meriendo y desayuno.
Como y ceno.

Escribo y borro y vuelvo a escribir.
Corrijo los trabajos que me presentan.
Abro el buzón.
Rebusco en el bolso las llaves que siempre se esconden.

Quito la mesa.
Tiendo la ropa.
Voy al dentista.
Me miro en el espejo.
Me pinto las pestañas y los labios.
Hago guardia en el pati…