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Entradas

Crónica de la excepción. Día 80

Día 80. Me parece un buen día para acabar con estas crónicas, sobre todo después del parón de esta semana por motivos ajenos a mi voluntad.
Han sido ochenta días en los que aquí he volcado de todo: desde esperanza hasta desesperación, desde humor hasta acritud, desde comprensión hasta críticas desgarradas...  Como la misma vida, vaya, pero en confinamiento.
No cierro estas crónicas porque hayamos salido de la excepción —cosa que tardará y cuyo final no sabemos a qué normalidad nos lleva—, sino porque ya no estamos todos en ese barco de la excepcionalidad en el que hemos navegado durante tantas semanas. Solo hay que ver la calle: tráfico normal, gente a todas horas (y aquí solo estamos en la fase 1), grupos, cercanías, un ambiente festivo de aquí no ha pasado nada... En fin, lo que la  mayoría sabíamos —y nos temíamos— que iba a ocurrir.
Queda por delante un trabajo personal complicado y duro y una tarea social no menos dura ni menos complicada.
Cada uno de nosotros saldrá a las calle…
Entradas recientes

Crónica de la excepción. Día 73

Como Sabina, estoy apasionadamente a favor de vivir el presente, pero el desván de los recuerdos está ya tan rebosante que amenaza su suelo con venirse abajo sobre mí.
Será que los tiempos no llaman a esperanzas y que las noticias diarias se enmarañan entre aperturas incongruentes y avisos apocalípticos. Será ver las playas cuadriculadas y con su turno preparado. Será no saber si probarse una prenda será un ejercicio de entre riesgo y fe.
Será lo que sea.  Mirar álbumes donde solo se recogen momentos de felicidad. Llevar semanas sin echar unas risas con amigos. Trabajar sin ver claro el horizonte. Sentir que en el aire hay enemigos acechantes.  Será ver la vida desde la barrera.
Lo que sea, algunas cosas o todas en conjunto, nos tiene paralizados y con la mirada vuelta atrás y se hace difícil vivir el presente con la pasión que Sabina cree  —con tantísima razón— que hay que adjudicarle.
Lo intentamos, eso sí.  Por nosotros mismos y los que nos quieren. Porque siempre hay alguien que e…

Crónica de la excepción. Día 72

La nueva normalidad incluía seguir siendo los mismos.
Acosar al diferente. Reinventar el lenguaje y llamar exitus a los muertos. Cortar las calles: yo por mis razones y tú por las tuyas. Culpar a los otros y cerrar los ojos a los errores. Recurrir a la contradicción si mi vida y mis privilegios así lo requieren. Propalar mentiras como si fueran noticias y ocultar noticias como si fueran mentiras. Vivir por los intereses personales y obviar los que me son molestos. Ocupar los espacios propios y ajenos. Saltarse las normas si no me favorecen. Dejar de aplaudir y empezar a abuchear. Creerse mejores. Creerse inmortales.
La normalidad, ya sin adjetivos, era más de lo mismo, pero con mascarilla.
Fotografía: la nueva normalidad, como nosotros, en blanco y negro.10:50.

Crónica de la excepción. Día 71

Hoy, después de dos compras que me he saltado (gracias a que las han hecho por mí), he vuelto al Mercadona.
He ido en coche para que el pobrecito se moviera un poco y para que la carga fuera más cómoda de acarrear.
Lo primero que me ha llamado la atención es la normalidad absoluta que se ve en las calles —si exceptuamos que todo el mundo lleva mascarilla—. No me ha dado tiempo a echar fotos, pero en esta imagen que ilustra la entrada, desde la terraza, lo veis claramente. 
Y la normalidad seguía dentro: los lineales a rebosar. Había de todo, incluyendo las tan deseadas mascarillas. Bueno, no de todo: guantes, no.  Es que la última moda —en estos vaivenes de consejos en los que nos movemos— es que nos volvemos muy irresponsables y kamikazes (????) cuando los llevamos puestos y hay que quitarlos de en medio. Yo sí llevaba los míos y, encima, los de la fruta, porque dicen que hombre prevenido, vale por dos y porque estoy yo muy rebelde contra lo que no me cabe en mi sentido común.
Así q…

Crónica de la excepción. Día 70

Ayer, 20 de mayo, James Stewart hubiera cumplido años.
Nuestra infancia y juventud lo tuvo siempre presente.  En una época en la cual solo había una televisión y los barrios estaban llenos de cines de reestreno y programa doble, no era difícil encontrarse con sus gestos dubitativos y su peculiar voz (cosas del doblaje) casi cada semana.  Sus películas se reponían —alguna, como Qué bello es vivir, era un clásico navideño— y nos era tan cercano como los compatriotas que llenaban las novelas de media tarde o los Estudio 1.
Pero esta entrada va de una pequeñísima parte de lo acontecido en su vida y que tiene que ver con otro grande del cine norteamericano, Henry Fonda.
Ambos eran amigos, en ese grado en el cual la amistad pasa a ser casi un lazo de sangre. Eso, a pesar de las grandes diferencias que había entre ambos. La mayor de todas, quizá, sus tendencias políticas. Fonda era de izquierdas y Stewart, muy conservador.
Su vida discurría paralela hasta que, una vez, una discusión por mot…

Crónica de la excepción. Día 69

Ayer vi unas cuántas calles de Barcelona, desde el coche, mientras salía a hacer una gestión ineludible.
Está todo en su sitio. El cielo es ya rabiosamente azul y el aire de una tibieza maravillosa.
No hay atascos en ninguna vía y se circula como en una pequeña ciudad hecha a medida de sus habitantes.
El miedo no se ve, ni siquiera se intuye, a pesar de las mascarillas y de los guantes y de señales en el suelo que te instan a esperar a sus dos prudentes metros.
Volví algo reconfortada por el aire de normalidad que se respiraba en la calle y, al mismo tiempo, sobrecogida pensando en cómo vamos a defendernos de un enemigo tan solapado y tan invisible que no ha dejado cicatrices que nos recuerden que debemos estar alerta y prevenidos.
Que el optimismo no nos haga imprudentes y que el pesimismo no nos haga infelices.
Fotografía: una calle de Barcelona, desde el coche. Ayer, a las 11:48.

Crónica de la excepción. Día 68

No hace falta esbozar una sonrisa para que una cara infantil sea linda. Ni que esa sonrisa tenga o no todos los dientecitos.  No hay que buscar el mejor ángulo, ni importa la luz, ni la destreza del fotógrafo, ni los ojos más o menos abiertos, ni si te peinaron en el último momento o con todos los excesos.
Mira aquí, que te echo un retrato. Y ya está. Queda para siempre inmortalizada la belleza genuina de las vidas que empiezan, a las que todo les está prometido y cuyos caminos son infinitos.
Con cada cumpleaños se avanza, sin preguntar a dónde, hasta que llega el primero que no esperamos con la misma ilusión que el anterior. No sabríamos decir cuál fue ni por qué. No es el paso de los años ni las tristezas y miserias que nos empieza a devolver el espejo.  Es esa pendiente por la que bajamos aceleradamente y a la que ni siquiera fuimos conscientes de habernos subido. Son los huecos alrededor y las sombras en los álbumes.
Pero un cumpleaños, por una misma y por todos aquellos que nos f…