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Lo que el tiempo se llevó

No es el viento;
es el tiempo quien se lleva las cosas.

Las infancias felices,
las brazos que nos mecen,
la alegría infinita de una tarde de juegos.
Los besos espontáneos,
las risas sin motivo.

Disfrutar con los charcos,
hacer un nuevo amigo,
esperar los domingos las visitas sorpresa.
Cantar aunque no sepas,
bailar en las aceras.

Coleccionar postales,
descubrir un tesoro,
preferir barandillas a bajar escalones.
Dormir sin sobresaltos,
despertar sin angustia.

Los abuelos,
los cuentos,
el creerse inmortales.
El placer sin pecado,
los errores sin culpa.

No es el viento;
es el tiempo quien se lleva las cosas.

Imagen: fotografía familiar. Años 60.
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Me llaman

Me llaman y me dicen si estoy bien. Si como.
Si duermo.
Si me he dado cuenta de que es mayo.
Si he vuelto a sonreír.
Si me asomo a la terraza y echo fotos al crepúsculo.
Si cuento los días que faltan para el verano.

Me llaman y preguntan cómo lo llevo.
Si paseo.
Si bromeo con mis amigos.
Si ya no lloro cada día.
Si me he comprado ropa nueva.

Y yo les digo...

Que me levanto y voy al trabajo.
Que doy clase.
Que saludo a los vecinos que suben conmigo en el ascensor.
Que veo la tele.

Hablo con la dependienta de la panadería.
Camino y taconeo por las aceras de mi ciudad.
Cojo el autobús muy tempranito.

Miro fotografías.
Leo dos libros a la vez.
Acaricio a Julieta.
Doy y recibo besos.
Meriendo y desayuno.
Como y ceno.

Escribo y borro y vuelvo a escribir.
Corrijo los trabajos que me presentan.
Abro el buzón.
Rebusco en el bolso las llaves que siempre se esconden.

Quito la mesa.
Tiendo la ropa.
Voy al dentista.
Me miro en el espejo.
Me pinto las pestañas y los labios.
Hago guardia en el pati…

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIV. El poeta

Bajaba el poeta cada mañana las escaleras con esa cadencia de quien lo tiene todo por hacer y ninguna prisa en ponerse en ello. Le faltaba la diligencia de la juventud y le sobraba la parsimonia de la vida asentada de provincias. A pesar de lo atildado de cada una de las partes de su persona, el conjunto tenía algo de desaliñado, de descuido. Un no sé qué que le hacía destacar en las tertulias del Casino entre aquellos caballeros de pañuelo en el bolsillo, fedora y sello en la mano. En la salita del mirador, donde ya estaba dispuesto el desayuno desde primeras horas del día, se hallaban sentados algunos huéspedes, madrugadores todos ellos, ansiando las tostadas, crujientes y rociadas de un aceite todo sol, y el café cargado y amargo que preparaba Sole, la cocinera de la fonda, que había llegado arrastrando dos maletas y el saber inacabable heredado de su abuela. Solía sentarse en la mesa más próxima a la cristalera, aquella por la que entraba el tímido sol de la mañana, provocando en el…

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…

Escribo para mi gato XI. En la vida y en la muerte

Se habían criado juntos, casa por casa. Habían recorrido las calles empedradas mientras las voces de sus madres los llamaban en los primeros atardeceres en los que se aventuraban juntos a explorar más allá de la plaza y la peana. Trompos, pelotas de trapo, pingané… solos o con otros, pero siempre juntos. Las cabezas inclinadas, las manitas churretosas pasándose los juguetes tan precarios como la misma vida que vivían. Ahora con mechones sobre la frente; ahora bien rapados si el petróleo no había logrado combatir los insidiosos piojos. Fueron juntos a una escuela diminuta; helada en invierno. Bajo el brazo, el pizarrín y algún pequeño obsequio para el maestro –que malvivía con el sueldo mezquino que no le daba más que para mantener su traje con lustre. En verano, quién sabía si la escuelita sería de aire más amable. Nunca fueron; las tareas de la siega y la trilla los alejaban de pupitres y lecciones cantadas al unísono. Habían sido de los primeros de su cuadrilla en correr tras las much…