Nos encerramos aquí en un marzo invernal, donde cabían las botas, los jerséis, los cuellos vueltos, los foulards y los plumas más abrigaditos y he salido esta mañana a la terraza, en la que aún no daba el sol, y ya me sobraba todo. No sé si habrá 20 grados o 22 o 24, pero el aire era tan tibio y dulce que, por fin, me he dado cuenta de que estábamos en el mayo florido que nos merecemos tras tanto sacrificio. Mirad cómo está la calle: los árboles enseñoreados, con unas copas frondosas que plantan cara al asfalto, a los coches (escasos, eso sí), al cemento. Bendito sea llenarse los ojos de verde y los oídos de cantos de pajarillos en los que antes ni siquiera reparábamos. Respirando a pleno pulmón —porque el aire también está agradecido a esta tregua impuesta— me he dedicado a curiosear y fabular sobre la vida de mi vecindario, tan absolutamente invisible para mí hasta estos días. No es del todo cierto, a estos primeros los miro muchas veces. Con sus bicis de varios ...