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De España para los españoles

Hace solo unos pocos años, los tiempos de la emigración española nos parecían tan lejanos como los candiles de aceite.
Un país próspero -pugnando por entrar en el G-20 y poniendo los pies encima de la mesa del amo del mundo- estaba muy lejos de sospechar que, más pronto que tarde, tendría que mandar de nuevo lo mejor de sus casas a ganarse la vida en Alemania, Bélgica, Inglaterra... donde hiciera falta.

Pero, como dice la canción, la vida te da sorpresas, y hete aquí que llegaron las vacas flacas y aparecieron de nuevo las maletas, los trenes, los aeropuertos, las despedidas, las tristezas y las familias divididas.


Sirva esta entrada para homenajear a los que tuvieron -tuvimos- que dejar nuestra tierra y los nuestros y a los que hoy en día deben volver a hacerlo.


Llegaba a casa algo después de las seis de la tarde. Ya de noche cerrada en invierno.

La madre estaba en la cocina. Había dejado por un momento el trabajo -las bobinas de cobre para los televisores de la época- para poner en la mesa una rebanada de pan con chocolate, o aceite para mojar, o un plátano o también -'porque la niña no come naaaaada'- uno de aquellos modernos pastelitos de chocolate que llevaban un cromo en su interior.
La pequeña sacaba los cuadernos, los lápices de colores, el libro, el sacapuntas, la goma. Entre bocado y bocado a la merienda -que la madre controlaba con paciencia infinita- los deberes iban avanzando. Media lengüecita asomando entre la sierrita de los dientes le daba el empuje definitivo a su trabajo.
Y así pasaban la tarde entre el zumbido de la máquina de las bobinas y los comentarios cantarines de la nena; acompañadas por los consejos rancios de la señora Francis y las historietas repelentes de Matilde, Perico y Periquín.


Atareadas en esas rutinas, les sorprendía la sintonía del programa más esperado: De España para los españoles.






María Matilde Almendros daba inicio cada noche la emisión con aquellas mágicas palabras -'Un servicio de Radio Nacional de España en Barcelona dirigido a cuantos españoles nos sintonicen desde fuera de sus hogares'- que les ponían a ambas el corazón alborotado y la lágrima en la puerta.


Y cada noche madre e hija se identificaban con la niña que iba a recibir la primera comunión sin su abuelo Manolo que estaba en Zurich; se compadecían de Pepe y Ana, que tan lejos estaban el uno del otro sin saber cuándo se reencontrarían; lloraban con los hijos de Frasquita que, desde Alemania, le dedicaban Madrecita María del Carmen a su madre recién muerta; se quejaban de las muñeiras, que se les hacían eternas porque a ninguna le gustaban; tarareaban con entusiasmo Por el camino verde y El toro enamorao de la luna; aplaudían entusiasmadas Campanera, El telegrama, Doce cascabeles...

Se emocionaban con el perro al que mataron por error en el cortijo, con los campanilleros que salían de madrugá, con el recitado de María Manuela, me escuchas...; con la voz cantarina del minero que no le temía a la muerte porque minero nació.
Disfrutaban con Joselito, con Concha Piquer, con Lola Flores.La madre se entristecía con aquella terrible copla de Como se quiere a los hijos mientras la niña se le arrimaba un poquito más sin entender el mensaje, todavía.



El niño de Baena irrumpía cada noche -porque los oyentes le daban las gracias infinitas a aquella voz que acercaba corazones y reducía distancias- y Locutora era de escucha obligada.




Pero el momento culminante de la noche -porque era noche sí y noche también- llegaba cuando alguien que salió del pueblo lleno de ilusiones, que mantenía la maleta con el ramal debajo de la cama, que llevaba bajo la camisa el escapulario que su madre le colgó, que estaba de 'mastresa' en Barcelona o en una pensión de una ciudad de nombre impronunciable, dedicaba una canción a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus amigos queridos...Les decía con ella que estaba bien, que esperaba verlos en verano, que los extrañaba y que se acordaran de él. Y después de esas palabras en la voz de la locutora, atacaban las primeras notas de El emigrante.e El emigrante.




Y ahí ya la tarde se ensombrecía del todo. Madre e hija se dedicaban una sonrisa temblorosa y era el momento de que la pequeña corriera al almanaque colgado tras la puerta. Aupándose en las puntas de sus pies diminutos tachaba un nuevo día y, al compás del emigrante, ya le parecía oír el traqueteo del Sevillano corriendo hacia al Sur. 



Imagen: María Matilde Almendros. www.todocolección.net

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