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Mostrando entradas de enero, 2016

Jueves de compadres que no volverán

Su manita gordezuela coge un papelito y, al abrirlo, todo son pucheros.
Alarga de nuevo la mano y, otra vez la barbilla temblorosa, arranca a llorar desconsolado.

A su alrededor los adultos y su hermano intentan averiguar qué puede haberle hecho pasar de la risa descontrolada a ese mar de llanto.

La madre lo abraza y acerca la boca a su oído: '¿Qué pasa, Martín?'. Y entonces, una lágrima perfecta enredada aún en sus pestañas, contesta bajito: 'Yo quiero que me salga el tito de compadre'.

Un pase mágico, de nuevo un revuelo de papeles y Martín enseña, con su inocente sonrisa, el papelito donde unas letras infantiles forman la palabra 'tito'.

Y así, tito y sobrino, sustituyendo la sangre por el cariño desbocado, se convierten en compadres en un jueves de febrero.
Compadres para siempre. Allí donde él esté.

Imagen: fotografía familiar. 1999

Vivir sin sentirse vivos

Por circunstancias leves llevo unos días en casa y, como parte del entretenimiento del retiro obligado, he hecho un intensivo de internet con Facebook como estrella.

Muchas enseñanzas he sacado de ello que debo ahora asimilar, procesar y, en ocasiones, aplicarme porque zambullirse en las vidas ajenas -aunque sea solo lo que las vidas ajenas quieren mostrar- siempre te devuelve a la superficie sabiendo mucho y dudando más.

De entre todas ellas quiero referirme ahora a una que, no por sabida, me ha dejado menos acongojada.
Y es la terrible constatación de que, para gran parte de la humanidad, su vida se hunde el lunes, resurge el viernes y zozobra los domingos.

Facebook está lleno de memes -supuestamente divertidos- que nos muestran la desesperación lunera (¡me acabo de inventar un palabro!), la euforia del viernes y la angustia dominical. Y son esos memes como las mal llamadas comedias en las que te pasas dos horas riéndote en el cine y cuando empiezan a salir los títulos de crédito p…

Los gramos de verdad necesarios para ser feliz

¿Cuántos gramos de verdad necesitamos en la receta de la vida para ser felices?

Queremos saber la verdad pero, probablemente, solo aquella verdad que nos conviene.
Porque hay mentiras que nos sostienen sin saberlo y mentiras que nos sostienen sabiendo que lo son.
Y hay verdades ante las que cerramos los ojos porque la balanza de la felicidad se nos desequilibraría irremediablemente.

Tememos a aquellos que nos dicen 'voy a serte sincero'. Suelen arañarnos el corazón creyendo hacernos un favor.
Y tememos a los que callan lo que deberían decir y tememos decirles 'dime la verdad' por si se atrevieran a hacernos caso.

Transitamos en precario equilibrio sobre el filo de la navaja y queremos verdades y queremos mentiras. La dosis justa para no sufrir. La dosis necesaria. La dosis cotidiana.
Miénteme lo justo pero que yo no lo sepa.

Imagen: www.coaching12.com

G

Cuando una buena amiga te recomienda una novela, te hueles el peligro.
Si además esa novela está escrita por alguien a quien le une una gran amistad la situación ya es crítica.

Así que cogí El gran retorno con prevención, pensando de qué elegante manera podría decirle que había sido una agradable lectura sin faltar excesivamente a la verdad.
Aquí debo hacer un inciso porque lo que he dicho no se entiende si no explico que soy una lectora exigente, cada vez más, y suelo salir defraudada tan a menudo que cada vez recurro más a la relectura -acierto seguro.

Y hete aquí que, para mi sorpresa, sí que me encontré con una agradable lectura. Una novela que combina con buen pulso el suspense, la historia, la magia... y unos personajes dignos de ser reencontrados.

Y ante mi genuino y sincero entusiasmo -no dudo que hubiera notado (¡ay!) mis educadas formalidades, conociéndola- mi querida amiga tuvo la feliz idea de regalarme, con dedicatoria incluida, G, la última novela del autor de El gran r…