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Mostrando entradas de mayo, 2016

Hoy voy a hablar de Julieta

Julieta tiene los ojos del color de la curiosidad.
Su mirada es mitad asombro y mitad ternura.

Se ha hecho la dueña de la casa y, como nos temíamos, de nuestros corazones.

Explora incansable los rincones y rinconcitos. Salta, brinca e, inesperadamente, cae en un trance de sueño repentino como el bebé que es.

Acecha imaginarios enemigos tras los muebles y los sorprende y, ufana, se dirige hacia otro objetivo más inalcanzable.

Es limpia y relamida. Se acicala al sol y se limpia concienzudamente los bigotes. Oculta pudorosa todo aquello que debe ser ocultado con el esmero de un ama de casa de las antiguas.

Tantea los lugares en los que quiere echar una cabezadita y escoge, preferiblemente, aquellos en los que el calorcito humano le dice que va a estar protegida.

No le gusta que le impongan encierros. Ella es libre e independiente. Maúlla desesperadamente para hacerse oír y no consiente más imposición que la que llega desde el cariño. Nos compromete lanzándonos pequeños avances provocado…

Dicen que cumplo un año más

Lo dice la rotundidad inapelable de las fechas y el calendario. Lo dicen mi partida de nacimiento, mi carnet de conducir y mi carnet de identidad.

Lo dicen el registro de la Seguridad Social, los documentos que pueblan mil y un archivos y que llevan mi nombre. Lo dicen la DGT, la AEAT, la Generalitat, el carnet de Familia Numerosa, el de la biblioteca y el del polideportivo.

Lo dicen mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Lo dice Facebook.

Y aunque yo me he levantado esta mañana con ganas de disimular, he tenido que rendirme ante tanto rumor que resultó ser cierto: hoy cumplo un año más.

Me busco, entre curiosa y resignada, las señales inapelables de ese cambio de año y hago inventario: una arruga inclemente que, instalada en el entrecejo, ya lo define; una cana rebelde que se enseñorea del flequillo; un cansancio mañanero que se resiste, incluso, a la ducha vigorosa; una pesadumbre indefinida en lo que tendría que ser un feliz día; un puntazo en el corazón que espera fel…

Escribo para mi gato VI. El hijo de la costurera

Así salió él de mujeriego.

Cada tarde, cuando llegaba del colegio, con la calle ya entre dos luces, encontraba en la galería -junto al pan con chocolate y el hoyo de aceite- a una señora en viso.
Algunas eran delgadas, casi niñas, con esas cinturas apenas salidas de la infancia que se recuestan todavía en unas caderas a medio hacer.
Otras, en cambio, eran señoras-señoras, como les gustaban a su padre y a sus amigos del casinillo. Rotundas les llamaba su tío Pedro. Imponentes les llamaba Julián, el del colmado.

A él le gustaban todas. Las menudas y las entraditas en carnes. Las morenas, las rubias. Las de la piel pecosa y blanca como la espumilla de la leche que hervía en los cazos. Las de piel oscura. Las que parloteaban sin cesar mientras su madre, la costurera del barrio, les iba respondiendo como podía, jugándose la vida con los alfileres en la boca.
Le gustaban también las que callaban y se limitaban a asentir a este o a aquel comentario sin dar pie a conversaciones.

Ellas, todas…

Como agua de mayo

Como agua de mayo llamamos a aquello que nos llega cuando más lo necesitamos, a lo oportuno, a lo que nos hacía falta, a lo que nos bendice.

Sin embargo, este agua de mayo tan mansa y persistente; este agua de mayo que lleva días instalada entre nosotros me ha traído una melancolía infinita.

Ese cielo tan cercano y plomizo que descubro al descorrer la cortina por la mañana es un cielo que me encoge el corazón sin tener motivo ni razón.

Quizá es el cansancio del invierno, quizá el haber tenido la miel en los labios con unos días soleados, brillantes, luminosos que lo prometían todo.

Tal vez sea que, a medida que pasan los años, salir de un invierno se nos hace algo más apremiante. Creemos que con las tardes de sol, con las siestas indolentes, con las noches estrelladas recuperaremos infancias y juventudes cada vez ¡ay! un poquito más lejanas.

Por eso este agua de mayo que los hombres del campo tanto agradecen a mí me está costando tristeza, añoranza, melancolía, nostalgia. Un pellizco…

Velis nolis

Van a pasar los años y ajarán tus manos, tus mejillas; huirá el brillo de tu pelo y la luz de tu mirada. Velis nolis.

Lo que empezó estallándote el corazón se quedará en rescoldo, en tibia brisa, en remanso lento. O quizá solo en humo.Velis nolis.

Aquellos que fueron tu refugio y tu alegría partirán de tu lado. Poco a poco olvidarás sus voces y el tacto de sus manos. Velis nolis.

Crecerán tus hijos. Volarán y el centro de su vida será otro sitio y otras gentes. Velis nolis.

Los amigos del alma se perderán en los vericuetos de la vida. Las tardes infinitas que pasaste con ellos serán un hueco en tu memoria. Velis nolis.

Cambiará tu tierra y será otra. No conocerás sus caminos ni sus calles. Las piedras que pisaste en dulces madrugadas dejarán de ser piedras y de ser conocidas. Velis nolis.

Las canciones, los libros, los poemas queridos... lo que formó tu alma dejará de escucharse, de correr boca a boca; nadie recordará haberlos recordado. Velis nolis.

Los gestos que repites, que parec…

Lo que las heroínas literarias me enseñaron

Ana Karenina, que aquello que fue no será para siempre, por fuerte que parezca. Que hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede conseguir. Que hay cargas cuyo peso doblegan el alma.

Doña Inés, que la potencia de la entrega y la inocencia pueden vencer la villanía. Que el amor es sanador. Que hay esperanza.

Scheherezade, la fuerza de la voluntad y el poder de la narración. Que alguien que no te quería te puede llegar a querer. Que las llamas se prenden con la constancia.

Alicia, que no hay barreras cuando juegas con la imaginación y la curiosidad. Que de ser especial nace todo lo bueno.

Emma Bovary, que hay que luchar contra las vidas mediocres, conformistas y sumisas, cueste lo que cueste. Aunque en el intento se quede la piel.

Antígona, que la desobediencia es a veces el camino de la liberación. Que combatir por lo que creemos nos libera y, si en ello perdemos la vida, habremos ganado sin duda.

Emma Woodhouse, que hay que escuchar al propio corazón. Que vivir pendiente de los…

Escribo para mi gato V. No sabré que es el último

Es el invierno la estación de la duda.
Dudo si volverán las flores a mecerse en la tierra.
Dudo que el sol me dore las puntas de las trenzas.

No sé si habrá una tibia mañana en la que el aire huela de nuevo a primavera.
Si se verán las calles colmadas del gentío que busca  la alegría en saberse querido.

La jacarandá en flor llenará las aceras, quizá. Si el invierno se acaba.

Si al final del invierno yo sigo entre vosotros la piel se hará mañana.
Recibiré en la cara los besos más sentidos.
Seré de nuevo niña. Seré de nuevo tierna.

Me duelen los inviernos. Los cuento por docenas.
Me llenan los álbumes de muertos, la vida de tristezas.

En el último invierno no sabré que es el último.