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Mostrando entradas de 2016

Sobran sillas

El publicista se despierta con una idea brillante en la cabeza.
Y aquella mañana la presenta a los jefes y estos, entusiasmados, al cliente.
El cliente se siente fascinado por el eslogan, por la puesta en escena.
Por fin desbancarán al vuelve a casa, vuelve. 
Pasarán a engrosar el grupo de las frases míticas: las muñecas de Famosa se dirigen al portal;el lobo, qué buen turrón;busco a Jacks;hola, soy Edu, feliz Navidad;el turrón más caro del mundo...

Lo planifican, lo ruedan, lo emiten. Sobremesas, tarde, noche.
Un hueco en cada casa, en cada cabeza.

Faltan sillas, faltan sillas. Abrazos, sonrisas, la felicidad plena.
¿Te llega el mensaje? Toca ser feliz y ese supermercado nos muestra cómo serlo. Sin resquicios, sin grietas. Ahora toca ser feliz. Faltan sillas.

El cliente se va contento a la cama: su marca ha dado en el clavo.
Los jefes se van contentos a la cama: su empresa ha dado en el clavo.
El publicista se va contento a la cama: su idea ha dado en el clavo.

Y a nosotros nos han …

En Cantareros, ocho.

En Cantareros, ocho. Una casa pequeña, encalada. Una reja sobresalida, en el primer piso, por donde salió al mundo mi primer grito. En el zaguán fresco del mes de mayo despide mi padre a la comadrona. Hasta el año que viene, dice Lucía, acostumbrada a visitar a menudo a las familias. Yo me quedo acomodada al lado de mi madre. Aún no sé en qué parte del mundo me ha sido dado nacer. Cómo se llama mi pueblo, los habitantes que tiene, de qué vive su gente. Aún no sé que una sierra lo cobija y que están construyendo un monstruo que contiene las aguas.
Cuando salga a mi calle –corta, llanita, una rareza entre las cuestas empedradas que la rodean- veré un cielo azul y geranios acomodados en aros en las puertas. Veré, quizá, la puerta de la ermita, y a las vecinas que dan la enhorabuena. Se paran a mirarme y mi madre retira la toquilla. Del migajón de la morcilla, dice una, porque soy morenita aceituna. Y llora mi madre cuando llega a casa de la suya porque mi tiempo es aún el de las mujeres b…

Los hombres del campo

Nacen los hombres del campo con los ojos en la cara.
Ni la teoría de la evolución ha podido explicar este terrible fallo de la naturaleza pues su mirada solo tiene camino hacia los cielos.
Acostumbran a su nuca los hombres del campo a torcerse hacia arriba -la gorra, el sombrero de palma, la mascota en difícil equilibrio vertical- pues la herencia, obstinada, insiste en negarles aquello que más necesitan.

Escrutan los hombres del campo las nubes. Conocen sus formas y el color que las tiñe:
les gustan grávidas, preñadas, con paso indolente y cansado;
les gustan demorándose entre las sierras, escogiendo perezosas las tierras agraciadas con su fértil lotería.

Los hombres del campo nacen sencillos y por eso, una nube oscura, arrastrándose, y el polvo salpicado del camino les alegran los días.

Son capaces los hombres del campo de oler el agua. El vientecillo que se mece entre los olivos es tema de tertulia y de casino: huele a chubasco, a llovizna, a chispeo, a aguacero, a agua temporal..…

Patria

Hay temas en literatura que dan pereza. Mucha pereza. El conflicto vasco, por ejemplo.

Porque es un tema que hemos vivido pegado a nuestra piel. Nos desayunábamos con bombas lapa, tiros en la nuca, secuestros, impuestos revolucionarios, miradas y gestos mafiosos, contenedores y autobuses ardiendo, carteles de asesinos loados en los ayuntamientos, gente saliendo con cara de estupor de zulos infernales, guardias jóvenes que miraban al fotógrafo sin sospechar que miraban también a toda España...
Y ahora que ya nos hemos librado de tanto espanto da pereza encontrar ese tema como parte del placer de la lectura.

Pero luego está el boca-oreja. Que si es una novela muy buena. Que si Aramburu ha sabido mostrar la crueldad infinita de una convivencia forzada entre asesinos y víctimas. Que si el lenguaje es certero; ese difícil equilibrio entre la amenidad y la precisión.

Yo me resistía. Un amigo me dejó dos libros para tomar el pulso al autor: uno de cuentos -Los peces de la amargura- y una no…

Felicidades rotundas

Define la RAE la felicidad como un estado de grata satisfacción espiritual y física y como la ausencia de inconvenientes o tropiezos.
Cómo la definimos cada uno de nosotros, esa ya es otra historia. La solemos situar en el pasado y en el futuro. Pero esas felicidades rotundas y presentes, esas pequeñas felicidades que nos sostienen entre el dolor y el estupor cotidiano, se nos escapan entre los dedos cuando son, en realidad, lo que nos da la vida.
De la charla sobre lo que es la felicidad surgió la tarea propuesta a mis alumnos de 3º y 4º de la ESO: indagar en el presente diario, ser conscientes de cuándo somos felices y por qué. Desechar la consecución de grandes proyectos, el logro de grandes objetivos, la llegada a lejanas metas. Enfocar nuestra mirada a aquello que, cada día, nos convierte, quizá por unos breves momentos, en personas plenamente felices.
Y leyendo lo que han escrito no tengo más que rendirme a la lucidez de su adolescencia en flor.
Me hace feliz cuando estoy en un …

'Me noto muy cambiá'

¿Sois fans irreductibles de 'Amanece, que no es poco'? ¿Os fascina y os atrapa el universo de José Luis Cuerda? ¿Estáis saturados de filosofía barata y de pensamientos tan profundos como charcos? ¿Vuestra mente transita a menudo entre lo absurdo y lo certero sin marcar lindes? ¿Tenéis la sensación de que hay frases que deberían entrar en la Seguridad Social? ¿Sentís que las palabras, igual que matan, sanan? ¿Admiráis a los que navegan con el viento en contra? ¿Amáis lo breve y lo bueno? ¿Os reconcilian los libros brillantes con la estulticia de la vida?

Pues esto os recomiendo: Me noto muy cambiá. 'Inteletos' de Albacete. Píldoras de verdad contra el dolor de cabeza que provoca la vigilia. Pastillitas mentoladas contra el silencio culpable y la mezquindad. Vicks Vaporub para pechos cargados de agonía. Felicidad mínima y, por ello, máxima, a 9,50 euros.

Un poquito os dejo para abrir boca.

La duermevela y otros estados intermedios. Por ejemplo, el patinaje.

Si robas por n…

No pases sin dejar un amén

Mira que soy de buen conformar y, acostumbrada como estoy a alumnos adolescentes, doy el pasar a muchas cosas e intento encontrar en cada opinión, y en cada manifestación de la misma, algo valioso.

Pero hoy estoy un poquito respondona, un tantito rebelde y un mucho hartita.

Me encanta facebook. Entrar y ver a mis amigos -algunos muy reales y otros, al menos de momento, solo virtuales- y leer sus ocurrencias, sus historias, seguir sus vicisitudes y compartir con ellos instantes fugaces de felicidad es un manera mágica de llenar los ratitos de ocio.

Sin embargo, y como -parafraseando aquella divertida sección de El Jueves- alguien tenía que decirlo, voy a repasar todo aquello que me crispa, sobre todo, porque cada vez abunda más:

- La filosofía de secano, mezcla de Coelho con el vecino del quinto, que parece profunda porque se escribe con un programa que la enmarca en un precioso cartel. Sistema filosófico feisbuquero le llamo yo.
- Las indirectas en general que no suelen dar en el bla…

En mi casa

Llegará. Lo sabemos pues nos dijeron que es lo único cierto.
Vendrá queda, sin hacer ruido, como llegan las tardes otoñales o los ocasos plácidos. De puntillas, silenciosa. Suave, plácida, señora.
O vendrá tormentosa, con estruendo, haciéndose notar, echando pregones, anunciada, batallada, vencedora. Cruel, impía.

La esperaremos sentados a la puerta, viendo pasar la vida ya un tanto ajena a nosotros; con los caminos recorridos y todas las puntadas dadas.
O descubriremos sorprendidos que llega a deshora, que nos pilla sin arreglar aún; que tenemos un puchero en la lumbre y no hemos cerrado tantos cajones abiertos.

Saludaremos su llegada porque la eternidad es triste cuando se fueron tus amigos de la escuela, el vecino, los tenderos de toda la vida y jóvenes que se te adelantaron sin querer ni deber.
O pediremos más tiempo; no aún, no todavía, no tan pronto, no en este momento.

Habremos preparado su llegada. Hecho encargos. Repartido cartas. Despedido gente.
O marcharemos sin un adiós.…

Pueblos

Hace muchos años, en los tiempos de Coros y Danzas y las adhesiones inquebrantables, le dieron a mi pueblo un premio por la belleza y limpieza de sus calles.
La noticia salió en algún periódico de la provincia y mis abuelos, conscientes de cuánto extrañábamos lo nuestro en la distancia, nos la mandaron a Hospitalet.
El recorte revoloteó, amarilleando como era de rigor, de cajón en cajón por mi casa hasta que, en una de aquellas mágicas piruetas que hacen las cosas que amamos, desapareció sin saber cómo.

Yo lo sacaba a menudo y pasaba mis dedos y mis ojos infantiles por imágenes de calles impolutas, de casas encaladas, de tiestos con geranios reventones, de empedrados reluciendo al sol...
Era un pueblo ideal, quizá tan de cartón piedra como los decorados de Bienvenido, mister Marshall, pero cuando el taxi entraba por los Barrancones en veranos luminosos, se transformaba en el pueblo real, lleno de vecinas hacendosas barriendo aceras, al que yo amaba regresar.

Yo evoco a menudo aquella…

Escribo para mi gato X. El voluntario

- ...y en esta estaba en Sidi Ifni. Que era una colonia española, o sea, que mandaba Franco. Y aquí, mira, qué guapo, dedicada "A mi Rosa, para que me tenga siempre cerca de su corazón". Que digo yo que antes toda la gente salía guapa en las fotos, hasta los que eran feos. Tenía yo un tío más feo que Picio que le mandó una foto a su madrina de guerra en la que se parecía al Errol Flyn ese de las películas antiguas. Me lo envidiaban todas las amigas. A mi Santiago, no al tío, claro. Poco cuidado que tenía yo que tener. Siempre cerquita de mí y siempre dándole todo lo que quería no fuera a encontrar en otro sitio lo que aquí le faltara. Y mira esta...
Pablo oía a Rosa como con sordina. Aquella noche había dormido poco. Se fue al bar a ver el partido y se lió, se lió... Las cinco de la mañana le dieron. El despertador agotó todas las llamadas antes de que él pudiera sacar un pie de la cama. Luego el día salió torcido, torcido. El camión de reparto llegó más tarde por no se sabe …

Escribo para mi gato IX. Dondiego de noche

¿Ya le he dicho, señor juez, que en los momentos más íntimos -usted ya me entiende- yo nunca le llamaba por su nombre? Siempre era, para mí, dondiego de noche.
Que dirá usted que por qué ese nombre. Y yo se lo voy a explicar porque, aunque parezca que me voy por las ramas, tiene que ver mucho, pero que mucho, con todo lo que pasó.

¿Conoce usted, señor juez, el dondiego de noche? No, seguro; no tiene usted cara de cultivar jardines ni arriates.
Pues sepa usted que es una planta que llama poco la atención. Crece, ¿cómo se lo diría para que me entendiera si nunca la ha visto?, como asilvestrada. Es un arbusto desmañado que no puede competir con tantas flores maravillosas y plantas deslumbrantes como pueblan los jardines de los amantes de lo verde. Sería arrancado para poner en su lugar rosales, buganvilias, jazmines... cualquiera podría sustituirlo y ganaría en la comparación si no fuera por el secreto que esconde en su interior.
Y es un secreto que estalla cuando llega el atardecer ver…

Feria

Un verano no es verano si no hay feria.

Farolillos de colores, banderines, coco en trocitos, perritos de ojos rojos, sombreros de vaquero, bolsos andinos...

Una orquesta ruidosa que ataca entusiasta los compases de Mi Huelva tiene una ría. Parejas que cuentan los pasos y, por ello, revolotean envarados intentando no pisar a los niños.
Mujeres que se han arreglado con esmero para bailar entre ellas lo que no bailaron en otras ya lejanas vidas.
Adolescentes alborotados junto a los autos de choque. Flamencas diminutas rendidas a hombros de sus padres. Jóvenes que dejaron atrás el Zumosol.

Choricitos, patatas, flamenquines, cervezas y cubatas, refresquitos helados, cacahuetes.

Miras alrededor buscando caras conocidas y que te reconozcan. Caras que en otro tiempo ocuparon un gran espacio en tu vida. Vecinos, aquel primo al que le perdiste la pista, el paisano que vive en tu ciudad y al que no ves en todo el año, un amigo querido...
A veces te acercas y a veces, no. Una impensable timidez …

Manos

Nuestra cabeza gira y gira. Le damos vueltas a lo hecho y a lo dicho; a lo pasado y a lo venidero.
Filosofía, ciencia, literatura... Todo un universo construido desde un órgano que nos hace lo que somos.
Somos seres pensantes -aunque unos más que otros, todo hay que decirlo-.

Y sin embargo, repasando el milagro que es el ser humano, yo me quedo con las manos.

Las manos acarician, asen, arrastran, sostienen, crean, rezan, suplican, calman, curan.

Manos de madre, de amantes, de amigos. Llevamos a nuestros hijos de la mano hasta que vuelan solos. Llevamos a los mayores que están transitando hacia una nueva y definitiva infancia. Apartamos un mechón de una frente querida. Quitamos un churrete. Alisamos una solapa -¡qué gesto más íntimo!-. Cogemos una cintura. Acompañamos una manita que empieza a ligar las letras de su nombre. Exploramos una piel amada. Cerramos ojos que nunca debieron perder la luz. Damos toques en una espalda amiga.

Manos que cocinan, que escriben, manos que saludan, qu…

Otro verano

A veces, cuando los chopos verdean de tal manera que el verano parece eterno, hay una nostalgia sobrevenida y fuera de lugar.

Inexplicable, quizá, pero humana.

Es la nostalgia de recordar que, al igual que ese río en el que nunca puede uno bañarse dos veces, hay veranos y sombras de chopo a las que jamás se puede volver.

Una escalera que salva un desnivel entre caminos se convierte, por obra y gracia de una melancólica tarde, en la metáfora de la vida que recorremos siempre, siempre, hacia abajo.

En la infancia saltamos de dos en dos los escalones y hacemos bandera y medalla de nuestras despellejadas rodillas. Un grito de nuestra madre nos contiene pero, al instante, volvemos a volar, sin miedo, hacia las alamedas.

La juventud nos da más alas y nos hace inmortales -o eso creemos y como tales vivimos-.

La madurez, que es una palabra de consuelo para lo que ya no tiene remedio, nos hace conscientes de todo y descubrimos cuál es el precio que hay que pagar por estar vivo.

Y la vejez... …

Lágrimas y albóndigas de boquerones

"Y desde que reconocí el gusto  del trocito  de magdalena mojada en la tila que  me daba mi tía (aunque todavía no supiera y debiera dejar para más tarde el descubrir por qué ese recuerdo me hacía feliz), en seguida  la vieja casa gris, donde estaba su habitación , vino como un decorado teatral a añadirse al pequeño pabellón que estaba sobre el  jardín..."

Un sábado lluvioso. Una tormenta de junio que atruena desde la calle.
Y me conecto al bendito Internet. Voy a ver mi pueblo en Canal Sur.
Es uno de esos programas donde se tratan con amabilidad a las tierras y a las gentes. Se cantan coplillas, se muestran paisajes. No falta su poquito de cocina, su poquito de monumentos... Su poquito de humilde orgullo  -valga el oxímoron-.

Cuento con emocionarme porque la distancia es mucha y el apego, el mismo que tenía de chica. Y aunque vuelvo y vuelvo cada año y aunque sigo en contacto y aunque disfruto continuamente -a través del agujerito de facebook- de sus paisajes y de su vida,…

Vísperas

Como soy persona de vísperas, estos siempre han sido para mí los mejores momentos del año.

Esas primeras noches de un verano recién estrenado en las cuales, a pesar de estar trabajando, ya no importa el madrugar, ni el agobio de los últimos días, ni las tareas que se acumulan para cerrar un año académico y empezar otro.

A estas horas de la casi madrugada, cuando otras veces doy vueltas, desasosegada, mientras el tic tac del despertador me pone nerviosa, hoy, sin embargo, me acodo en la terraza y respiro el aire tibio que tanto promete.

Apenas pasa algún coche y el ruido, que durante el día es dueño y señor de la avenida, ha retrocedido dejando sonidos que ya son solo ecos de la actividad diurna.
Pasa un joven paseando un perro y el ascua de su cigarrillo brilla en la acera en penumbra.
Pasa un ciclista, tan desubicado a esta hora pero mucho más seguro.
Un taxi, con la luz de libre, para en el semáforo.
Reggaeton a todo trapo desde un coche lleno de jóvenes, quizá ya demasiado cargado…

Escribo para mi gato VIII. Mi último viaje

Son ya nueve los años en que recorro este camino de ida y vuelta.

El aire ardiente de África me llama cuando el otoño se vuelve inclemente.
Pero, con cada primavera, siento la voz de la tierra en la que abrí los ojos.
Grita mi nombre y el de mis compañeras. Su reclamo es más fuerte que el cansancio y la pereza. Más fuerte que el acomodo y la rutina. Va más allá de mi propia vida: está enlazado en las vidas infinitas que me preceden y es herencia eterna que me sobrevive.

Desde las alturas veo los campos y el mar. Veo a los hombres, con sus afanes. Veo los paisajes amables y los hostiles.
Cruzo el Estrecho y la luz del Mediterráneo me golpea en el pecho. No entiendo de kilómetros pero el peso que llevo en las alas me dice que son muchos los que he dejado atrás.

Ahora ya siento que estoy llegando al final. Tras esos campos repeinados en verde aparecen los tejados conocidos de mi pueblo. Hago un último alto en la sierra y escojo de un vistazo certero donde va a estar mi casa.
Quizá este …

Cromos que me faltan

La otra mañana, hojeando La Vanguardia, me encontré con una columna en la que se le daba vueltas a un tema que es objeto de muchas opiniones y controversia.
El asunto en cuestión es si vivimos los actos, los viajes, los acontecimientos... o hemos perdido el placer de su disfrute en presente para trasladarlo, en una pirueta temporal, al momento en el que mostramos las fotos a los demás y a nosotros mismos.

Contra ese comportamiento habitual de echar fotos sin medida (ay, el carrete famoso que nos obligaba a seleccionar qué foto tomar) y compartirlas, en presencia o por las redes sociales, se alzan muchas voces, algunas airadísimas.
Que desatendemos la vida que está pasando a nuestro lado. Que cambiamos el disfrute de ahora por, como se dice en esta columna, el disfrute del futuro. Que buscamos encuadres, sonrisas, ángulos... y descuidamos el trato, la mirada, el roce. Que hacemos de nuestra vida una película en la que somos actores, directores, guionistas, figurantes... Que nos perdem…

Olivos

Cosiendo con pespuntes infinitos los retales del paisaje.

Mimados por los hombres del campo: un ojo entre sus frutos y otro en el cielo. Que si llueve, que si no, que si es año de cosecha...
Admirados por sus frutas hinchadas, sus soleras perfectas, sus ramas preñadas de fortuna venciéndose hasta el suelo... Mostrados como se muestra a un hijo.

Duros. Orgullosos de ser humildes.
Grises. Verdes. Plata.
A veces polvorientos y a veces luminosos.
Señores y esclavos de las lomas.
Nos precedieron; nos sobrevivirán: eternos, inmutables.
Padres y descendientes. Dadores de vida. Dueños de sueños. Simbolos de la tierra que te golpea el pecho.

Geometría del corazón, líneas del alma, costuras de la vida, entraña pura: rebañando su aceite tomo la comunión.

Imagen: Fotografía familiar (Jesús Chivite). 3 de agosto de 2003.

Hoy voy a hablar de Julieta

Julieta tiene los ojos del color de la curiosidad.
Su mirada es mitad asombro y mitad ternura.

Se ha hecho la dueña de la casa y, como nos temíamos, de nuestros corazones.

Explora incansable los rincones y rinconcitos. Salta, brinca e, inesperadamente, cae en un trance de sueño repentino como el bebé que es.

Acecha imaginarios enemigos tras los muebles y los sorprende y, ufana, se dirige hacia otro objetivo más inalcanzable.

Es limpia y relamida. Se acicala al sol y se limpia concienzudamente los bigotes. Oculta pudorosa todo aquello que debe ser ocultado con el esmero de un ama de casa de las antiguas.

Tantea los lugares en los que quiere echar una cabezadita y escoge, preferiblemente, aquellos en los que el calorcito humano le dice que va a estar protegida.

No le gusta que le impongan encierros. Ella es libre e independiente. Maúlla desesperadamente para hacerse oír y no consiente más imposición que la que llega desde el cariño. Nos compromete lanzándonos pequeños avances provocado…

Dicen que cumplo un año más

Lo dice la rotundidad inapelable de las fechas y el calendario. Lo dicen mi partida de nacimiento, mi carnet de conducir y mi carnet de identidad.

Lo dicen el registro de la Seguridad Social, los documentos que pueblan mil y un archivos y que llevan mi nombre. Lo dicen la DGT, la AEAT, la Generalitat, el carnet de Familia Numerosa, el de la biblioteca y el del polideportivo.

Lo dicen mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Lo dice Facebook.

Y aunque yo me he levantado esta mañana con ganas de disimular, he tenido que rendirme ante tanto rumor que resultó ser cierto: hoy cumplo un año más.

Me busco, entre curiosa y resignada, las señales inapelables de ese cambio de año y hago inventario: una arruga inclemente que, instalada en el entrecejo, ya lo define; una cana rebelde que se enseñorea del flequillo; un cansancio mañanero que se resiste, incluso, a la ducha vigorosa; una pesadumbre indefinida en lo que tendría que ser un feliz día; un puntazo en el corazón que espera fel…

Escribo para mi gato VI. El hijo de la costurera

Así salió él de mujeriego.

Cada tarde, cuando llegaba del colegio, con la calle ya entre dos luces, encontraba en la galería -junto al pan con chocolate y el hoyo de aceite- a una señora en viso.
Algunas eran delgadas, casi niñas, con esas cinturas apenas salidas de la infancia que se recuestan todavía en unas caderas a medio hacer.
Otras, en cambio, eran señoras-señoras, como les gustaban a su padre y a sus amigos del casinillo. Rotundas les llamaba su tío Pedro. Imponentes les llamaba Julián, el del colmado.

A él le gustaban todas. Las menudas y las entraditas en carnes. Las morenas, las rubias. Las de la piel pecosa y blanca como la espumilla de la leche que hervía en los cazos. Las de piel oscura. Las que parloteaban sin cesar mientras su madre, la costurera del barrio, les iba respondiendo como podía, jugándose la vida con los alfileres en la boca.
Le gustaban también las que callaban y se limitaban a asentir a este o a aquel comentario sin dar pie a conversaciones.

Ellas, todas…

Como agua de mayo

Como agua de mayo llamamos a aquello que nos llega cuando más lo necesitamos, a lo oportuno, a lo que nos hacía falta, a lo que nos bendice.

Sin embargo, este agua de mayo tan mansa y persistente; este agua de mayo que lleva días instalada entre nosotros me ha traído una melancolía infinita.

Ese cielo tan cercano y plomizo que descubro al descorrer la cortina por la mañana es un cielo que me encoge el corazón sin tener motivo ni razón.

Quizá es el cansancio del invierno, quizá el haber tenido la miel en los labios con unos días soleados, brillantes, luminosos que lo prometían todo.

Tal vez sea que, a medida que pasan los años, salir de un invierno se nos hace algo más apremiante. Creemos que con las tardes de sol, con las siestas indolentes, con las noches estrelladas recuperaremos infancias y juventudes cada vez ¡ay! un poquito más lejanas.

Por eso este agua de mayo que los hombres del campo tanto agradecen a mí me está costando tristeza, añoranza, melancolía, nostalgia. Un pellizco…

Velis nolis

Van a pasar los años y ajarán tus manos, tus mejillas; huirá el brillo de tu pelo y la luz de tu mirada. Velis nolis.

Lo que empezó estallándote el corazón se quedará en rescoldo, en tibia brisa, en remanso lento. O quizá solo en humo.Velis nolis.

Aquellos que fueron tu refugio y tu alegría partirán de tu lado. Poco a poco olvidarás sus voces y el tacto de sus manos. Velis nolis.

Crecerán tus hijos. Volarán y el centro de su vida será otro sitio y otras gentes. Velis nolis.

Los amigos del alma se perderán en los vericuetos de la vida. Las tardes infinitas que pasaste con ellos serán un hueco en tu memoria. Velis nolis.

Cambiará tu tierra y será otra. No conocerás sus caminos ni sus calles. Las piedras que pisaste en dulces madrugadas dejarán de ser piedras y de ser conocidas. Velis nolis.

Las canciones, los libros, los poemas queridos... lo que formó tu alma dejará de escucharse, de correr boca a boca; nadie recordará haberlos recordado. Velis nolis.

Los gestos que repites, que parec…

Lo que las heroínas literarias me enseñaron

Ana Karenina, que aquello que fue no será para siempre, por fuerte que parezca. Que hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede conseguir. Que hay cargas cuyo peso doblegan el alma.

Doña Inés, que la potencia de la entrega y la inocencia pueden vencer la villanía. Que el amor es sanador. Que hay esperanza.

Scheherezade, la fuerza de la voluntad y el poder de la narración. Que alguien que no te quería te puede llegar a querer. Que las llamas se prenden con la constancia.

Alicia, que no hay barreras cuando juegas con la imaginación y la curiosidad. Que de ser especial nace todo lo bueno.

Emma Bovary, que hay que luchar contra las vidas mediocres, conformistas y sumisas, cueste lo que cueste. Aunque en el intento se quede la piel.

Antígona, que la desobediencia es a veces el camino de la liberación. Que combatir por lo que creemos nos libera y, si en ello perdemos la vida, habremos ganado sin duda.

Emma Woodhouse, que hay que escuchar al propio corazón. Que vivir pendiente de los…

Escribo para mi gato V. No sabré que es el último

Es el invierno la estación de la duda.
Dudo si volverán las flores a mecerse en la tierra.
Dudo que el sol me dore las puntas de las trenzas.

No sé si habrá una tibia mañana en la que el aire huela de nuevo a primavera.
Si se verán las calles colmadas del gentío que busca  la alegría en saberse querido.

La jacarandá en flor llenará las aceras, quizá. Si el invierno se acaba.

Si al final del invierno yo sigo entre vosotros la piel se hará mañana.
Recibiré en la cara los besos más sentidos.
Seré de nuevo niña. Seré de nuevo tierna.

Me duelen los inviernos. Los cuento por docenas.
Me llenan los álbumes de muertos, la vida de tristezas.

En el último invierno no sabré que es el último.

Inventario de lugares propicios al amor

Esta semana hemos tenido comidilla: en las redes sociales, en la tele, en los grupos de whatsapp, en las tertulias con amigos y compañeros...: la pareja que, este pasado sábado, tuvo una urgencia y decidió consumar en la estación de metro de Liceu, en Barcelona.

Los comentarios, variopintos, iban desde lo más vulgar a lo más metafísico. Que si qué asquito luego sentarse ahí, que si dónde acaba la libertad de unos y empieza la de otros, que si dónde vamos a ir a parar, que qué hacía la gente mirando y sin actuar (??)...

TMB se lava las manos -'nadie pulsó el botón de alarma' (???)-. Los mossos, también -'no hay denuncia'-. Y los espectadores del andén (que fueron muchos aunque en la imagen no se recoja) supongo que tendrán sus propias explicaciones sobre su indiferencia, su apatía, su sorpresa, su vergüenza ajena.

Yo, que soy romántica por naturaleza (aunque esas luces, esa gente, esos calcetines puestos, esa ropa tirada en el suelo del andén no ayuden) le ofrezco a la…

En los días más largos y tristes del invierno...

En los días más largos y tristes del invierno,
cuando la primavera era solo una palabra,
dibujaba tu perfil en el cristal de la ventana.

Una subida, una bajada, un largo llano, una abrupta caída
y, siempre, allá en lo alto, un sol de largos rayos.

Afuera llueve y hace frío pero el cristal reluce
y mi dedo infantil es un pincel de sueños;
la imagen empañada eres tú misma,
no hay tiempo ni distancia.

Soy poderosa y te traigo a esta casa tan fría,
a esta tierra tan otra,
a esta vida tan tibia.
Soy poderosa y, en cerrando los ojos,
la piel se hace verano
y tú, tan maternal, tan mía,
me soplas al oído promesas de alegría.

La batalla del tiempo la acabaré perdiendo.
Y cerraré mi vida quizá una primavera,
quizá un lluvioso otoño.
Evocaré personas y momentos de dicha.
Evocaré tu sombra.
Y moveré en silencio los dedos en mi pecho:
una subida, una bajada, un largo llano, una abrupta caída
y, siempre, allá en lo alto, un sol de largos rayos.

Imagen: fotografía familiar. Diciembre de 2015.

Escribo para mi gato IV. En la línea diecisiete

Había cumplido cincuenta y uno un viernes de febrero, entre la desolación y el hastío. Cuando sopló la cerilla del enésimo cigarrillo del día se dijo a sí misma felicidades y su voz rebotó, como siempre, de la cocina al cuarto.

El sábado siguiente lo conoció.
No se parecía a su príncipe azul ni a ninguno de los tres amores anteriores de su vida.
Su mirada canalla se prendió en la suya en el mismo instante en que puso el pie en el autobús.

Al llegar a su parada vio de reojo cómo bajaba detrás de ella. Era ya de noche y en los charcos había falsos arco iris.
No se giró a pesar de oír cómo acompasaba sus pasos a los suyos. Ni se giró cuando dejó de oírlos mientras metía la llave en la cerradura. Empujó la puerta y, entonces sí, se apartó a un lado, franqueándole el paso.

Él solo tuvo que acercar su boca a la suya para darse cuenta de que podía hacer mil años que lo esperaba.
Subieron la escalera tanteándose como dos adolescentes inexpertos; tiernos y apasionados a la vez.
La casa los re…

Querida Ana Mari

Querida Ana Mari:

¿Qué haces con esas mangas, ese vaquero, ese calzado... bajo el furibundo calor de agosto? Ni siquiera el frescor del Torbiscal debe estar aliviándote.
¡Ah, ya lo veo! No te gusta mostrarte en ese -tú no sabes que lo es- esplendor juvenil. Te ves poquita cosa, tan delgada, casi invisible entre tus amigas; más mujeres, más hechas, llevándote (permíteme la broma), nunca mejor dicho, la delantera.

¿Y qué escondes a tu espalda?
¡Ah, ya está! El sombrero que te pidieron que te quitases para la foto. El que oculta tu cara de niña buena, dos o tres granitos que se te hacen montaña y unas cejas recién depiladas por vecinas muy dispuestas que te han dicho que es de lo mejor para parecer mayor.

Te han pedido que sonrías y apenas lo haces.
Es curioso, tantos motivos para la risa y tanta timidez para mostrarla. Aún han de pasar muchos años antes de que, ante el objetivo del fotógrafo, te muestres espontánea y feliz. Feliz a pesar de que la vida ya no te dé tantas oportunidades.…

No sé qué es de mi oreja sin tu acento

Pido prestado este verso preciso y precioso a Miguel Hernández para hablar de las voces. Tenemos por costumbre alabar los ojos, las miradas, el gesto, el roce, los labios... Y allí, en la distancia, olvidadas, dejamos las voces.
Yo, que tengo un pésimo oído para la música, aprecio sin embargo los tonos, los matices, los acentos, las cadencias que quiero... Yo, que soy gritona por naturaleza y por deformación profesional, valoro el susurro, el silencio, la voz calmada...
Una voz amiga, una voz amada, nos devuelve a la vida si estamos cayendo. El acento inconfundible de alguien que nos quiere, nos respeta, nos comprende, nos salva de lo oscuro. Creemos a veces, incluso, oír a alguien que ya no está entre nosotros y eso nos reconforta. En cambio, cuando queremos recordar una voz que ya se nos fue y somos incapaces sentimos que estamos perdiendo parte de nuestra historia y de nuestra vida.
Las voces, las grandes olvidadas, nos han dado placeres infinitos: llamamos al novio adolescente del que …

Recetas de fácil prescripción y difícil administración

No dar más oportunidades que las merecidas.
Quererse por encima de los juicios ajenos.
No tropezar dos veces con la misma piedra.
No perder el tiempo odiando cuando puedes querer.
Valorar los hechos y no las promesas.
Acordarte de lo malo para prevenir y de lo bueno para agradecer.
No dejar que crezca la hierba en el camino de la amistad.
Confiar en la intuición y en lo que el corazón dicta.
Alejarte de las personas tóxicas.
Cultivar el trato con la buena gente.
No perdonar tanto que te traten de tonta.
Dejar ir a quien quiera alejarse.
Amar sin medida solo a quien lo agradece.
Saber separar el grano de la paja.
Llorar, secarse las lágrimas y tirar adelante.
Olvidar los problemas que no tengan solución y remangarte ante los que la tengan.
Y repetir como un mantra "esto también pasará".


Mi ciudad

Me he levantado temprano pero, aún así, el cielo ya estaba teñido de colores.

El sol se levanta entre terrazas y antenas. No descubre en su salida montes ni ríos; playas ni campos. No ilumina senderos ni bosques. No señala el camino de solitarios paseantes. Enciende el asfalto. Acompaña el ajetreo y el ruido. Sorprende el trabajo, el bullicio y la prisa.
En la esquina del mercado, en el andén del metro, en cualquiera de sus calles, mi ciudad se despereza apresurada, como siempre.

Mi ciudad es una piña, un girasol, una mazorca, una colmena, un racimo... donde el roce no hace el cariño.
No hay resquicios ni espacios entre cuerpos. Un camarote de los Marx inmenso, más atestado que nunca.
Mi ciudad son doscientas sesenta mil personas -quizá algunas almas menos- recolocándose en doce quilómetros cuadrados.
Mi ciudad revienta por las costuras de la vida mientras oye hablar cien lenguas y vibrar mil músicas.

Mi ciudad es un cruce de caminos. Mi ciudad es una patera que llevó a la orilla pri…

Escribo para mi gato III. El contenido no está disponible

Y abrió el face y no lo encontró.

Y, en su desesperación, solo halló consuelo en el ripio melancólico.







El contenido no está disponible.
Es un verso perfecto de soneto.
Cargado de metralla está repleto
y hiela el corazón; verso terrible.

Las palabras y voces que han callado
son murmullos ya solo en mi cabeza.
Las antenas, que mueren de pereza,
me niegan alimento enamorado.

Se cortan los caminos y los pasos,
se sellan las salidas y las vías,
se rechazan los últimos abrazos,

se niega que dijiste que morías.
Y hiere el corazón, con un zarpazo;
sentencia de la vil tecnología.