Mi madre siempre iba a la moda. No le temía a ponerse lo último de lo último. Tenía mi madre una sonrisa espléndida, de la que estaba muy orgullosa. Fue rubia platino muchos años de su vida. En el pueblo y en el barrio la recuerdan aún algunos como "la rubia". Con doce años, viendo a mi padre subirse al camión de los quintos, supo que se iba a casar con él. Mi madre me contaba los imposibles dolores de cabeza que le daba el colgar el tabaco que mi abuelo cosechaba. Era optimista por fuera y pesimista por dentro. Se la llevó la tristeza que le crecía en el pecho, sin que pudiéramos ayudarla. No le gustó irse del pueblo y no le gustó volver al pueblo. A mi madre le gustaba hacer favores a familia y amigos. Mucha gente le pedía consejo. Hubo hermanos que la quisieron y alguna que no. Su infancia tuvo días luminosos en la huerta de la Camorra. Mi madre se hacía el rabillo del ojo, se ponía pinzas por la noche y me decía "Ana Mari, píntate un poquito". Adoraba a su madre...