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Mi madre. Biografía de lo cotidiano III

Mi madre siempre iba a la moda. No le temía a ponerse lo último de lo último.

Tenía mi madre una sonrisa espléndida, de la que estaba muy orgullosa.

Fue rubia platino muchos años de su vida. En el pueblo y en el barrio la recuerdan aún algunos como "la rubia".

Con doce años, viendo a mi padre subirse al camión de los quintos, supo que se iba a casar con él.

Mi madre me contaba los imposibles dolores de cabeza que le daba el colgar el tabaco que mi abuelo cosechaba.

Era optimista por fuera y pesimista por dentro. Se la llevó la tristeza que le crecía en el pecho, sin que pudiéramos ayudarla.

No le gustó irse del pueblo y no le gustó volver al pueblo.

A mi madre le gustaba hacer favores a familia y amigos. Mucha gente le pedía consejo.

Hubo hermanos que la quisieron y alguna que no.

Su infancia tuvo días luminosos en la huerta de la Camorra.

Mi madre se hacía el rabillo del ojo, se ponía pinzas por la noche y me decía "Ana Mari, píntate un poquito".

Adoraba a su madre y su palabra, para ella, era ley.

Mi madre no conoció a mi niña. Mi niña conoce a su abuela por lo que yo le cuento.

Cada Nochebuena hacía "guarritos", como ella les llamaba a los calamares rellenos.

Mi madre pasó el tifus cuando era joven.

Cantaba tan mal como yo, pero no paraba de cantar mientras lavaba a mano.

Hoy hace veinticinco años que lloro a mi madre.

Imagen: en la boda de su Teresa.


 
 

Comentarios

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Mi madre los hace también en Nochebuena.
    Menudo trabajo dice...
    Pero cada año los vuelve a preparar y yo me acuerdo de ti.

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  3. Que buen recuerdo todas esas vivencias. Un lujo a pesar de todo!!!

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