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Verano azul

Los veranos son azules. Para los niños los veranos siempre son azules.
Ni cruceros de lujo, ni complejos resort todo incluído, ni yates ni playas recónditas.

Un pueblo abandonado, Susqueda, donde la gente tuvo que salir y dejar sus casas, sus tierras, sus vidas. Una desgracia que es una alegría para un puñado de niños que viven un verano inolvidable.

La más pequeña, con mini vestido, enseñando las braguitas como tocaba en aquella época, soy yo. Mi tío José me coge por los hombros. A mi alrededor mis primos, un tío lejano y un chaval que no recuerdo. Correteando entre las hierbas, viendo los ágiles alacranes esconderse bajo las piedras, yendo a buscar agua a la fuente, contemplando extrañada a la única mujer que se resistía a dejar lo suyo y que quería ser sepultada por el agua... qué pequeñas y qué grandes eran las cosas cuando se tenían los ojos inocentes.

Mi tíos trabajaban en la construcción del embalse y, mientras, vivían en una de las casas vacías del pueblo.
Allá fuimos mis padres y yo a pasar unas semanas de Agosto. Calor y chicharras. Libertad y compañía. La felicidad en estado puro. Noches de confidencias apenas entendidas desde mi corta edad. Días de aventuras. Ni pasado ni futuro: el presente en estado puro que da las más grandes satisfacciones.

Homenaje a un verano azul lejos del Sur que tantos veranos azules me dio.
¿Quién recuerda más veranos de puro placer?

(Imagen: fotografía familiar. Verano del 66)

Comentarios

  1. De puro placer, recuerdos muchos.
    Para empezar, cuando tenía las estrellas en la punta de mis dedos, en Andalucía. Aquellas noches de paseos, de juegos, de saludar a las gentes que hablaban en la puerta de su casa con los vecinos sentaditos en su sillas o mecedoras de enea.
    Aquellas siestas en Torredonjimeno, jugando con mis primos bajo la complicidad de mis abuelos intentando respetar el sueño de los padres mientras esperábamos el carrito del helado.

    Y, si nos remontamos menos, cuando ejercía de súper mamá en la playa y ponía cremitas, acarrreaba cubos y palas, canturreaba aquello de "hola, hola, le dije a la ola..." y contemplaba, extasiada, las caritas de alegría y de inociencia de mis dos hijos...
    ¡Qué bonitos recuerdos me has hecho recordar! (valga la redundancia)

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  2. Los del pueblo son imborrables. A veces sueño que sigo siendo niña y que mi abuela me llama desde la puerta de la casa.

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