Ir al contenido principal

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...

"Dime, Niño, de quién eres 
todo vestido de blanco. 
Soy de la Virgen María 
y del Espíritu Santo. 


Resuenen con alegría 
los cánticos de mi tierra 
y viva el Niño de Dios 
que ha nacido en Nochebuena. 

La Nochebuena se viene,

la Nochebuena se va. 
Y nosotros nos iremos, 
y no volveremos más. 

Dime Niño de quién eres

y si te llamas Jesús. 
Soy de amor en el pesebre 
y sufrimiento en la Cruz. 

Resuenen con alegría

los cánticos de mi tierra 
y viva el Niño de Dios 
que ha nacido en Nochebuena".


Poníamos boca abajo el cajón en el que nos había llegado la matanza del pueblo y lo arrimábamos a la pared. Colocábamos con chinchetas en la pared un papel azul oscuro con estrellas, una de ellas con cola brillante.
Echábamos viruta marrón, viruta verde... Poníamos un río y un laguito con papel de plata. En un esquina, el pesebre con la mula, el buey, San José, la Virgen y el Niño. En lo alto, un ángel. 
Mi padre le había hecho un agujero al portal de corcho y allí se escondía una bombillita roja de una plancha de juguete que yo había tenido. 
Había un pozo, los tres Reyes -que avanzaban cada día un poquito-, los pajes, pastores, ovejas, lavanderas, leñadores, patos, gallinas, alguna figurita irreverente...
Tapábamos el cajón con más papel brillante y algo de espumillón.

Cada día, cuando mi madre hacia un alto en el trabajo diario -el de casa y el que hacía para la calle- cogíamos la pandereta, el almirez, la botella de anís... Apagábamos la luz y encendíamos la bombilla roja del portal. 
Y cantábamos. Mi madre y yo. A cual con peor voz y peor oído. Pero con entusiasmo. 

Yo me sabía todas los villancicos: el labrador que ayudaba a huir al niño Jesús y recibía en pago una cosecha adelantada; el ciego que le regalaba naranjas y recobraba la vista; la vieja que venía con el "aguilando"; la burra que iba cargada con chocolate (?); los peces que no paraban de beber en el río; los campanilleros; el que animaba a los pastores a ir a Belén; el que arreaba al borriquillo; las campanas sobre campanas; los cuatrocientos que llegaban a la puerta y querían cuatrocientas sillas; el chiquirritín que estaba metido entre pajas; la alegría y el placer que daba que ese día iba a nacer el Niño; el que daba cobijo al Niño más hermoso que el sol bello; la cansina de la Marimorena y, cómo no, el que preguntaba al Niño de quién era.

Recuerdo haber sentido esas tardes, en la penumbra rojiza de la habitación, una felicidad tan completa como pocas veces he vuelto a tener. Todo era casi perfecto: mi madre para mí sola, la alegría de las vacaciones, los Reyes -cada vez más cerca en una época en la que los niños nunca teníamos regalos porque sí. Solo hubiera faltado estar en el pueblo pero eso era algo a lo que yo ya me había resignado.

Y sin embargo, en aquella perfección de la niñez había un villancico que me inquietaba, que me dejaba una pelllizquito de congoja en el corazón: "La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más". 
"Mamá, ¿eso es que nos vamos a morir?". "Sí, Ana Mari, pero eso será dentro de muchos, muchos años". Y nos arrancábamos con otra canción y la sombra se disolvía como por encanto.

Y las Nochebuenas se vinieron, y se fueron... Se llevaron lo que queríamos, a quienes queríamos.
Dejaron en su lugar compras atareadas, reuniones no siempre deseadas y muchos, muchos huecos. En las sillas y en el corazón.

Y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Imagen: fotografía familiar. Años 60.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

El niño de la Tomasa

El niño de la Tomasa nació en Córdoba, la llana; la Sultana, la que reluce al sur de Europa.

Con ese nombre y esa piel verde aceituna, estaba destinado a ser torero -fina cintura quebrando en el albero-, cantaor -quejío profundo en la madrugada- o, quizá, bailaor -gracia y templanza en cada paso-...

El niño de la Tomasa quizá tenía un futuro más anónimo: recoger aceitunas, tener una novia morena como su madre, pasear los puentes tendidos sobre el Guadalquivir hermoso, aspirar el aroma en el patio de los limoneros, llevar a sus hermanos de la mano entre casas encaladas, besar la frente de su abuela sentada al fresco de la noche estival...

Y, sin embargo, vocea desde más allá del Mediterráneo cantos de muerte; recoge de la historia nombres medievales, pueblos y territorios que duermen en los libros para amenazar, dedo en alto, con horrores infinitos.

Clama y reclama por una tierra que fue suya y que dejó atrás en nombre de los dioses que se alimentan de sangre. Tuvo en su mano la fortu…