Ir al contenido principal

Quince años tiene mi amor

Mediodía de un martes. Una nueva vida llegaba a nosotros.
Rollizo, llenito de manteca, guapo y sano. Así llegó al mundo nuestro Martín hace ya quince años.
Trajo bajo el brazo no un pan pero sí alegría, diversión. Desde que empezó a moverse lo veíamos pícaro, seductor, cariñoso, tierno, independiente... un pequeño "pececito" con ideas claras.
Sabe lo que quiere y va a por ello. Protesta y razona, a su manera, con energía. Tiene un corazón que no le cabe en el pecho y hará feliz a mucha gente a lo largo de su vida como ya lo está haciendo con nosotros.
De esta foto ya hace algún tiempo pero me gusta porque es una metáfora de su carácter: tirar adelante, superar dificultades, buscar el camino...
Un tesoro al que cada día se le quedan los pantalones más cortos.
Que la vida le conceda lo que se merece.

Comentarios

  1. Desde pequeño ha sabido hasta dónde se guardan los más preciados secretos.
    Muchos besos de su "hermano de moco" y de todos nosotros.
    Lo celebraremos.

    ResponderEliminar
  2. Per molts anys per la part que toca als papis.

    ResponderEliminar
  3. Gracias, Paqui y familia, por celebrar todo lo bueno con nosotros.

    ResponderEliminar
  4. Me sumo a esa felicitación dedicada a todos y sobre todo a él. Para el quinceañero, por un futuro que mire hacia adelante. Muchíííííííísimas felicidades y salud para ser feliz wapo!!! Bsts. Mari

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias de su parte y de todos los demás, por la parte que nos toca.

      Eliminar
  5. Ana,
    me ha encantado la entrada de Martín al bloc.
    ¡Un beso guapa!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Parece que fue ayer cuando nos lo pusieron en los brazos, tan mantecosito, ¿verdad?

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

En mi casa

Llegará. Lo sabemos pues nos dijeron que es lo único cierto.
Vendrá queda, sin hacer ruido, como llegan las tardes otoñales o los ocasos plácidos. De puntillas, silenciosa. Suave, plácida, señora.
O vendrá tormentosa, con estruendo, haciéndose notar, echando pregones, anunciada, batallada, vencedora. Cruel, impía.

La esperaremos sentados a la puerta, viendo pasar la vida ya un tanto ajena a nosotros; con los caminos recorridos y todas las puntadas dadas.
O descubriremos sorprendidos que llega a deshora, que nos pilla sin arreglar aún; que tenemos un puchero en la lumbre y no hemos cerrado tantos cajones abiertos.

Saludaremos su llegada porque la eternidad es triste cuando se fueron tus amigos de la escuela, el vecino, los tenderos de toda la vida y jóvenes que se te adelantaron sin querer ni deber.
O pediremos más tiempo; no aún, no todavía, no tan pronto, no en este momento.

Habremos preparado su llegada. Hecho encargos. Repartido cartas. Despedido gente.
O marcharemos sin un adiós.…

En Cantareros, ocho.

En Cantareros, ocho. Una casa pequeña, encalada. Una reja sobresalida, en el primer piso, por donde salió al mundo mi primer grito. En el zaguán fresco del mes de mayo despide mi padre a la comadrona. Hasta el año que viene, dice Lucía, acostumbrada a visitar a menudo a las familias. Yo me quedo acomodada al lado de mi madre. Aún no sé en qué parte del mundo me ha sido dado nacer. Cómo se llama mi pueblo, los habitantes que tiene, de qué vive su gente. Aún no sé que una sierra lo cobija y que están construyendo un monstruo que contiene las aguas.
Cuando salga a mi calle –corta, llanita, una rareza entre las cuestas empedradas que la rodean- veré un cielo azul y geranios acomodados en aros en las puertas. Veré, quizá, la puerta de la ermita, y a las vecinas que dan la enhorabuena. Se paran a mirarme y mi madre retira la toquilla. Del migajón de la morcilla, dice una, porque soy morenita aceituna. Y llora mi madre cuando llega a casa de la suya porque mi tiempo es aún el de las mujeres b…

Los hombres del campo

Nacen los hombres del campo con los ojos en la cara.
Ni la teoría de la evolución ha podido explicar este terrible fallo de la naturaleza pues su mirada solo tiene camino hacia los cielos.
Acostumbran a su nuca los hombres del campo a torcerse hacia arriba -la gorra, el sombrero de palma, la mascota en difícil equilibrio vertical- pues la herencia, obstinada, insiste en negarles aquello que más necesitan.

Escrutan los hombres del campo las nubes. Conocen sus formas y el color que las tiñe:
les gustan grávidas, preñadas, con paso indolente y cansado;
les gustan demorándose entre las sierras, escogiendo perezosas las tierras agraciadas con su fértil lotería.

Los hombres del campo nacen sencillos y por eso, una nube oscura, arrastrándose, y el polvo salpicado del camino les alegran los días.

Son capaces los hombres del campo de oler el agua. El vientecillo que se mece entre los olivos es tema de tertulia y de casino: huele a chubasco, a llovizna, a chispeo, a aguacero, a agua temporal..…