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Un gran olvidado: Ibargüengoitia

Hace unos días fui de nuevo al mercado de San Antonio.

El paseo entre los puestos de viejo era algo habitual en mi infancia y cuando mis hijos eran pequeños.

Aquello que mis padres hicieron conmigo llegó el momento de repetirlo con ellos.
Empezaban una colección de cromos -de fútbol, pokémon, animales...- e iban completándola hasta que, en los sobres, se repetían y se repetían sin que acabaran de salir los que debían llenar los últimos huecos.

La solución era el mercado de San Antonio. Llegábamos llevándolos de la mano. Sus ojos brillantes y su sonrisa expectante lo decían todo. Doblada en un bolsillo, la lista de los cromos que faltaban y, apretaditos en la mano, el puñado de "repes".
Una vuelta para tantear el terreno. Los más difíciles, caros. Nos acercábamos a las chaflanes exteriores donde otros niños como ellos pasaban sus ojos y sus manos rápidamente por los suyos y por los que otros niños les mostraban. "Tengui, tengui, falti, falti...".
Entre los cambios y las compras volvíamos a casa con la colección completa. Por fin. Ilusión cumplida.

Y esos domingos y esas ilusiones sencillas quedaron atrás con lo cual el mercado de San Antonio es un lugar que ahora no suele estar en nuestros planes.

Pero hace unos días volvimos a ir. Está, provisionalmente, en una ubicación diferente mientras arreglan el antiguo mercado.
En un gran carpa se alinean los puestos de libros, de cromos, de fotos... Las personas que los regentan suelen tener tiendas de libros de viejo y colecciones. Los domingos por la mañana llevan allí parte de su mercancía. Si preguntas por algo que no tienen te lo traen el próximo día o, en estos nuevos tiempos, te remiten a su página web para que lo encargues.

Decidí que era el momento ideal para hacerme con algunos libros de un gran escritor mejicano fallecido en un accidente aéreo ocurrido en Madrid en el año 83, Jorge Ibargüengoitia.

Este escritor me lo descubrió mi amigo Ramón prestándome su obra más lograda, Las muertas. Me entusiasmó tanto que, poco a poco, fui sacando otras de la biblioteca: Los relámpagos de agosto, Maten al león, Estas ruinas que ves...
Era un escritor privilegiado, un grande. El humor, la melancolía, el apego a la realidad inmediata... todo se conjuga y se funde para dejar páginas memorables. Solo tenía 55 años. Nunca sabremos lo que nos hemos perdido.

Ahora quedaba, después de haber disfrutado de la lectura de sus obras, comprarlas, tenerlas, lucirlas y releerlas siempre que me apeteciera. Poseer aquellos libros que se aman es un placer que forma parte de la lectura.

Pero no son fáciles de conseguir y el mercado de San Antonio parecía un buen sitio.
Empecé a preguntar y lo que me encontré ante la pregunta sobre algún libro de Ibargüengoitia fue sorprendente: cejas levantadas, qués, ibarqué, encogimiento de hombros...
Ibargüengoitia, muerto hace más de 30 años en un frío noviembre madrileño, parece muerto y enterrado para la literatura. Nadie conoce su nombre, nadie lo reedita, nadie lo lee... No le suena a los que trabajan con libros difíciles de encontrar, con pequeñas joyas no reeditadas.

Muerto para siempre excepto para los lectores fervientes que siempre sabremos que en aquel avión de Avianca no solo murieron personas sino un talento grande que nos hizo disfrutar de la mejor literatura.

Imagen: fotografía personal. 10 de agosto de 2014.

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