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Y un verano más... o menos.

El final del verano siempre nos sorprende.
Creemos que es eterno y que, en sus largos días, tendrá cabida todo aquello que el invierno y el ajetreo cotidiano pospuso.

Se amontonan los buenos propósitos, los libros infinitos, los aprendizajes a nuestro aire, los sitios y las gentes a los que visitar...

Queremos volver morenos, vitales, más sabios, más limpios de corazón, llenos de experiencias, preparados para la vida y sus intransigencias.

Y nos sorprende descubrir que un día otoñal se asoma a la ventana -aunque el calendario se empeñe en decir lo contrario- y nos pilla con todo a medio hacer.

Intentamos entonces, porque el ser humano tiene la grandeza de sobreponerse para que el mundo gire, recomponer nuestras expectativas. Repartimos los libros para las próximas semanas, decidimos que tampoco nos hemos atrasado tanto en los nuevos aprendizajes, recopilamos las fotos y sonreímos ante las gentes y los paisajes que hemos visitado poniendo en el cajón de lo pendiente aquello que no se ha hecho. Pero se hará... el próximo verano.

Y así nos sumergimos de nuevo en el sonido del despertador, en las colecciones interminables que desbordan los kioskos, en los atascos, en la lista de visitas médicas, en los deberes de los hijos, en las necesidades de la familia, en los fracasos y las contrariedades domésticas que se suceden sin darnos tregua.

Y lo llevamos mal. Porque de todo eso hay a veces también en verano pero... ¡es tan llevadero cuando vamos ligeros de ropa y de prisas! Cuando no tenemos frío en las manos. Cuando la luz es viva y el sol nos promete la vida eterna.

Imagen: fotografía personal. 25 de agosto de 2014.

Comentarios

  1. Un verano caprichoso.
    Que nos sucedan muchísimos más para poder poner en orden todo lo que ansiemos.
    Un beso.

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