Ir al contenido principal

No al vintage, sí al viejunismo

Hace muy poquito que sigo el blog cuya cabecera he puesto como imagen.
Y es que es un blog sobre comida. Y la comida es una de las, digamos, cinco cosas que menos me importan en la vida. Vamos, que yo seré feliz el día en que desayunemos, comamos, merendemos y cenemos con una pastillita.
Y digo esto a riesgo de perder los poquísimos lectores que tengo.
Porque no gustarte la comida es un pecado muy grande. Un pecado que cuesta perdonar.
Porque el ser humano viene de una larguísima historia de lucha contra el hambre; de lucha por la pura supervivencia.
Y muchas de las grandes obras de la humanidad -pictóricas, literarias, sociales...- han surgido desde el hambre y para saciar el hambre. Y sus personajes son seres acuciados por el hambre y movidos por el trabajo cotidiano de llevar algo a la mesa.
Y, claro, luchar contra la historia de la humanidad es muy difícil.
La gente arruga la nariz cuando me dejo cosas en el plato, cuando pellizco y remuevo disimuladamente lo que tengo en el plato hasta hacer ver que he comido bastante más de lo que me he llevado al estómago. Tengo mala prensa como comensal y sentarse a la mesa conmigo es motivo de risa, cuando no de conmiseración. Doy penita por perderme uno de los placeres de la vida (eso lo dicen incluso los que lloran cada mañana cuando se suben a la báscula, ja).

En fin, que esa soy yo, la luchadora contra las horas de comer, la damnificada de las fiestas que giran en torno a la comida, la triste (a ojos de los demás, claro) que no disfruta oliendo, probando, catando, paladeando y rebañando.

Y a pesar de todo eso me ha gustado mucho este blog. Porque es fresco y ameno. Porque es inteligente y, a pesar de ello, divertido.

Y de entre todas las cosas que se pueden comentar del blog -que son muchas- a mí me me ha hecho mucha gracia el lema de su autora, "No al vintage, sí al viejunismo".

Creo que es una frase genial. Desenmascara todos esos conceptos tan modernos, inteligentes, culturetas y de moda que arrasan y se instalan y esconden -como la colonia la falta de higiene- la realidad.
Hay cosas que son VIEJUNAS, eso es, así de contundentemente hay que decirlo: viejunas porque hace ya mucho que se llevaban y porque hay gente que no había nacido cuando se estilaban.
Y ahora se recuperan porque lo dicen los gurús de la moda -de cualquier tipo de moda- y resulta que se llaman "vintage" y te los venden por, pongamos, uno o dos ojos de la cara. Y tú te arrepientes hasta el infinito de no haber tenido un hermoso trastero en los 80 o un desván familiar polvoriento y lleno de baúles o, mejor aún, un pariente con un incipiente síndrome de Diógenes del que recuperar todo lo maravillosamente moderno que ya lo había sido.

En fin, que me solidarizo con Biscayenne y reivindico lo viejuno. Con la cara bien alta y el orgullo de haber nacido mucho antes que vosotros, los asquerosamente jóvenes.

Comentarios

  1. Pues aquí voy yo a disentir una miajilla.
    A mi, así como el término "vintage" me evoca objetos y decoración antigua, pero mejorada y revalorizada, el términio "shabby chic" (términos culturetas, ahí te doy la razón) me habla de una mezcala estilosa entre lo moderno y lo antiguo bañada por una paleta determinada de colores y matices.
    En cambio, el término "viejuno" me sabe a rancio y no me emociona.
    Cosas de la terminología, ¡qué le vamos a hacer!

    ResponderEliminar
  2. Y si acercamos terminología al idioma en uso, bien podría ser "no al vintage y sí a lo antiguo con encanto"

    ResponderEliminar
  3. Ja, ja, suena feo pero entrañable.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

En mi casa

Llegará. Lo sabemos pues nos dijeron que es lo único cierto.
Vendrá queda, sin hacer ruido, como llegan las tardes otoñales o los ocasos plácidos. De puntillas, silenciosa. Suave, plácida, señora.
O vendrá tormentosa, con estruendo, haciéndose notar, echando pregones, anunciada, batallada, vencedora. Cruel, impía.

La esperaremos sentados a la puerta, viendo pasar la vida ya un tanto ajena a nosotros; con los caminos recorridos y todas las puntadas dadas.
O descubriremos sorprendidos que llega a deshora, que nos pilla sin arreglar aún; que tenemos un puchero en la lumbre y no hemos cerrado tantos cajones abiertos.

Saludaremos su llegada porque la eternidad es triste cuando se fueron tus amigos de la escuela, el vecino, los tenderos de toda la vida y jóvenes que se te adelantaron sin querer ni deber.
O pediremos más tiempo; no aún, no todavía, no tan pronto, no en este momento.

Habremos preparado su llegada. Hecho encargos. Repartido cartas. Despedido gente.
O marcharemos sin un adiós.…

En Cantareros, ocho.

En Cantareros, ocho. Una casa pequeña, encalada. Una reja sobresalida, en el primer piso, por donde salió al mundo mi primer grito. En el zaguán fresco del mes de mayo despide mi padre a la comadrona. Hasta el año que viene, dice Lucía, acostumbrada a visitar a menudo a las familias. Yo me quedo acomodada al lado de mi madre. Aún no sé en qué parte del mundo me ha sido dado nacer. Cómo se llama mi pueblo, los habitantes que tiene, de qué vive su gente. Aún no sé que una sierra lo cobija y que están construyendo un monstruo que contiene las aguas.
Cuando salga a mi calle –corta, llanita, una rareza entre las cuestas empedradas que la rodean- veré un cielo azul y geranios acomodados en aros en las puertas. Veré, quizá, la puerta de la ermita, y a las vecinas que dan la enhorabuena. Se paran a mirarme y mi madre retira la toquilla. Del migajón de la morcilla, dice una, porque soy morenita aceituna. Y llora mi madre cuando llega a casa de la suya porque mi tiempo es aún el de las mujeres b…

Los hombres del campo

Nacen los hombres del campo con los ojos en la cara.
Ni la teoría de la evolución ha podido explicar este terrible fallo de la naturaleza pues su mirada solo tiene camino hacia los cielos.
Acostumbran a su nuca los hombres del campo a torcerse hacia arriba -la gorra, el sombrero de palma, la mascota en difícil equilibrio vertical- pues la herencia, obstinada, insiste en negarles aquello que más necesitan.

Escrutan los hombres del campo las nubes. Conocen sus formas y el color que las tiñe:
les gustan grávidas, preñadas, con paso indolente y cansado;
les gustan demorándose entre las sierras, escogiendo perezosas las tierras agraciadas con su fértil lotería.

Los hombres del campo nacen sencillos y por eso, una nube oscura, arrastrándose, y el polvo salpicado del camino les alegran los días.

Son capaces los hombres del campo de oler el agua. El vientecillo que se mece entre los olivos es tema de tertulia y de casino: huele a chubasco, a llovizna, a chispeo, a aguacero, a agua temporal..…