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Con palabras prestadas

"Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento..."

He tomado palabras prestadas porque nadie mejor que Ángel González supo decir lo que yo quiero decir desde hace tanto y no sé cómo.

Quiero decir que soy la que soy porque otros tomaron un camino, escribieron una historia, escogieron una alternativa. Porque otros muchos antes que yo dijeron no, o dijeron sí, o aplazaron algo, o acometieron algo sin miedo y sin angustia o con miedo y angustia o a pesar del miedo y de la angustia.

Quiero decir que la que yo soy en este momento, y la que seré cuando falte, a través de mis hijos, es así porque otros muchos acertaron o se equivocaron o escogieron caminos trillados o caminos ignotos. Que unos hombres y mujeres a cuya sangre pertenezco y cuyos rasgos seguramente me acompañan se levantaron con el ánimo dispuesto para hacer o renunciar a algo. Que un gesto o una palabra cambió un destino y lo convirtió, con el tiempo, en mi ser: en mi cuerpo y en mi alma.

Quiero decir y no sé cómo que pertenezco a una larga cadena de morenos y rubios, de bajitos y altos, de generosos y mezquinos, de cansados y entusiastas que han hecho que yo sea quien soy y como soy. 

Que Ana Mª Ruano Benítez se levante cada mañana y se mire al espejo y se reconozca en esa persona y no en otra depende de gestos minúsculos, de grandes decisiones y de ínfimas renuncias. 

Que harían falta muchas vidas para reconocer a los míos si pudiera juntarlos a mi lado. Que el más lejano de mis antepasados es mío y a él pertenezco.

Que quisiera, como tantas religiones prometieron, asomarme un día a un espacio ignorado y sentir que me uno a todo aquello de lo que vengo. Que soy una con quien me precede y con quien me sigue. Que soy, por fin y para siempre, pasado, presente y futuro infinito.

Imagen: fotografía familiar. Años 60.

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