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Inventario de lugares propicios al amor

Esta semana hemos tenido comidilla: en las redes sociales, en la tele, en los grupos de whatsapp, en las tertulias con amigos y compañeros...: la pareja que, este pasado sábado, tuvo una urgencia y decidió consumar en la estación de metro de Liceu, en Barcelona.

Los comentarios, variopintos, iban desde lo más vulgar a lo más metafísico. Que si qué asquito luego sentarse ahí, que si dónde acaba la libertad de unos y empieza la de otros, que si dónde vamos a ir a parar, que qué hacía la gente mirando y sin actuar (??)...

TMB se lava las manos -'nadie pulsó el botón de alarma' (???)-. Los mossos, también -'no hay denuncia'-. Y los espectadores del andén (que fueron muchos aunque en la imagen no se recoja) supongo que tendrán sus propias explicaciones sobre su indiferencia, su apatía, su sorpresa, su vergüenza ajena.

Yo, que soy romántica por naturaleza (aunque esas luces, esa gente, esos calcetines puestos, esa ropa tirada en el suelo del andén no ayuden) le ofrezco a la parejita, para que reflexionen sobre ello, este maravilloso poema de Ángel González:

INVENTARIO DE LUGARES PROPICIOS AL AMOR

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al Norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el "no tocar, peligro de ignominia"
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Muchos y variados lugares, mejores que un andén del metro. Las implacables pupilas pasaron a la historia.

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