Ir al contenido principal

Felicidades rotundas

Define la RAE la felicidad como un estado de grata satisfacción espiritual y física y como la ausencia de inconvenientes o tropiezos.

Cómo la definimos cada uno de nosotros, esa ya es otra historia. La solemos situar en el pasado y en el futuro. Pero esas felicidades rotundas y presentes, esas pequeñas felicidades que nos sostienen entre el dolor y el estupor cotidiano, se nos escapan entre los dedos cuando son, en realidad, lo que nos da la vida.

De la charla sobre lo que es la felicidad surgió la tarea propuesta a mis alumnos de 3º y 4º de la ESO: indagar en el presente diario, ser conscientes de cuándo somos felices y por qué. Desechar la consecución de grandes proyectos, el logro de grandes objetivos, la llegada a lejanas metas. Enfocar nuestra mirada a aquello que, cada día, nos convierte, quizá por unos breves momentos, en personas plenamente felices.

Y leyendo lo que han escrito no tengo más que rendirme a la lucidez de su adolescencia en flor.

Me hace feliz cuando estoy en un restaurante y veo que viene la comida. R. 15 años
Ver a la gente pasar y mirar las nubes cómo se mueven. N. 14 años
Limpiar el polvo de las cosas sucias. D. 14 años
Irme a dormir sin tener nada tirado en la cama. R. 15 años
Al llegar a casa y descalzarte. R. 16 años
Hacer una comida y las personas que la prueben digan que está buena. M. 15 años
Encontrar paisajes ocultos. Encerrarme con la luz apagada y pensar. D. 16 años
Sentarme en silencio en mi cama mientras llueve.  Cuando en verano llueve. El sonido de cuando abres una botella que dentro contiene gas. N. 14 años
Recordar y pasar por al lado de mi antiguo colegio. V. 14 años
Una de las cosas más importantes y que más feliz me hacen sentir es levantarme cada mañana con vida. K. 15 años
Comer chocolate. M. 14 años
Recibir regalos inesperados por muy tontos que sean. P. 16 años
Tener batería en el teléfono cuando estoy en la calle. P. 15 años
Jugar a fútbol con mi hermano. H. 15 años
Acordarme de cosas de cuando era pequeña. B. 14 años
Cuando acabo de comer y no tengo que volver al cole. A. 15 años
Me hace feliz poder comer todos los días. E. 15 años
Llegar a casa y ponerme el pijama. J. 15 años
Ver a la misma persona todos los días. Que mi madre regañe a mis hermanas cuando tengo la razón. A. 17 años
Me hace feliz que me escuchen cuando hablo. D. 16 años
Hacer bien las operaciones de matemáticas. Estar bajo la sombrilla en la playa. 15 años
Correr hasta cansarme. A. 17 años
Que venga mi padre cansado de trabajar y me dé besitos y abrazos. 15 años
Poderme rascar los ojos sin tener que estar pendiente de que se me corra el rímel o la raya de arriba. A. 15 años
Me hace feliz estudiar poco y sacar buena nota. R. 15 años
Resolver el problema de una persona. A. 15 años
Comer Oreos. 15 años
Llevar el color rosa en algo. A. 15 años
Ver a mis padres felices. A. 17 años

Aprendamos y seamos felices. O, al menos, moderadamente felices.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hoy es San Marcos

Y le ponemos nombre a un santo y, con él, a un pueblo entero.

Y a su amparo pedimos
que haya cosecha,
que salga bien nuestro asunto,
que el achaque de salud pase de largo,
que venga bien un niño,
que ese amor que ahora nace sea por siempre,
que se curen los males de la cabeza y el corazón,
que se entierren las dudas,
que no tengamos noches inciertas,
que nos dure una madre,
que no nos falte un hijo,
que renunciemos a lo imposible,
que sepamos esperar,
que tengamos cordura y si es locura, sea de la buena,
que haya siempre una mano que ayude,
que haya siempre un perdón,
que se cumplan promesas,
que se desaten nudos,
que seamos libres en nuestra casa y esclavos en nuestros afanes,
que riamos con ganas,
que lloremos con tiento,
que nos desesperemos lo justo y necesario,
que la tierra nos bendiga,
que el cielo nos proteja,
que la luz nos ilumine,
que la amistad nos consuele,
que la vida valga la pena... aunque sea por ratitos.

Y entre juergas y cante, comida y tradición, cada cual con su …

Escribo para mi gato XIII. El caganiu

La nieta catalana que él no conoce -porque no sabe ni siquiera que Cataluña existe y que a las ocho y diez minutos de esa tarde de octubre va a gritar al mundo que ha nacido un Estado Catalán- le llamaría el caganiu. Porque ella también lo es –el pequeño de la casa- y sabe que ese puesto es una distinción que les hace transitar por la infancia con unos privilegios que conceden los padres ya cansados de crianza. El caganiu obtiene favores, acordes con el tiempo y las posibilidades que la vida ofrece, y disfruta de pequeños y leves premios cotidianos que, aún siendo así, le hacen crecer frente a sus hermanos, ya atareados en las exigencias del mundo adulto. El caganiu, con las rodillas peladas y cubiertas con el pantalón largo –porque el invierno de aquellos años lejanos en el tiempo y en la distancia se cierne rápidamente tras un otoño breve-, ha ido a la escuela, pero hoy no ha entrado. El entrar depende de que haga sol o frío, de que los amigos más queridos hayan ido también o estén to…

Escribo para mi gato XII. Lo que el monstruo calla

Saca sus historias de las madrugadas de sueños afiebrados. Se despierta empapada en sudor, con la camiseta arrebujada contra el pecho, como si hubiera librado una batalla perdida de antemano. La respiración agitada y las pupilas dilatadas. Un ruido en la cabeza como el de trenes maniobrando en las noches inciertas de la guerra. Echa mano a la mesilla de noche donde descansa la agenda de páginas cuadriculadas y la pluma de su padre y, aún en el estupor de la duermevela, sentada en la cama, apoya el cuaderno en las piernas y empieza historias que nunca sabe dónde la llevarán. A veces, como en trance, garabatea sobre personajes que creía perdidos en la memoria. A veces, transcribe imágenes que se le cruzaron entre el sueño y la vigilia. A veces, las historias avanzan por su cuenta y riesgo, sin control, recorriendo el camino de la cabeza al papel por cuenta propia. La noche de la tormenta no fueron los truenos ni el resplandor que ponía en el cuarto una luz de iglesia bendecida lo que la de…