Ir al contenido principal

Crónica de la excepción. Día 43

Un famoso humorista gráfico —director de cine y escritor también—, Chumy Chúmez, ya fallecido, escribió, allá por el año 86, un libro titulado Yo fui feliz en la guerra.
No lo he leído —era una biografía sobre su infancia, transcurrida en aquellos difíciles tiempos—, así que esto no va de una reseña del mismo, sino de su título, que me va a servir para tirar del hilo de lo que quiero escribir hoy.

Tenemos los seres humanos una capacidad que es, quizá, la que nos ha mantenido en pie como especie a pesar de los reveses, naturales o provocados por nosotros mismos. Y es esta la de ser felices, a veces en las peores de las circunstancias.
Una guerra, por ejemplo. Sé que diréis que los niños tienen ventaja sobre nosotros; que parecen estar hechos de goma —no solo para los golpes físicos, sino también para los emocionales— y que pueden abstraerse fácilmente en sus mundos infantiles, a salvo de lo que les rodea.

Pero no son solo los niños. ¿Quién no ha estado alguna vez en un velatorio en el cual los allegados del difunto han sonreído, o incluso reído, en algún momento? Somos capaces de entrar, aunque sea momentáneamente, en una burbuja en donde hasta lo peor se desliza sobre nuestra piel, lo dejamos caer al suelo y devenimos en seres sin angustia.

Y esto viene, tirando, tirando, a cuenta del confinamiento, como no podía ser de otra manera.
Oye, que a veces somos felices aquí metidos.
Puede que sea un rato, puede que sean cinco minutos, pero ahí está, si no la felicidad, lo que podríamos llamar chispazos de felicidad.

Una conversación telefónica en la que compartimos momentos divertidos. Un ver llover mansamente. Una película emocionante. Una charla sin prisas con quien estamos comiendo. Una tarea que nos apasiona y que estaba abandonada. Un trabajo concluido por fin.

O asomarse y ver que, en cuestión de días, los árboles desnudos se han convertido en esa frondosa franja verde que adorna la ciudad y nos enseña que todo va a seguir su curso, que confiemos.

Cada cual tendrá los suyos, chispazos, pero ahí están. Pensad en los vuestros.

Eso sí, ojo con la descompresión: dejad pasar un tiempo prudencial antes de poner las noticias.

Fotografías: mi calle en este día abrileño. 12:37.

Comentarios

  1. Pues yo pensaba hoy en un mirlo que me visita en mi balcón y me canta y le he ido dejando migas de pan. Y yo he creído que me cantaba para darme las gracias. Así me ha parecido más bonito.

    ResponderEliminar
  2. Pues yo pensaba hoy en un mirlo que me visita en mi balcón y me canta y le he ido dejando migas de pan. Y yo he creído que me cantaba para darme las gracias. Así me ha parecido más bonito.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va...

" Dime, Niño, de quién eres   todo vestido de blanco.  Soy de la Virgen María  y del Espíritu Santo.  Resuenen con alegría  los cánticos de mi tierra  y viva el Niño de Dios  que ha nacido en Nochebuena.  La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va.  Y nosotros nos iremos,  y no volveremos más.  Dime Niño de quién eres y si te llamas Jesús.  Soy de amor en el pesebre  y sufrimiento en la Cruz.  Resuenen con alegría los cánticos de mi tierra  y viva el Niño de Dios  que ha nacido en Nochebuena". Poníamos boca abajo el cajón en el que nos había llegado la matanza del pueblo y lo arrimábamos a la pared. Colocábamos con chinchetas en la pared un papel azul oscuro con estrellas, una de ellas con cola brillante. Echábamos viruta marrón, viruta verde... Poníamos un río y un laguito con papel de plata. En un esquina, el pesebre con la mula, el buey, San José, la Virgen y el Niño. En ...

Mi tito. Biografía de lo cotidiano VII

Mi tito fue soltero toda su vida. No se le conocieron más amores que su familia y la tierra. Trabajó para su padre y nunca dejó la casa familiar. Era del Barça sin que sepamos por qué. Y del equipo del pueblo, al que acompañaba a todos los partidos, fuera local o visitante. Mi tito no fue más allá de Barcelona, pero tenía todo el horizonte de un mar de olivos en sus ojos. Pasó una grave enfermedad con dieciocho años. Se salvó por los cuidados de su madre y el tratamiento del doctor Zurita. Era discreto, tímido y pausado. Solo lo alteraron en vida quienes sabían cómo malmeter. Mi tito era feliz en la Camorra, con sus abuelos y sus tíos, a los que llamaba por su nombre de pila. Empezó a arar cuando apenas llegaba a las manceras. Cuidaba a su yunta y al campo como se cuida a quien te da la vida. Adoraba a su madre y para ella era el favorito. Fui su ilusión y, después, mis niños. Todo era poco para ellos. Me llevaba al río y a las albercas cuando el rigor del verano era más duro. Descansa...

Los hijos

Sus penas son las nuestras y sus alegrías, también. Desde el primer día en el que sabemos que están en camino hasta el último de nuestras vidas. Queremos que crezcan y que vuelen y queremos que sean siempre nuestros niños; queremos que se acuerden de nosotros y queremos que no miren atrás; queremos que tengan en su memoria los buenos momentos y queremos que olviden cuando no supimos estar a la altura. Queremos que crean que fuimos los mejores que les pudieron tocar, que perdonen nuestros errores y nuestras flaquezas. Queremos que el recuerdo de su infancia ilumine siempre el camino que tienen delante. No es el día de los hijos, ni de los padres, ni de la familia. Es un día cualquiera en el que poner por escrito que son la luz de nuestros ojos y el motivo de levantarnos cada mañana. Fotografía: mis niños.