Hace dos días que murió Lola.
El 31 de agosto: una fecha de cierre de ciclo para la maestra que ella era; la víspera de un nuevo comienzo, de un acomodo a la rutina, del reinicio de una rueda que parece eterna, pero que un día se detiene.
Pareció escoger ese día mágico en el que, a lo largo de tantos años, se reinventaba de nuevo para esos niños a los que dedicó su esfuerzo y su cariño.
Hoy hemos despedido su cuerpo y nos hemos quedado para siempre su alma.
Cada vez que la recordemos, la traeremos a la vida; por eso empiezo hoy mismo, sin más tardanza:
Lola era andaluza y ejercía de ello.
Era maestra vocacional.
Le gustaba leer y hablar de libros. La lectura la engrandecía.
Colocó a su madre en el centro de su vida y luego, hasta el último aliento, a sus hijos.
Padecía por el rumbo que estaban tomando las cosas y anhelaba cambios que nunca llegó a ver.
A Lola le gustaba viajar y le gustaba volver a su pueblo y pasear sus calles.
Hacía ganchillo y disfrutaba con ello.
Adoraba a sus perritas y a la pequeña gatita que se sumó a su clan: era capaz de cancelar planes muy apetecibles si la necesitaban.
Cuidaba el legado de su familia: sus fotos, sus muebles, aquello que pasaba de mano en mano para dar fe de quiénes fueron.
A Lola le gustaba escuchar la radio y tenía programas y locutores favoritos, que coincidían con los míos.
Era discreta con su vida, pero si se abría a alguien, era en plenitud.
Lola disfrutaba con Rafael, Víctor Manuel, Lorenzo Santamaría... y con la ópera, de la que era una apasionada.
El mar era el sitio que le daba más paz.
Fue independiente y valiente para muchas cosas y tuvo la fuerza que se necesita a veces para cambiar lo conocido.
Lola tuvo proyectos y esperanza hasta el final.
Lola me esperaba, pero no llegué a tiempo.
Quiero creer que la muerte no es el final y que encontraremos tiempo y espacio para retomar nuestras conversaciones.
Mientras tanto, la guardo en mi corazón.
Foto: Lola y yo, en un tiempo lejano.
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